Antonio Coscollar / Maestro de escuela

De vacunas, cuentos y mentiras

Antonio Coscollar

Sentenció Maquiavelo que “hay dos maneras de combatir, una con la ley, la otra con la fuerza”. A Joseph Goebbels se le atribuye otra, la mentira. La cita es bien conocida: “Una mentira repetida mil veces, se convierte en verdad”.

Contagiarse levemente y vivir para contarlo es un hecho conocido desde la antigüedad. Tucídides y Lucrecio advirtieron que quienes sufrían de forma leve la peste, lograban inmunizarse. El término “vacuna” proviene del latín “variolae vaccinae”, que significa “viruela de la vaca”. Le debemos ese nombre al inglés Edward Jenner, quien publicó su hallazgo en 1798. Jenner descubrió el efecto protector de la viruela bovina, cuando combatía la viruela humana.

En honor de Jenner, Louis Pasteur, un siglo después, propuso usar el término “vacuna” para las inoculaciones de las preparaciones que se investigaban entonces y siguieran investigándose después.

Por fortuna, cuando la población vacunada es muy numerosa, se produce la inmunidad de grupo. Por desgracia, muchos sujetos que deciden no vacunarse abusan, no sólo de la inmunidad que el grupo les provee, sino de un valor muy notable de la cultura democrática, la defensa de las libertades individuales.

Puede que los avances médicos, vacunas incluidas, hayan alterado el transcurrir de la evolución, de ese modo se ha logrado que algunos necios no solo no se extingan, sino que se multipliquen. Son libres de pregonar que las vacunas son un arma peligrosa, obviando la abrumadora cantidad de pruebas que las acreditan.

Ocurrió otro tanto con el tabaco. Quienes deseaban consumirlo sin restricciones (como quienes se niegan hoy a vacunarse), ya no hablan ni de la COVID ni del tabaco. Les basta con airear una pomposa ideología y, en su nombre, vocear que el deber de vacunarse y las restricciones sobre el tabaco son otros tantos atentados a sus libertades individuales.

Según Thomas Harding, “los hombres menos religiosos son los que más se pelean por la religión”. Escuchando a nuestros políticos, ¿deberíamos decir lo mismo de nuestra democracia?

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