No sabemos lo que tenemos

No sabemos lo que tenemos. Es una de esas frases hechas que pronunciamos constantemente cuando descubrirmos un lugar mágico en Aragon.

Parece que ha tenido que visitarnos la pandemia para darnos cuenta de lo que tenemos y de la gente que hay en esos lugares. Gente maravillosa, que se emociona al hablar y contar la historia de sus pueblos, gente emprendedora en su entorno rural, alcaldes que con pocos recursos hacen todo en el día a día por sus vecinos.

Pues todo eso y mucho más es Aragón. Todo eso y mucho más encontramos en nuestra tierra.

Tengo la inmensa suerte de haberme topado en el camino con un aragonés de pro, que ha llevado nuestra bandera a lo más alto, Carlos Pauner, con quien desde hace seis meses, en plena pandemia, junto a un fiel cámara, Jorge Sesé, recorremos Aragón a través de la aventura, y la sensación es rotunda; NO SABEMOS LO QUE TENEMOS, pero tampoco sabemos la riqueza humana que habita en nuestro Aragón.

Más de treinta localidades llevamos recorridas, de norte a sur, de este a oeste, de Huesca a Teruel pasando por Zaragoza. Lo cual hace que sea imposible quedarme con un único momento o una única persona, aún así recuerdo algunas que dejando siglas a un lado quieren que su pueblo esté en el epicentro, que haya calidad de vida y que todos sus vecinos creen comunidad. Así a bote pronto me vienen algunos de ellos, como Adrián, Alcalde de La Muela, un tío serio, comedido y respetuoso, que por encima de todo está en su máxima que todo cuanto se haga en su pueblo sea beneficioso para el mismo. Pero no sólo el, también sus vecinos quienes acogen al visitante como uno más.

No solo Adrián, si nos vamos hasta tierras oscenses nos encontramos con Fernando o Isaac, Alcaldes de Barbastro y Monzon respectivamente, jóvenes y emprendedores, con una energía positiva que engancha y con un denominador común; la unidad y piña que han creado en sus ciudades, era imposible ir con ambos por la calle y andar más de diez metros sin que alguien nos parará, daba igual la raza, sexo o edad, que pararán para pedir un favor, solicitar una queja o dar un simple saludo, y eso quiere decir algo, que el respeto y la civilización impera más de lo que pensamos. Que tenemos más cosas que nos une a las que nos separan y que detrás de todo hay y existen las personas.

Seguimos en la provincia de Huesca, y encontramos gentes con unas ganas de hacer felices a los demás a través de sus trabajos artesanos increíbles, como Rubén un orfebre chocolatero a escasos metros del monasterio budista de Panillo, o Carina otra maestra chocolatera en Ipies, natural de Argentina que dejó su país y su plaza de profesora para venirse a Aragon a endulzar la vida de sus gentes.

Pero si he de reconocer algo, es que Teruel si existe, y que es la gran joya desconocida. Desde hace años he podido recorrer muchos de sus pueblos; bueno más bien de sus plazas, Andorra, Cella, Albalate, Alcorisa, Alcañiz, Calada o Utrillas, pero no ha sido hasta ahora donde más allá del albero he podido disfrutar de todo lo que esconde, Cantavieja, los Órganos de Montoro, el queso de Tronchon, el Castillo Templario de Castellote o el histórico tren de Utrillas, donde otra vez un alcalde, Joaquín, me volvió a sorprender, un tío inquieto y activo fiel reflejo de su vecinos, por dos días, casi nos dejó ser gobernantes del municipio.

Y esque amigos, si algo me queda claro en esta aventura que hemos comenzado es que Aragon es la leche pero su gente todavía más.

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