José María Ariño Colás / Doctor en Filología Hispánica

Paisaje con fisuras    

José María Ariño

A pesar del paso inexorable del tiempo, parece que el paisaje permanece inmóvil, impasible, casi eternizado. Sin embargo, la realidad nos dice lo contrario. Ya sea por la mano del hombre o por la “rebelión” de la naturaleza, la fisonomía del paisaje que acunó nuestra infancia se ha transformado, se ha vuelto más extraña e inhóspita. Uno de los ejemplos más palmarios de esta paulatina pero progresiva transformación –casi degradación– es la nueva e inusual fisonomía de los valles, montes, ríos y pantanos en las comarcas de las Cuencas Mineras y Andorra-Sierra de Arcos de la provincia de Teruel. La historia de abandono y desamparo comenzó hace cuarenta años con el cierre más o menos discutible de la central térmica de Aliaga, luego llegó el turno a la de Escucha y, finalmente, hace solo quince meses, la macrotérmica de Andorra. ¿Acierto? ¿Despropósito? ¿Mejora medioambiental? Las respuestas pueden ser dispares y para todos los gustos. Pero, lo que está claro es que la pérdida de mano de obra, la emigración de los empleados a las grandes ciudades y la huella todavía patente del desastre ambiental es evidente en cualquier recodo del camino.

Todo este cambio de proyectos, al parecer “por el bien de todos”, ha dado al traste con una agricultura sostenible, con unos bosques cada vez más castigados por los incendios y con una fisonomía extraña cuando contemplamos desde cualquier eminencia los pueblos semivacíos y huérfanos. Donde antes se cultivaba el cereal o productos de la huerta, aparecen metros y metros cuadrados de placas solares con el fin de sanear el aire y ¿abaratar la factura de la luz? Donde antes los cerros y colinas aparecían nítidos y ondulados al amanecer y en el crepúsculo, ahora se muestran coronados por altivos y agigantados aerogeneradores con el fin de buscar una energía limpia y ¿abaratar el precio de la electricidad? En fin, todo parece un despropósito. Eso por no hablar de las minas a cielo abierto, que están clausuradas sin remedio, o con los esqueletos grises y espectrales de las térmicas de Aliaga, Escucha y Andorra. Tal como está la situación, solo quedan dos alternativas: desmantelar o restaurar. Y, al parecer, de momento, la primera es la que está siguiendo adelante. En Andorra es algo evidente. Y en Aliaga hay algún proyecto en marcha, pero los trámites y los costes económicos están frenando una posible y acertada restauración. Fisuras, muchas fisuras en el paisaje y en los intentos de mejorar el futuro.

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