Viajamos en el tiempo en pleno corazón de Zaragoza

Si hay una época que me cautiva es esa que va de los años 1850 a 1930, en lo que todo se ve ahora tan antiguo, pero a la vez tan moderno y con tanta solera, que me apasiona echar a volar mi imaginación y pensar cómo se vivía en aquella época.

Y qué casualidades, sin querer, cuando menos lo esperas, nos topamos en el camino con objetos o construcción que nos permite realizar un viaje en el tiempo y, por unos segundos, sentir cómo sería el trajín que a todo aquello rodeaba.

Sin ir más lejos, hoy mientras volvía de hacer uno de mis entrenamientos diarios en el Parque Grande de Zaragoza, con el sol saliente y el frescor matinal, me he topado con un edifico blanco, una arquitectura singular coronado por un escudo de Aragón, con estandartes imperiales y un águila bicéfala; tanto me ha sorprendido que no he podido resistirme a echar una foto, pero como la curiosidad es fiel amiga del aprendizaje, y hoy día tenemos la oportunidad de saber un poco más con nuestro teléfono móvil, enfrente tan singular edificio, he investigado sobre él.

Resulta que se trata de un edificio que albergaba una fábrica de harinas, de alrededor de 1860, y que utilizaba la fuerza hidráulica del Canal Imperial de Aragón para sus menesteres. Por cierto, resulta que esa década fue un periodo en el que hubo cambios culturales, sociales y políticos.

La cuestión es que allí sentado, frente a este edificio y mientras me nutría de historia, parecía estar rodeado de personas de aquella época, señores elegantes, con chaqué, pajaritas grandes propias de la época, bigotes finos, sombrero de copa, bastón en mano y reloj de bolsillo mientras subían y bajaban de los carruajes, o hablaban de sus futuras inversiones.

O esas señoras elegantes, ataviadas con la ropa de época, faldas largas, abultadas y para sol en mano mientras paseaban riendo por la orilla del Canal, con el mismo frescor y sol naciente que ese momento se estaban apiadando de mí.

Unos minutos en los que mientras me nutro de historia, desconecto de la realidad y sigo reviviendo como los directivos de esa fábrica, en su mesa de madera con muebles elitistas, y el chirriar de suelo de madera, recibían la noticia del nuevo presidente de los Estados Unidos de América, Abraham Lincoln, puro en mano y copa de licor en la otra.

Toda una locura haberme topado con tan emblemático edificio en el corazón de Zaragoza que no ha hecho sino enriquecerme un poco más sobre lo que desconocía.

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