José María Ariño Colás / Doctor en Filología Hispánica

Miguel Labordeta, un poeta de rabiosa actualidad

José María Ariño Colás

Es sorprendente y casi paradójico que algunos medios de comunicación, especialmente aragoneses, solo se hagan eco de la obra poética de Miguel Labordeta con motivo del centenario de su nacimiento. La pregunta inicial es obvia: ¿Se conoce la obra de este gran poeta aragonés del siglo XX a nivel nacional? En mi modesta opinión y, como lector y admirador de este vate zaragozano, no ha sido justa la crítica con Miguel que, varias décadas después de la publicación de Sumido 25, su primer poemario, permanece todavía en el oscuro cajón del olvido. Porque la figura de Labordeta va más allá de sus excelentes poemas: durante la década de los años cincuenta del siglo pasado, este joven inquieto y rebelde se convierte en el pontífice del café Niké, que se erigirá en oasis de la intelectualidad y de la cultura zaragozana, al margen de una realidad gris y amodorrada. Tal como afirman Alfredo Saldaña y Antonio Pérez Lasheras en un excelente artículo, publicado en el último número de la revista Turia: “Miguel Labordeta (1921-1969) es uno de los poetas más desgarradores e intensos que hemos tenido en la España del siglo pasado, un poeta, sin embargo, rabiosamente actual, dotado de unos registros expresivos singulares que nunca se acomodaron al biendecir”.

No voy a ahondar en la trayectoria poética de Miguel, tan breve como intensa. Pero sí quiero recordar algunos aspectos de su trilogía inicial –Sumido 25 (1948), Violento idílico (1949) y Transeúnte central (1950)– que convierten a Labordeta en un poeta actual, a pesar del paso de los años y las generaciones literarias. Tanto su aliento existencial, su rebeldía social y su visión distorsionada de la realidad –en la línea de Goya, Buñuel y de las vanguardias más atrevidas– son las señas de identidad de una poesía que rompe con los esquemas anteriores y que anticipa vivencias muy cercanas a nuestra realidad. Al igual que Valle-Inclán en Luces de Bohemia, Miguel – a sus 25 años – se mira en el espejo y se pregunta sobre el porqué de su existencia y sobre su estar en un mundo azotado por dos contiendas bélicas y sepultado entre los escombros del olvido y de la incomprensión: “Dime Miguel: ¿quién eres tú? / ¿dónde dejaste su asesinada corona de búfalo? / ¿por qué a escondidas escondes en los muros / la sojuzgada potencia de los besos? / ¿Qué anchura de canales han logrado / tus veinticinco años visitantes?”.

Estos versos son solo un botón de muestra de una poesía en la que ética y estética se dan la mano. Unos poemas que –como afirma su hermano José Antonio en el prólogo a la edición de 1988, publicado por la Institución Fernando el Católico– “fueron un trallazo en medio de una España desgarrada y rota”. Hoy, afortunadamente, podemos leer y reflexionar sobre el centenar de poemas que nos dejó Miguel a lo largo de su breve andadura vital. En los poemas de este primer libro que, en mi opinión, marca la pauta de las publicaciones posteriores, hay un aliento social –“Asesinados jóvenes ansiamos perdernos en el naufragio / que cubre las aceras y los parques / de futbolistas ahogados en la sangre de los besos”–, un latido existencial –“Lo sabéis amigos / no volveremos más”– y un profundo desasosiego personal ante un horizonte sin perspectivas ni ventanas a la esperanza –“Heme aquí llamando a Dios / por los teléfonos oscuros / de mis centros nerviosos impalpables”.

El mejor homenaje que le podemos brindar a este poeta aragonés, autor de originales y valientes versos es la lectura atenta y demorada de los poemas que nos dejó como una herencia literaria digna de los mejores escritores del siglo XX. Solo así nos daremos cuenta de la actualidad de su poesía y de la pervivencia de sus inquietudes personales y sociales.

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