La belleza de ese arte inconcluso por el azar, el fracaso o el tiempo hace vibrar el CaixaForum

Julio Cortázar escribió en Rayuela que los absolutos eran esos momentos en los que algo alcanzaba su máximo sentido, su máximo alcance y que, por ello, dejaban por completo de ser interesantes. Quizás, Cortázar, apreciaba así la belleza de lo inacabado, de aquel arte que ha sido interrumpido por el azar, por el fracaso, por las dudas. Un arte que llega ahora al CaixaForum con «Non finito», una muestra con 94 obras de esas que no se consideran maestras y que llenan los almacenes de los museos de imperfección y vida. Arte, literatura, cine, fotografía. Hay centenares de maneras de entender el arte inacabado como centenares de motivos por los que una obra de arte acaba teniendo una belleza, quizás, superior a la que tendría si el artista la hubiese culminado.

Sorolla, por ejemplo, no finalizó El retrato de Mabel Dick porque aquella mañana de julio de 1920 sufrió un ataque que le impidió volver a pintar. Es esta obra de suma belleza la que da la bienvenida a una exposición en la que se puede ver ese torso del Belvedere de Apolonio de Atenas, que Miguel Ángel no quiso reconstruir llevándolo así a la gloria y a la admiración por lo que fue, la Cabeza de campesina de Van Gogh (única obra del pintor que ha viajado hasta Zaragoza) o el arte más contemporáneo de la mano de Joan Miró y su Mujer insecto. Un recorrido por una exposición en la que no existe límite cronológico y en la que se hace un viaje apasionante por la historia del arte.

Una historia en la que hasta el siglo XVI solo una circunstancia involuntaria podía justificar que una obra artística quedase inacabada. Y tales obras se consideraban un fracaso, algo que guardar en los baúles y sustituir por otras perfectas, acabadas, conclusas. Miguel Ángel, Leonardo da Vinci o Tiziano encontraron en el non finito una técnica artística y una razón creativa que iba mucho más allá de alcanzar la perfección y es que buscaba precisamente lo contrario: lo imperfecto. Imperfecta pero gloriosa fue esa obra maestra de Bach, El arte de la fuga, que inacabada en el compás 293 fue un misterio y un apasionante viaje por conexiones para los músicos que la admiraron y estudiaron.

«Se trata de capturar el encanto, la belleza, la elocuencia de aquellas obras que han sido interrumpidas por el azar, por el fracaso, por las dudas de los artistas. Hay diferentes maneras de entender lo inacabado y esta muestra es una visión sobre esa cultura de lo inconcluso. El visitante tiene que tener la mente abierta, venir dispuesto a que las obras le cuenten una historia y a hacer conexiones dispares entre los diferentes movimientos y tipos de arte que encontramos», ha asegurado este miércoles la comisaria de la muestra, María Bolaños.

«Non finito. El arte de lo inacabado» se divide en seis espacios en los que se puede ver ese encanto que tienen los comienzos de una obra que aún no es, esos bocetos que son el preludio a una belleza que todavía se está forjando. Jerónimo de San José dijo que «es loa de algunas artes amar los precipicios». Y precisamente allí, en el abismo y en el caos se sumergirán los visitantes en la segunda sala de la exposición en la que se podrán ver obras que no son más que «Abreviaturas». La Torre de Babel es el edificio más trágico y arrogante de la historia. Una torre tan grande que habría de alcanzar el cielo si no fuese por su desastroso fin. En «Babel, la imaginación del desastre» se plasma una simbiosis entre ese afán del artista de alcanzar la cima y las propias tormentas de las que derivan los fracasos.

Desde el manierismo del siglo XVI hasta el surrealismo de vanguardia. En la sala de «Metamorfosis» se demuestra cómo las obras de arte nunca paran, siempre están en constante movimiento y parece que no tienen ni principio ni fin mientras que en «Erosión» el visitante puede descubrir cómo la naturaleza y el paso del tiempo provocan heridas y cicatrices en las obras de arte. Cicatrices y heridas que cuentan historias y que demuestran la belleza del origen y del cambio. Por último, la exposición abre un abismo hacia lo infinito, un recorrido por el reverso de la razón de ser de la muestra.

Una muestra en la que hay grandes nombres como Picasso, Rembrandt, El Greco, Pablo Gargallo, Duchamp o Van Gogh. Nombres que marcaron un antes y un después en la historia del arte pero que, sin embargo, no son lo más importante de la exposición. «La exposición no es un collar de perlas, no es el objetivo ver los grandes nombres de artistas en la cartela que, muchas veces, no hace falta ni siquiera mirar. La clave de la muestra es dejarse absorber por obras que son una maravilla incluso cuando son anónimas», ha reconocido Bolaños.

Así esos absolutos que, quizás, un día fueron apasionantes pero que se tornaron en poco interesantes dejan paso a la imperfección hecha belleza, a lo inconcluso en esas obras que no fueron maestras pero que fueron todavía más admiradas por eso que pudieron ser y que decidieron evitar.

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