El Real Zaragoza ofrece una pobre imagen y no puede contra 10 ante el Amorebieta (1-1)

Narváez saltaba muy tarde al césped. Foto: Real Zaragoza

Decepcionante imagen la ofrecida por el Real Zaragoza en el terreno de juego de Lezama, donde visitaba a un Amorebieta que logró rascar un punto (1-1) pese a estar con un jugador menos desde mediada la segunda parte. Los maños se adelantaban por medio de Giménez, pero el autogol de Jair, tras una falta inexistente señalada por un nefasto De la Fuente Ramos, evitaba un triunfo que no se hubiera merecido ni por fútbol ni por ambición.

JIM apostaba por un once mucho más reconocible, regresando hombres como Gámez, Petrovic o Borja Sáinz a la titularidad. Y el guion no pudo empezar mejor. El Real Zaragoza tenía claro castigar la espalda de la defensa local y, en apenas 17 minutos, pudo hacer daño en tres ocasiones. La primera, en el 5, con Giménez topándose con el guardameta tras un gran pase de Chavarría. Poco después, el ariete incurría en fuera de juego cuando se vivía un tres para uno peligroso. Y, ya en el 17, la alegría del gol.

Gámez encontraba a Vada entrando desde segunda línea, el argentino superaba a Marino por alto pero la pelota se estrellaba en el poste. Ahí emergía la figura de Giménez, el mejor de la primera mitad, para empujar el rechace directo a las mallas. Pintaba bien el choque para los de JIM, pero irrumpiría con fuerza el colegiado De la Fuente Ramos para nivelar la balanza a base de un criterio arbitral, cuanto menos, discutible utilizando un eufemismo amable con su actuación.

A la segunda falta inexistente señalada, el Amorebieta lograba empatar en el 24 tras un autogol de Jair. Y sentaría muy mal a los maños. Porque pese a no dominar de forma clara, los locales se crecían y su fútbol arcaico conseguía su reto de eliminar la aparente calma en la zaga zaragocista. Centros laterales, una jugada individual con sombrero incluido de Aldalur y la búsqueda de cabezazos dentro del área marcaron la recta final de una primera parte en la que el Real Zaragoza parecía ansiar el descanso.

Segunda parte

La segunda parte comenzaría con una gran igualdad, buscando ambos equipos no cometer errores ante la incesante lluvia que caía sobre Lezama. De hecho, daba la impresión que o el Real Zaragoza cambiaba el ritmo con algún cambio o resultaría muy difícil cosechar tres puntos. Sólo Francho en un tiro muy desviado y Francés, al rechace de un balón parado, ponían algo de salsa a un partido cada vez más insulso.

El Amorebieta, por su parte, a lo suyo. A cerrar espacios y buscar alguna contra o pelota quieta que le diera la opción de generar peligro. Orozco tenía dos malas decisiones en dos minutos: una, decidir fatal un mano a mano con Cristian y, en el 67, realizar una entrada criminal sobre Vada que le costaba la tarjeta roja directa. Quedaban 20 y el descuento para que el Real Zaragoza pudiera aprovechar la superioridad numérica.

A todo esto, JIM se resistía a realizar cambios en una situación que parecía idónea para ello. Los primeros llegaban en el 76, con Narváez y Eguaras en lugar de Bermejo y Borja. Sorprendía el del segundo, uno de los pocos con chispa. Lo que sí llamaba la atención era el ritmo parsimonioso del equipo, incapaz de encontrar huecos en la zaga vasca pese a estar con un hombre más. Para tratar de encontrar la llave, Azón y Adrián en detrimento de Petrovic y Giménez. Piernas frescas para los últimos minutos.

Lo peor, quizás, era la sensación de impotencia. De no generar nada ni saber llegar a la portería local. En ningún caso los cambios de JIM estaban surtiendo ningún efecto, al revés, y se recurría ya al “balones al área” como principal estrategia. Hasta el final, Óliver de la Fuente Ramos decidía cortar cualquier conato de peligro con faltas constantes, tratando de evitar así que su actuación fuera, si cabe, todavía más desafortunada y desesperante.

El 1-1, eso sí, deja en mal lugar a un Real Zaragoza que tiraba toda la segunda mitad y, especialmente, cerca de 30 minutos con un jugador más sobre el césped de Lezama. Un fútbol pobre, sin guion ni las dosis de ambición necesarias para batir a un Amorebieta que dejaba claro, por si no lo estaba, que conseguir la salvación será un reto épico para ellos.

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