Julia Navarro: «Vivimos en una sociedad infantilizada a la que hay que entretener, no hay lugar para la reflexión»

A la escritora Julia Navarro siempre le ha interesado reflexionar sobre la condición humana

A Julia Navarro (Madrid, 1953) siempre le ha interesado reflexionar sobre la condición humana. No concibe la vida sin la escritura y es que para ella cada libro es una oportunidad de que el lector pare y piense en una sociedad que va demasiado deprisa como para hacerlo. En el último, «De ninguna parte», cuenta cómo las circunstancias que rodean al ser humano, a veces, pesan demasiado y encauzan la vida por caminos que no quieren seguirse. Aunque por encima de todo está la libertad. La brecha entre Oriente y Occidente y esa falta de arraigo que sufren aquellos que dejan su país por la miseria componen una nueva obra en la que la escritora bucea en esos claroscuros que todos tenemos.

Pregunta.- Cada novela empieza con algo, una chispa, algo que contar. ¿Cómo empezó «De ninguna parte»?
Respuesta.- Quería hacer una reflexión sobre el enfrentamiento entre Oriente y Occidente, el porqué, qué está sucediendo para que en los últimos años se esté ensanchando la brecha entre Oriente y Occidente y abordar también, buscar por qué sigue ese fenómeno del terrorismo, el terrorismo de raíz islámica que ha afectado de manera muy especial a Europa en las últimas décadas, con los atentados de Madrid, Barcelona, París, Londres… En fin, el porqué. A mí siempre me interesa la condición humana, viajar a las partes llenas de claroscuros que tenemos los seres humanos, intentar entender los porqués y en esta novela lo intento hacer una vez más.

P.- En el libro cuenta la historia de Abir y Jacob, dos jóvenes que se ven obligados a vivir de acuerdo a unas identidades que no han escogido y de las que es difícil escapar. ¿Las circunstancias nos determinan?
R.- Intento hacer una reflexión humana. Todos en la vida llevamos una mochila que son nuestras circunstancias y estas mismas no digo que nos determinen, pero sí que nos pesan a la hora de encauzar nuestra vida. No es lo mismo nacer en un campo lleno de miseria en el sur del Líbano que nacer en Zaragoza. No es lo mismo tener una familia que tiene una situación económica determinada o que no la tenga. Y con esa mochila que todos llevamos cargada a nuestra espalda tenemos que construir una vida. La última palabra la tenemos nosotros, yo creo en la libertad del ser humano. Uno puede nacer en las circunstancias más terribles y eso no tiene por qué convertirle en nada que no quiera ser, pero a veces es muy difícil gestionar o manejar las circunstancias.

P.- Habla del desarraigo, del desapego, de la falta de fuerza de las raíces en un contexto bélico. ¿Cree que ese sentimiento puede darse en un contexto alejado en una sociedad tan globalizada como la de hoy?
R.- Creo que es uno de los problemas del siglo XXI, el desarraigo. Los fenómenos migratorios han existido siempre en la historia de la humanidad. Esta es una historia de migraciones, el hombre cuando no ha podido seguir viviendo en un lugar por las condiciones que fueran se ha ido a otro lugar, como es lógico. Estamos viendo cómo en las últimas décadas acontecimientos como la Guerra de Irak, la de Siria, la de Libia, todas están provocando un gran movimiento migratorio. Yo me intento poner en la piel de los demás, qué le pasa a alguien que llega a un país en el que todos los códigos de costumbres, de conducta, éticos, de valores, son diferentes a los que tú tienes. El gran desafío de poder integrarte en una sociedad en la que todos sus valores son distintos a los tuyos, ese choque que se produce entre los que llegan y los que están, cómo resolvemos eso, porque es algo que tenemos que resolver, entonces es una de las grandes preguntas, una de las grandes reflexiones de este libro.

Julia Navarro acaba de publicar su última novela, «De ninguna parte»

P.- ¿Tenemos empatía con aquellos que sufren las guerras? ¿Sabemos acogerlos, ponernos en su piel?
R.- Es una cuestión que tenemos que abordar desde una perspectiva mucho más global, creo que la Unión Europea no está sabiendo estar a la altura del gran desafío que supone acoger a todas estas personas que no se van de su lugar porque quieran sino que huyen de circunstancias terribles como una guerra, la miseria, la violencia. Por tanto cuando llegan aquí ya han hecho una parte difícil del camino, pero intentar integrarse en una sociedad con unos valores tan diferentes es la segunda parte y en eso tiene que haber políticas comunes dentro de la Unión Europea para que seamos capaces de encontrar esas fórmulas que nos permitan acogerles y ayudarles en esa integración.

Es difícil, ¿eh?, no es fácil. Hay que ponerse en la piel de alguien que se va al otro extremo del mundo a una sociedad completamente distinta. Si nos ponemos en la piel de que mañana somos nosotros los que nos tuviéramos que ir a una sociedad en la que tienen unos valores radicalmente distintos, ¿cómo nos sentiríamos? Entonces hay que encontrar ese punto que nos facilite a todos una convivencia. ¿Qué hay que hacer? Aquí cuenta desde los comportamientos individuales hasta los colectivos y las políticas que tienen que llevar a cabo los gobiernos y desde luego la UE. A mí me parece escandaloso lo que pasó con la crisis de Siria. Toda esa gente que empezó a llegar a Europa y que se les cerraba la puerta y las fronteras, todas esas imágenes de las familias que llegaban a la frontera y no les dejaban pasar, seguían andando por una carretera a otra y no les dejaban pasar, yo creo que eso nos tiene que avergonzar.

P.- En el libro aparecen dos mujeres que se rebelan y luchan por su libertad, Noura y Marion. ¿Cree que miramos bien hacia las mujeres del mundo islámico?
R.- En estos momentos con lo que ha pasado en Afganistán hemos dejado abandonada a la gente y hay muchísimas mujeres que han lanzado gritos de angustia desde allí diciendo oiga ustedes se han ido pero no nos abandonen. Una vez que el problema de Afganistán deja de ser ya primera página en los periódicos y en los informativos Occidente se olvida y esas mujeres se quedan allí, ese grito desesperado que lanzaron en aquellos días en los que intentaban marcharse cuando llegaran los talibanes, ese grito ya se ha callado pero no porque ellas no sigan lanzándolo sino porque simplemente ese interés mediático se ha desplazado, por tanto no las estamos oyendo. Yo creo que se trata de un problema muy profundo.

El libro hace una reflexión sobre la brecha entre Oriente y Occidente y esa falta de arraigo de los que emigran a otro país

P.- Fue periodista y en la novela habla de la prensa, de la propaganda, del poder de los medios de comunicación. ¿Vivimos en una sociedad desencantada con los medios? ¿Cómo se puede luchar contra ello?
R.- Creo que en las últimas décadas han cambiado todos los paradigmas de la sociedad y por tanto de los medios de comunicación. Estamos viviendo tan a prisa que a veces no nos da tiempo de reflexionar del calado de esos cambios. Cuando yo era una joven periodista los esquemas estaban muy claros: una cosa era la información, otra la opinión y otra el entretenimiento. Ahora vivimos en una sociedad que está muy infantilizada. Hay una tendencia de que la gente tiene que estar entretenida las 24 horas del día y todas las tecnologías están dedicadas al entretenimiento, no a hacer de esta una sociedad mejor, una sociedad más justa, más culta, sino una sociedad entretenida.

Y en ese entretenimiento los medios también participan, ahora hay que contarlo todo de manera entretenida. Cuando hace dos meses o tres estábamos con la tragedia del volcán de La Palma yo cada vez que me sentaba delante de la televisión no sabia si estaba viendo una película o si estaba viendo una tragedia porque todo se cuenta de forma entretenida, se han roto esas fronteras tan claras que había antes y entonces esa es una reflexión que yo creo que los medios audiovisuales tendrían que hacer. En los medios escritos es diferente aunque cada vez se mezcla más la opinión con la información.

P.- ¿Los medios son conscientes de esta sociedad tan «infantilizada»?
R.- Vivimos todos tan deprisa que yo creo que estamos en una sociedad poco reflexiva, en el que todos los cambios son tan espectaculares de un día para otro que creo que no tenemos tiempo, o no lo encontramos, para pararnos a reflexionar, además ahora cuentan mucho las audiencias, la cuenta de resultados, los lectores que uno pueda tener, entonces esa reflexión yo creo que no se hace.

P.-¿Con qué quiere que el lector se quede de esta novela?
R.- Yo no le digo a mis lectores lo que tienen que pensar; es decir, cada lector se queda con sus propias conclusiones. Esta novela es una novela de acción para la reflexión. De pensar el porqué se ha ido ensanchando esa brecha entre Oriente y Occidente, para la reflexión de cómo abordar el problema migratorio, para abordar ese problema humano que significa que la gente que viene a vivir con nosotros no se siente arraigada. Esa brecha, a veces, habla de enfrentamiento cultural y no lo hay, lo que hay es un desencuentro por la escala de valores que tenemos unos y otros. Las culturas no están enfrentadas, no es un problema de música ni de poesía ni de arte es un problema de costumbres mucho más complicado y entonces ese sistema de valores tan diferente que tenemos unos y otros es en lo que se produce ese choque. Es una reflexión para que el lector saque sus propias conclusiones.

P.- ¿Qué es más difícil morir o matar?
R.- Yo creo que las dos cosas deben de ser terribles, ¿no? El ser humano sabemos que nos tenemos que morir desde el primer minuto de la vida, desde que somos conscientes de que tenemos vida estamos preparados para ese momento final. Y matar, a mí me parece que debe ser una decisión terrible la de decidir quitar la vida a los demás, porque no piensan como tú porque su escala de valores es distinta, porque rezan de manera distinta. A mí me parecen una tragedia las dos cosas.

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