Antonio Coscollar / Maestro de escuela

Quien odie oír mentiras…

Antonio Coscollar

Desde la antigüedad hasta hoy se entonan lamentos por la mala educación de muchos jóvenes. Hace más de treinta siglos se dejó escrita una queja sobre los imberbes y alocados aprendices de tirano que faltan al respeto a sus maestros y se benefician del esfuerzo de sus padres, a cambio unas veces de poco y otras de nada.

Hace siglo y medio, Gustavo Adolfo Bécquer escribió que “el mundo es un absurdo animado que rueda en el vacío para asombro de sus habitantes”. “Y total para qué” −le preguntó un campesino a Bécquer en uno de sus paseos por las faldas del Moncayo—. Era la forma que tenía el labrador de preguntarse y preguntar al poeta por el sentido de la vida.

El caso es que la pregunta por el sentido de la vida es demasiado ambigua, general y confusa y que, como se suele decir de las salchichas, cabe de todo. En ese todo habría preguntas como estas: ¿Por qué estamos aquí? ¿Qué esperamos de la vida? ¿Es suficiente con ser feliz? ¿Debo ayudar a los demás o basta con ocuparme de mí mismo?

Estas preguntas deberían responderse sin recurrir a ningún texto sagrado, verdad revelada o autoridad religiosa. Deberían darse razones, pruebas y argumentos que todo el mundo pudiera comprender, independientemente de la religión que cada cual profese. Sin embargo, es tal la diversidad de credos en el mundo, y tal la variedad de hechos históricos que les dieron contenido y forma (sin hablar de la vergonzosa y vil conducta de algunos de sus líderes), que imaginar que esos mismos adalides de la fe sean quienes deban darnos respuestas sobre alguna verdad absoluta, es causa de incredulidad y sonrojo.

Hacer las preguntas adecuadas es tan importante como encontrar las respuestas correctas. Pensamos que las grandes dudas no se disipan porque se nos dé una respuesta final y absoluta. Estas cosas no funcionan así. Cada generación plantea sus preguntas, como las plantean nuestros jóvenes rebeldes, y nos urge darles una respuesta cuando todavía no hemos sido capaces de responder a nuestros propios interrogantes.

Ojalá que las grandes preguntas encontraran una respuesta para cada generación, una tarea tan difícil como imposible de abandonar. He aquí uno de los misterios que ocultan esas grandes preguntas: hasta el mayor de los estúpidos puede  preguntar más de lo que el mayor de los sabios es capaz de responder. Y quien odie oír mentiras, que no haga preguntas.

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