José Ignacio Martínez Val / Director de Martínez-Val Abogados

El golpe catalán

José Ignacio Martínez Val

Lo de Cataluña, desde hace siglos, es como la película de Redford y Newman, una gran cortina de humo con un único fin: sacarle los cuartos a un incauto; es decir, a España.

Sin pretender analizar con profusión las causas y la solución del “conflicto catalán”, pues en vez de una columna debería escribir una columnata, su sinopsis sería esta: hace muchos siglos, unos pobladores venidos de allende los Pirineos cuando Carlomagno dominaba en Europa y los musulmanes estaban en plena expansión por Europa se instalaron en el noreste de la histórica Hispania  y siendo nuevos ocupantes de una tierra para ellos “extranjera” denominada Marca Hispánica, fueron imponiendo sus exclusivos intereses económicos y de poder, primero solo en el territorio ocupado y posteriormente incluso sobre toda la península, y trataron de sacar (y han sacado) provecho de esa situación y de sus vecinos “extranjeros” con los que sienten que solo les unen lazos de interés comercial. Y así seguimos varios siglos después.

Así, lo de Cataluña es un “conflicto” cuyo origen, iniciativa y sostenimiento en el tiempo es algo puramente catalán. Jamás los que han mandado allí han querido mezclarse con el resto de pueblos peninsulares. Siempre se han visto (y nos han visto) como extraños si bien la realidad es terca y se impone. Siendo que el territorio que históricamente conforma Cataluña está integrado e incluido geográficamente en lo que siempre ha sido Hispania, que con el otro vecino del norte existían malas comunicaciones, hostilidad y, de hecho, se quería romper con su dependencia política de lo franco, no les quedaba otra opción a esos nuevos pobladores peninsulares que la de convivir y comerciar con sus vecinos hispanos, viajando, residiendo e invirtiendo en Hispania como hispanos (a la postre, donde se instalaron  es, geográfica e históricamente, parte de España) pero sin formar parte de ella, aequales partibus, con el resto de pueblos peninsulares (los portugueses fueron más honestos: siendo parte del Reino  de León y su primer rey, nieto del rey de este viejo reino occidental, quisieron romper peras y darle la espalda al resto de Hispania para tener su país. Punto final. Ruptura total aún a costa de perder relaciones y posibilidades de todo tipo con sus hermanos de sangre que duran hasta el día de hoy).

Siendo prístino el proceder básico de los líderes catalanes respecto a su relación con España y los españoles desde el siglo XIII, ¿cómo hemos actuado el resto de habitantes de la península, que consideramos ese territorio parte de España, con respecto a ellos, conociendo su modo de proceder hacia nosotros? Pues siempre igual de mal: en ocasiones con una  inútil, mal ejecutada y breve represión y en otros momentos, como el actual, con la concesión (sin pedir nada a cambio, ni siquiera lo básico, lealtad a la unión) de privilegios, prebendas y competencias tratando de ser cercanos, majos y simpáticos con la intención de que solo por eso (y generándoles cierta dependencia) se integren en España. ¿Y qué resultado hemos obtenido? Ninguno. Todo ha sido un fracaso en esa intención de fundir a Cataluña con el resto de España porque las medidas han sido ineficaces y tontas para que dicha región, situada en España pero dominada por gentes “extranjeras” que no se quieren integrar plenamente  en ella, se acerque y termine por unirse a un país con el que comparte, de modo inseparable, territorio, población y costumbres.

La estrategia con Cataluña, desde hace siglos y también hoy, debería haber pasado por la aplicación, sin fisuras, de tres cuestiones innegociables: una lengua, derecho, instituciones, mercado, enseñanza de la historia y educación comunes y supervisado por el Estado; un control de la propaganda interna y, sobre todo, la expulsión de la realidad económica y social de España de aquellos elementos, instituciones y personas contrarias a la unión. Solo aquellas personas y organizaciones leales a la unión deberían poder realizar negocios y disfrutar de relevancia social en el conjunto de España. ¿Se ha hecho todo eso en algún momento de la historia? No. Al revés, se ha permitido el enriquecimiento y desarrollo de sectores independentistas a través de suculentos negocios y exclusividades con el Estado. Es decir, le das la soga al que te quiere colgar. Conclusión: si Cataluña sigue siendo un territorio no integrado plenamente en España es por culpa de los gobernantes españoles, a quienes, siempre, les  ha dado pereza o han sido débiles de mente, espíritu y acción para dicha integración.

Y hete aquí, en 2021, que nuestro actual líder (y bastantes más que le rodean) considera, en un acto más de bonhomía estéril, que concediendo ventajas económicas y perdonando la comisión de gravísimos delitos a parte de sus actuales líderes se va a conseguir algo en la resolución de un conflicto iniciado y mantenido por los mandatarios (y los que viven del momio) catalanes, quienes desde un principio, sabiendo que los españoles consideramos ese territorio como parte de España, decidieron relacionarse con España a través de la coacción, el chantaje y el castigo psicológico con el fin de obtener ventajas y privilegios como hace el niño mal criado con unos padres que le quieren y le conceden todo lo que desean con el errado ánimo de conseguir su amor y cariño mientras este sigue mortificándoles para continuar sacando la mayor tajada posible. Así somos y así actuamos los españoles con Cataluña, como un maltratado que busca y sigue buscando el amor y la vida en común con el amado que le castiga y no le corresponde pero que saca y sigue sacando provecho y ventaja de la situación.

Esto nos debería llevar a pensar que solo cuando (i) los líderes políticos y económicos indepes catalanes y los que los siguen vean que empezamos a pasar de ellos, que no buscamos su amor a cualquier precio y que encima los aislamos y solo estamos dispuestos a hablar, comerciar, juntarnos y vivir con aquellos catalanes que quieren y desean estar con nosotros en un mismo país y (ii) empecemos a aplicar, sin miedo ni contemplaciones, al menos, las medidas que arriba comento, habrá posibilidades de que el independentismo y su líderes se queden solos, con un pueblo y empresariado que les dé la espalda por una simple razón: con un mercado y sociedad españolas cerrados a quienes no apoyasen la unión, las posibilidades de prosperar se reducirían a  aquellos catalanes que quisieran juntarse y unirse, en igualdad, al resto de España. En definitiva, si algo se quiere avanzar en esto de la resolución del conflicto catalán, habría que aislar, empobrecer y arrinconar al independentismo en la propia Cataluña y no dejarle sacar provecho ni ventaja alguna de y en España. Hasta que no se haga esto, que no estaría exento de tensiones y conflictos que habría que anticipar, aguantar y saber gestionar durante décadas, el independentismo seguirá, raca raca, con su contaminación progresiva de la sociedad y economía catalanas.

En resumen, Sr. Sánchez e izquierda (y parte de la derecha), déjense de buenismo e ingenuidad inútil y estúpida pues con esa táctica de perdonar y tender puentes, sin más, ya lo hemos comprobado durante siglos (y un caso muy similar al actual sucedió en 1934 con Companys y sus secuaces), no se va a conseguir nada. El independentismo mantiene y mantendrá siempre, coherentemente a su estrategia, que somos el estado opresor y que volverán a repetir lo de 2017. No hay opción y es tiempo perdido negociar nada con ellos ni a tratar de entendernos  (salvo que la asquerosa intención con toda está payasada sea, meramente, aguantar dos años más en Moncloa) pues, simplemente, no quieren, algo obvio bajo su prisma pues se les acabaría el negoci. Lo que se pretende hacer con respecto a Cataluña va a ser, una vez más, un total fracaso y el independentismo, poco a poco, seguirá ganando terreno pues no es más que un tumor maligno que a falta de un tratamiento eficaz se sigue extendiendo entre la engañada sociedad catalana que siente y considera, gran parte de ella, que sus líderes les defienden del malvado y opresor estado español y que con ellos pueden y van a vivir mejor, además, como ciudadanos de primera. La solución sin ser sencilla, existe. Solo hay que tener la voluntad y los arrestos de aplicarla sin fisuras ni vacilaciones durante unos cuantos años, incluso décadas. Si no, el problema catalán seguirá por los siglos de los siglos, amén y con la real posibilidad de que algún día, a medio o largo plazo, pueda conseguir una independencia efectiva, algo que sería su hecatombe económica y social si bien esto, a los líderes indepes, que tendrían el poder, el dinero y  un país para ellos solos, les importa un soberano colló.

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