Cuando la lluvia no deja de calar y huele a olvido y a memoria: Ainielle cobra vida en el Principal

"La lluvia amarilla" se podrá ver del 3 al 6 de febrero en el Teatro Principal

En Ainielle ya no queda nadie, solo el rumor del viento chocando contra unas casas que envejecen en silencio dejando atrás los recuerdos de quienes habitaron ese pueblo del Pirineo aragonés. En Ainielle ya solo queda Andrés de Casa Sosas que ya no es nadie porque la muerte pasa ante él llevándose todo consigo. Una lluvia amarilla cala incesante el pueblo y vuelve a darle vida en el Teatro Principal con una adaptación de la novela de Julio Llamazares que pone encima de la mesa el olvido de la España Vaciada y el gélido frío de los pueblos deshabitados. «La lluvia amarilla», producida por Corral de García, es una obra que se aleja del costumbrismo y que se podrá ver en las tablas desde este jueves y hasta el domingo.

«Llamazares decía que él no escribió una obra costumbrista de un ciudadano allí en la montaña, él escribe una obra poética sobre el tiempo, sobre los abrazos que no se dan, sobre las emociones que no se dicen y lo hace en ese lenguaje de poesía, de mostrar cómo se siente ese personaje, Andrés, en su casa justo antes de morir. Mucha gente le decía que la gente de la montaña no hablaba como él lo plasma en el libro, pero es que él no escribió un monólogo», ha reconocido el director de la obra, Jesús Arbués.

«El tiempo es una lluvia paciente y amarilla que apaga poco a poco los fuegos más violentos. Pero hay hogueras que arden bajo la tierra, grietas de la memoria tan secas y profundas que ni siquiera el diluvio de la muerte bastaría tal vez para borrarlas». Julio Llamazares escribió en 1988 sobre los recuerdos, el olvido y el dolor de esa memoria que parece que se pierde, pero que siempre aguarda en los rincones más profundos. Hizo, quizás sin saberlo, una obra que trasciende de lo particular y lleva al lector a ese tema universal que es la despoblación, el abandono, el silencio de las calles y de unas casas por las que solo pasa el tiempo.

«Para interpretar a Andrés he buceado. He buceado hasta el fondo del horror, del miedo, de la soledad, del abandono, de la sensación más dolorosa que pueda tener un ser humano. Y creo que los espectadores lo sienten, salen profundamente emocionados», ha reconocido este miércoles, Ricardo Joven, el actor que interpreta al protagonista de la obra.

A Andrés va a buscarlo la muerte a esa cocina que ya se pudre por el paso del tiempo y por la eterna soledad de quien la transita. En ese viaje entre la vida y la muerte, las voces le hablan y le deslizan por esos recuerdos que, incluso él, creía inexistentes. Esas voces son femeninas y son representadas por Alicia Montesquiu, que tan pronto se convierte en un elenco de fantasmas como canta a capella temas del imaginario popular como «La jota triste» o alguna de las letras de Labordeta.

Ainielle existe y también sus calles y casas que, deshabitadas, parecen un poco más oníricas. Para lograr este efecto casi fantasmal la obra tiene una puesta en escena que se apoya en un video mapping en el que el espectador solo podrá ver la imagen real de este pueblo al final de la obra. La intensidad emocional y poética del texto dramático ayudan a crear esta atmósfera que duele y alivia, pues es la historia de una vida. «El público dice que la obra duele, igual que lo hace la novela, pero esta habla de esas siete últimas horas de vida y sobre las tablas tiene una duración de hora y veinte, por lo que hemos tenido que condensar todo ese dolor y sufrimiento haciéndolo más intenso», ha comentado Arbués.

Llamazares plasmó en la literatura el frío terrible de los pueblos deshabitados poniendo de manifiesto un tema universal. Ahora, del 3 al 6 de febrero, esta obra salta a las tablas con una reflexión profunda y conmovedora que habla de olvido y memoria. Y es que, ¿puede un pueblo existir si nadie es testigo de su existencia?

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