Francisco Javier Aguirre / Escritor

Vacunación intelectual

Francisco Javier Aguirre

Las alternativas de la pandemia que nos acosa desde hace más de año y medio parecen una montaña rusa. Los contagios suben, bajan, se aceleran, se detienen, alcanzan cotas insospechadas y no tenemos claro el futuro que nos aguarda. Hay cepas y variantes agazapadas que pueden lanzar su zarpa contagiosa al menor descuido. La estrategia oficial de vacunación parece haber dado algunos frutos, sobre todo en la población adulta. Adulta no solo desde el punto de vista cronológico, sino también intelectual.

Las recientes olas de contagio juvenil demuestran que no se hizo un estudio completo de la situación. Se inocularon, por tramos de edad, las cuatro fórmulas aceptadas en España, olvidando que, además de proceder a la vacunación física por rangos de riesgo, había que hacerlo de forma didáctica a la población en general, sobre todo a los jóvenes. Era preciso desarrollar una política de información a fondo, teniendo en cuenta que los tramos de menor edad, al ser potencialmente menos susceptibles de contagio, adoptarían una postura de descuido creyendo que no iban a sufrir las consecuencias de la pandemia de modo grave. La realidad ha demostrado que en ese sector adolescente y de primera juventud ha sido en el que han rebrotado con fuerza los contagios.

Hubo un tiempo en el que se señalaban los siete años de edad como la fecha en la que uno adquiría el sentido común o, dicho de otra manera, entraba en razón. Tal vez los tiempos modernos la hayan retrasado, porque se ha demostrado que, duplicándola e incluso triplicándola, muchas personas no han alcanzado el nivel de comprensión suficiente para saber que están expuestas al contagio y que pueden ser vehículo de reentrada para quienes han recibido las dosis de la vacuna.

¿Qué es lo que ha fallado? La información, la vacunación intelectual. No se han desarrollado estrategias de convencimiento para conseguir que todos los estudiantes de grado medio, fundamentalmente, supieran que estaban tan expuestos al contagio como los mayores de edad. En algunos casos habrán sido las instituciones docentes las que no hayan hecho hincapié en sus programas sobre los peligros que acechaban. Pero en su mayoría sí han desarrollado programas de prevención, que no han tenido eficacia porque buena parte de las familias de los estudiantes se han inhibido del tema. Un claro ejemplo ha sido los viajes de fin de curso a finales del pasado mes de junio, tanto a Mallorca como a otros lugares de la costa mediterránea.

Ninguno de los adolescentes participantes en los mismos, como tampoco quienes han organizado botellones y fiestas descontroladas sin haber recibido las dosis preventivas, han sido conscientes del riesgo que han corrido y del peligro en que han puesto o están poniendo a las personas de otros tramos de edad. Sin olvidar a ciertas empresas turísticas ‘especializadas’ que han priorizado la ganancia, a despecho de los riesgos sanitarios.

Ha fallado lo que vengo en llamar vacunación intelectual. Una fórmula que no necesita listas de espera, ni citas horarias, ni viales farmacológicos para ser aplicada. Hubiera bastado un interés público en tres escalas, la administrativa, la docente y la familiar para inocular dicha vacuna en la gente joven.

A mi entender, el principal fallo ha estado en la última etapa, la familiar, que en definitiva tiene el control legal de los menores de edad. Sin autorización de los padres, los hijos no hubieran acudido a los viajes de estudios ni a las fiestas multitudinarias que han provocado un retroceso en el nivel sanitario del país.

Todo ello sigue demostrando que falta educación, que no es lo mismo nivel educativo que nivel de conocimientos teóricos o prácticos en las diversas disciplinas del saber. La educación es un proceso de formación completa de la personalidad, en la que la capacidad de razonar está por encima de la acumulación de técnicas y datos.

La experiencia que estamos viviendo tal vez sirva de punto de partida para que tanto el sistema educativo como el entramado turístico, y sobre todo la actuación familiar, consigan que, independientemente de la edad de los niños y adolescentes, se desarrollen el sentido del civismo y de la conciencia que los proteja a ellos, en primer lugar, y seguidamente nos proteja al resto de los ciudadanos.

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