José Ignacio Martínez Val / Director de Martínez-Val Abogados

Gracias (Por nada)

José Ignacio Martínez Val

¿Cuántas veces escuchan Uds. a la semana la manida frase de nuestros políticos, de izquierdas, derechas y centro: estamos aquí para solucionar los problemas de los ciudadanos? A veces incluso más de una vez al día. Pues bien, a esos políticos tan majos y que tanto piensan en y por nosotros les quiero decir algo: déjennos en paz a los que tenemos dos brazos, piernas y una mínima inteligencia y capacidad para poder funcionar de modo autónomo. ¿Quién gana realmente con esa manera de actuar tan maternalista? Los políticos. Si das de comer al capaz, es más fácil que te acabe votando y así sigues tocando poder y, por tanto, pasta. Es la evolución contemporánea del panem et circenses con un cierto trasfondo misericordioso y caritativo con el que es, para los que defienden ese modelo de sociedad, débil (es decir, mujeres, extranjeros, homosexuales, binarios, trabajadores…, poco honor pertenecer a un grupo oficial de débiles y víctimas sociales y presumir de ello además, la verdad).

Este planteamiento tiene su lado negativo. El capaz que ve que su estómago se llena haciendo nada o poco o es de esos grupos de débiles y víctimas del sistema se acostumbra a ello y se convierte en un personaje quejoso e improductivo en sí mismo adoptando una actitud tendiente a  aprovecharse y vivir de ese (poco honorable) rol.

Probado por tanto el gran error que supone el tener un Estado caritativo (degeneración del Estado del bienestar) que es el que hoy en España defiende con tanto ahínco el sector de la izquierda y que la derecha no corrige como debería, urge que los políticos españoles se dediquen, básicamente, a gestionar lo público de modo eficiente y poco más. Sus obligaciones habrían de reducirse por tanto a gestionar el dinero público de modo racional, eficiente y sin (mucho) despilfarro, centrándose en crear y mejorar los servicios e infraestructuras públicas y, a ser posible, metiéndose poquito en aventuras empresariales las cuales les suelen salir casi todas fatal (es lo que tiene no tener formación y no jugarte tu dinero, que te lo gastas mal y alegremente).

En resumen,  en los estados modernos el papel de los políticos y dirigentes debería centrarse en ser meros gestores de lo público y en crear y generar entornos favorables para los negocios privados lo que, indirectamente, genera empleo, impuestos y riqueza lo  que permite a su vez que los débiles dejen de serlo haciendo algo provechoso que redunda en ellos mismos y en la sociedad. Y esto es lo que les deberíamos exigir a  nuestros políticos pues lo incumplen de modo constante y pertinaz.

En nuestro país, desgraciadamente, los políticos todavía quieren y les gusta eso de mandar y dirigir como pastores a su pueblo e influir con gran protagonismo en su realidad diaria. Se arrogan la responsabilidad de cuidarnos, protegernos, alimentarnos  e, incluso, pensar por nosotros. Pues yo les pido, sencillamente, que nos dejen en paz. Los problemas nos los tenemos que solucionar nosotros, personas y empresas, y cuanto menos intervenga el Estado en ello, mejor, más responsables, serios, fuertes y resistentes seremos y más  preparados para buscarnos y ganarnos la vida y aguantar las malas épocas estaremos. Los políticos siguen, de modo infantil y retrasado, interviniendo (o al menos queriendo intervenir) en la vida de sus súbditos (no nos ven como ciudadanos maduros y libres), concepto este arcaico del gobernante, el cual implica detentar un efectivo poder o influencia económica o moral sobre las personas; quieren un Estado-mamá (malcriador además) con el que legitimar, justificar y perpetuar su existencia con este actuar. Bananero.

En resumen, políticos, evolucionen y trátennos como adultos, no nos digan, dentro de lo legal, qué debemos hacer y pensar, no creen grupos de parias a los que deben proteger y déjenlos solos que evolucionen y avancen favoreciendo para ello que haya empresa privada y que esta crezca pues es lo que genera  empleo y riqueza individual y colectiva. Dedíquense en definitiva a lo que deben dedicarse: a ser recaudadores de impuestos y gestionar de modo correcto los recursos públicos. Y poco más.

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