Antes era más Navidad

Calle Alfonso I. ca. 1970. Colección de Moncho García Coca
Calle Alfonso I. ca. 1970. Colección de Moncho García Coca

Si una época es capaz de alcanzar la cima de profundos suspiros, agitada respiración, ensoñación espaciotemporal y un ¡qué recuerdos!, en mayúscula, negrita y subrayado… esa es la NAVIDAD. La Navidad tiene ese toque especial, colmado de emotividad y melancolía, que no podemos encontrar en ningún otro acontecimiento cíclico del año —me atrevería a decir que ni siquiera la Ofrenda de Flores, si no me encorre nadie cual Forano desaforado—-.

Es un tiempo que nos traslada a manoplas de lana -de la de verdad, de lana de oveja roya bilbilitana, calentísima-, pasamontañas, tapabocas, abrigos heredados, y esa extraña conjunción de pantalón corto, a pesar de la escarchada matutina, combinado con unos largos calcetines de rombos que se estiraban hasta la rodilla… y es que antes hacía más frío que ahora… “ande vas a comparar”. El Canal Imperial helado, la “Fuente de Colores” -esos maravillosos nombres populares que los zaragozís damos a edificios, calles o lugares- de la plaza de Paraíso convertida en pista de patinaje, los tranvías -los de antes, claro- intentando no deslizarse a base de echar arena en los raíles, la aventura de cruzar la Pasarela -sin más, no hacía falta bautizarla- o el Puente de Piedra -otro glorioso nombre- sin encogerse cuando la ciercera pegaba de plano, porque también entonces el viento era más impetuoso y helador. Incluso la pertinaz niebla se encontraba tan a gusto en la ciudad pasando los días, las semanas, dificultando la visión, la respiración y empapándonos hasta el tuétano de nuestra osamenta con una humedad y saturación propias de la británica capital, o más, tal como le encantaba comentar al vecindario, caso de que la boira nos dejara reconocernos por la calle cuando volvíamos del colegio. Ni que decir tiene que la niebla de entonces era más espesa y fría que la actual.

Por supuesto que en las escuelas hacía más frío que ahora, a pesar de que don Joaquín anduviera atareado, entre división, efeméride del día o canto patriótico, atizando con más leña la estufa situada en el centro del aula. Todos queríamos estar cerca, aunque fuese del tubo que hacía las veces de chimenea. En ocasiones hasta la tinta se congelaba. Pero todo quedaba en el olvido cuando empezábamos a entonar “Dime niño, de quién eres, todo vestidito de blanco…” No hay que darle más vueltas, ni buscar transcendencias ni epistemologías… son unos sublimes recuerdos, de la niñez, de la inocencia, incluso de la felicidad, a pesar del frío.

Parque Grande, glorieta de Neptuno, al fondo la 'Residencia Sanitaria José Antonio', ca. 1970. Colección de Moncho García Coca.
Parque Grande, glorieta de Neptuno, al fondo la ‘Residencia Sanitaria José Antonio’, ca. 1970. Colección de Moncho García Coca.

Eran días de preparativos, antes de que llegaran las ansiadas vacaciones. Se montaba el belén de figurillas de barro, o en su defecto, el nacimiento, versión ‘de bolsillo’ más sencilla para quien no disponía de demasiado espacio, pero que contenía a los personajes protagonistas sin contar con tanto extra. Se ojeaban las jugueterías para saber la disponibilidad de Sus Majestades, todas en el centro, de paso que se contemplaba, como si de un milagro se tratase, la iluminación de las “calles majas” de la ciudad, combinando figuras geométricas con bombillas de diversos colores; a los chavales nos encantaba ir contando las que se iban fundiendo. No llevábamos ni gorros rojos con borla blanca ni diademas de renos, pero sabíamos que en el ambiente se respiraba Navidad. Después venía la importante provisión de turrones: “el blando”, el de coco, “el duro”, de chocolate… y sobre todo, no podían faltar, las barras de guirlache. Las navidades de antes también tenían sabor a guirlache. Y olor a humo de los braseros de carbón que asaban a fuego lento las otoñales castañas, humo que se mezclaba formando mágicos vapores con la pertinaz niebla.

La vida en casa se hacía en la cocina, lugar caldeado por el carbón que venía de Utrillas hasta la estación de Cappa, donde nos empapábamos del aroma de la verdura reina de las fiestas, anunciada con una de esas frases que hacen historia: “esta noche mataremos el cardo”, era la tradición de mis padres, de mis abuelos… que seguramente se remonta hasta los propios pastores de Belén. El elemento principal, imprescindible para pasar las horas en casa al calor de la cocina y a resguardo del frío, era la radio de válvulas. Todos pendientes de la lotería, madre de todos los cuentos de la lechera –“mira que si este año nos toca…”–, atentos por si nuestro nombre era pronunciado por el pájaro Pinzón –menudo pájaro estaba hecho–, haciendo coros a los villancicos dedicados a los emigrantes –por cierto que en aquel entonces los emigrantes eran españoles–, riéndonos de las inocentadas del día veintiocho o asombrándonos del hombre que cruzaba el Puente de Piedra con tantas orejas o narices como tenía el año… y desde luego especialmente nerviosos para no perdernos el recorrido de la Cabalgata –así, con mayúscula–. Hasta la entrada del televisor a nuestros hogares se confabuló para llenarnos de nostalgia, viendo a Chencho perdido en la Plaza Mayor de Madrid o a James Stewart proclamando ¡qué bello es vivir!

Pº Independencia, la boira llena 'la autopista', ca. 1970. Colección de Moncho García Coca.
Pº Independencia, la boira llena ‘la autopista’, ca. 1970. Colección de Moncho García Coca.

La del cinco de enero era la GRAN NOCHE. Del calor producido en la cocina económica, corriendo a la habitación, al ladrillo refractario en los pies o la bolsa de agua caliente, bajo dos mantas y tapados hasta la coronilla. Había que dormir pronto… iba a haber magia… Un padre que no se podía permitir ciertos dispendios, pero que era un manitas, había empleado las noches, sigilosamente, en manejar hábilmente sus herramientas. El día de Reyes, al levantarte ansioso, te encontrabas con el fuerte del séptimo de caballería más bonito del mundo y sus alrededores, pensando que era obra de la magia de los Reyes de Oriente… cuando se trataba de la magia de un único “rey”.

¡Qué recuerdos! ¿Verdad? Pero con frío, con una radio como entretenimiento, con escasez y carestía, sin semana blanca, sin Grancasas ni Puertosvenecia, con un gordito de barba blanca casi desconocido por entonces en nuestras vidas, cuando los juguetes había que ir a verlos al Bazar X, a Galerías Primero, al SEPU “viejo”… para luego escribir la carta a SS. MM. RR. MM. de Oriente… y no entrar a navegar por el mundo web a ver si lo tienen en Amazon; cuando los juguetes se movían a base de darles cuerda y no dependían de chips y semiconductores de Oriente (¡cómo los Reyes, vaya!)

¿Mejor antes? No me atrevería a aseverarlo, simplemente distinto. Nuestras miradas infantiles nos hacían sentirnos felices y conformados hasta con un estuche de pinturas Alpino comprado en la Reina de las Tintas, o así lo guardamos en nuestras mentes, porque las condiciones de vida y las condiciones sociales desde luego que ni por asomo eran mejores.

Y con su permiso, me voy al Mercado Central. Se conoce que han llegado unos fardos de cardos que tienen una pinta estupenda.

Pza. España, iluminación navideña, ca. 1970. Colección de Moncho García Coca.
Pza. España, iluminación navideña, ca. 1970. Colección de Moncho García Coca.

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Calle Alfonso I. ca. 1970. Colección de Moncho García Coca