José Luis Labat / Periodista

El encanto de las gratuidades

José Luis Labat

El pasado día uno de septiembre, por decisión gubernativa en su momento, quedaba liberalizada la autopista que comunica Aragón y Cataluña. Tan sólo tardé tres días, a partir de la fecha, en transitar la susodicha vía de comunicación. No lo hice por aprovechar la oportunidad y darme ese gustazo del ahorro tarifario. Habitualmente, con alguna excepción exploratoria, todos los veranos desde finales del siglo pasado, ha sido la ruta seguida para visitar las conocidas como playas de Zaragoza. Y en tan sólo tres días resulta más que evidente que la circulación ha aumentado, y particularmente, el tránsito de camiones. La primera conclusión, a vuela pluma, es que una ruta segura se ha convertido, de un día para otro, en un camino que exigirá a los conductores poner en juego todos los sentidos de alerta necesarios. Para que no se produzcan indeseados accidentes de consecuencias malhadadas.

La propia infraestructura viaria, me apuntaba meses antes de la liberalización alguien del sector del transporte, sufrirá también un deterioro como no se ha conocido hasta la fecha. Es lógico pensar, si los camiones cambian la carretera nacional por la autopista, ese volumen de tráfico añadido generará mayor uso y desgaste. Con lo que la cuestión del mantenimiento de la red viaria no es cosa baladí.

Como tampoco resulta intranscendente la nueva situación que van a tener que afrontar los hosteleros, y demás trabajadores del sector servicios, a lo largo de una vía que se va a ver también, otra más, vaciada. Vamos, que el roto puede ser de traca. Otro más.

Y aquí todos tan contentos con la gratuidad. Pareciera que nadie hasta la fecha, desde que se conocen los planes liberalizadores de nuestro ínclito Gobierno en materia vial, ha levantado la voz para plantear una crítica, o para suscitar una alerta sobre lo que puede ocurrir o lo que nos puede venir encima. Vivimos en un país que ha conseguido conquistar lo público a unos niveles que parecen trasladar la idea de que eso, lo público, no lo paga nadie. Que la factura corre de cuenta de no se sabe quién. Y claro, el peso de lo público se mide en términos de gratuidad. Faltaría más.

No interesa plantear o suscitar preguntas que molesten la placidez del engaño que padecemos. Tal vez por ello a nadie se le ocurre hacer en alta voz la básica cuestión: y esto, ¿cómo se paga?; para que luego, los mismos que nos gobiernan y otorgan gratuidades vengan a decirte que habrá que pagar por las autovías. De fábula.

En lugar de pensar en fórmulas como el abaratamiento o la reducción de impuestos se nos engaña con la arcadia feliz de la gratuidad inconsciente y mendaz. Porque, al final, tarde o temprano, alguien lo tiene que pagar.

Pero, de momento, el populismo dirigente reinante logra anestesiar al personal con estas medidas que, supuestamente, edulcoran o alivian la pesada carga social. Cuando lo que consiguen en realidad, poco a poco y sin mucho esfuerzo, no es otra cosa que ir convirtiendo en erial lo que podría ser el paisaje más propio de una sociedad con futuro. Algo que solamente parecen merecer algunos. Incluso como tertulianos, dando recetas.

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