Del abandono a la resurrección: la historia de Jánovas

Pajar reconstruido

El sol vuelve a asomar. El Ara baja con fuerza y sus aguas salpican las piedras situadas a ambos lados del río. De fondo, la iglesia de San Miguel, casas derruidas, otras cubiertas por la maleza, algunas en reconstrucción. La presencia de grúas parece devolver la ilusión. La vegetación que cubre calles, viviendas destruidas y pequeños recovecos convierte este deteriorado entorno en un bonito y curioso enclave pirenaico que merece la pena admirar.

Décadas después, el cielo se abre de nuevo para Jánovas. Y para sus vecinos, a los que les arrebataron el derecho a vivir en paz y armonía en pleno corazón del Valle del Ara. El verano y los años venideros se afrontan con optimismo y entusiasmo. Porque Jánovas no rebla. Porque, como todavía puede distinguirse –no sin dificultad- en la pizarra verde de la antigua escuela, “Jánovas, hasta la victoria siempre”.

Y es que en los sesenta, los planes del Estado y la industria hidroeléctrica orientados a levantar un pantano en este pequeño municipio oscense convirtieron sus 42 casas y sus 300 habitantes en ruinas y recuerdos. Ha tenido que pasar medio siglo para que aquellos vecinos pudieran rescatar sus tierras y viviendas, que les fueron expropiadas de la noche a la mañana. Lacort y Lavelilla también cayeron. Después de que el Boletín Oficial de España (BOE) recogiera en 1951 la declaración de utilidad pública del proyecto para la instauración de una central hidroeléctrica, la expropiación fue la gran baza de la empresa Iberduero, principal verdugo de todas esas familias.

El río Ara baja con fuerza y sus aguas salpican las piedras situadas a ambos lados de su cauce

Por aquel entonces, los únicos supervivientes de este embrollo fueron los Garcés, que superaron la dictadura franquista y se aferraron a sus raíces quedándose a vivir de manera permanente en el pueblo. “Nos hicieron la vida imposible a partir del 65. Nos chafaban los cultivos y nos rompían el paso. Intentaban engañarnos de múltiples formas para que abandonáramos Jánovas, pero no cedíamos”, recuerda Jesús Garcés (Jánovas, 68 años), uno de los vecinos que vivió durante largo tiempo en este municipio. Incluso su padre rechazó una oferta laboral a cambio de quedarse en su tierra natal.

La llegada de la democracia en 1982 fue acogida con alegría y entusiasmo por estos “últimos habitantes”. Cercanos a la idea de que el nuevo gobierno liderado por Felipe González desmontaría el proyecto del embalse, se vieron totalmente sorprendidos ante el anuncio socialista de que el plan seguía adelante. “Era enero de 1984 cuando la Guardia Civil se presentó en la puerta de nuestra casa para advertirnos de que teníamos que irnos. Estábamos ilusionados con los socialistas, pero todo se cortó de raíz”. Jesús no oculta que todavía se le remueven sentimientos de rabia, impotencia y locura al rememorar ese preciso instante. “Nos prometieron que habían buscado una casa en Campodarbe para poder trasladarnos. Llegamos ahí y esas tierras las tenía alquiladas otra persona. Regresamos a Jánovas a la mañana siguiente, pero ya habían tirado abajo nuestra vivienda”, recuerda.

No obstante, lo más sorprendente de esta historia es que el embalse nunca llegó a vislumbrarse. “Tuvieron mucha prisa para echar a la gente de la zona sin saber si el pantano iba a hacerse o no. Lamentablemente, durante la dictadura las personas no importaban y no valían para nada”, explica el presidente de la Fundación San Miguel –en honor a la iglesia-, Óscar Espinosa (Barcelona, 48 años), asociación dedicada a la lucha para reconstruir el pueblo. Su abuelo, “fuerte como un roble”, tuvo que marcharse a Barcelona y apenas duró un año: “Murió de pena. La estresante vida en la capital catalana no era nada comparable con la tranquilidad de la tierra de su corazón”.

En los sesenta, los planes del Estado y la industria hidroeléctrica orientados a levantar un pantano convirtieron las 42 casas de Jánovas y sus 300 habitantes en ruinas

Intereses económicos y proceso de reversión 

A pesar de que Óscar no pudo disfrutar de su casa familiar porque fue derribada antes de que naciera, siempre veraneaba de pequeño en el domicilio de los Garcés. Sus continuas visitas al municipio, sumado a la historia precedente, despertaron en él un sólido arraigo y sentimiento de pertenencia con Jánovas. Consideraba, como tantos otros, que la obra del embalse respondía “únicamente” a la existencia de intereses económicos. “Tenía que haber una importante cuestión económica de fondo. El propio PSOE expulsó a los Garcés, sin saber darse cuenta hasta años después de que el pantano no era rentable”, manifiesta.

De hecho, en el año 2000 el Ministerio de Medio Ambiente firmó la declaración negativa de impacto medioambiental como consecuencia del cambio de la normativa europea, y en 2005 se desestimó de manera definitiva la construcción del pantano. “Este siempre ha sido un tema muy incómodo para los políticos. Dejan pasar cuatro años pensando en que ya lo arreglará el siguiente. Muchos de ellos no saben qué es ni dónde está Jánovas. Y así han transcurrido varias décadas de despropósitos. Es una auténtica vergüenza”, recalca el alcalde de Fiscal –localidad a la que pertenece Jánovas-, Manuel Larrosa (Huesca, 43 años), primer edil durante los últimos catorce años. Para entonces, este emplazamiento ya presentaba un aspecto fantasmagórico. Había caído en el olvido. Excepto para sus vecinos, que nunca cesaron en el empeño de recuperar lo que les pertenecía.

No fue hasta 2013 (ocho años más tarde) cuando se inició el proceso de reversión con Endesa, que había adquirido los activos del municipio a finales de 1993. Ya se han resuelto el 90% de los expedientes, lo que ha permitido que casi todo el pueblo haya recuperado su antiguo patrimonio. A pesar de que los vecinos se han mostrado reticentes con la compañía eléctrica, afortunadamente han logrado dialogar y alcanzar acuerdos y precios “más o menos aceptables”. “Cuando empezamos con las negociaciones, es cierto que nos pedían 30 veces el IPC acumulado por una casa caída y tierras en desuso, algo totalmente injusto e ilógico. Al final, por los campos sí que hemos tenido que pagar el precio de mercado, mientras que por las casas hemos abonado un euro el metro cuadrado como algo simbólico”, aclara Óscar.

Una de las calles principales de Jánovas

El Gobierno de Aragón, sabedor de que los vecinos tenían razón en sus reivindicaciones, ha colaborado durante los últimos tiempos con ayudas destinadas a los servicios básicos de abastecimiento. De hecho, el Departamento de Vertebración del Territorio, Movilidad y Vivienda dirigido por José Luis Soro ha invertido desde 2016 un total de 440.000 euros para restituir el agua potable, la electricidad o las redes de saneamiento. En este sentido, Jesús agradece la labor desplegada por la DGA y adelanta que ahora disponen de 90.000 euros más para comenzar una nueva fase.

Esperanzas presentes y futuras

Mientras que Larrosa –“tembloroso” al oír hablar de la España vaciada y agotado por la “parsimonia e inoperancia” de las administraciones- tiene claro que no verá el resurgir completo de Jánovas como alcalde de Fiscal, la mayoría de los vecinos confían en recuperar el pueblo más pronto que tarde teniendo en cuenta el ritmo actual de trabajo. Óscar muestra mucha positividad con la futura vuelta a la tierra de sus abuelos, pero lamenta la lentitud de la burocracia, el gran escollo por el que el pueblo no está ya levantado. “La pena es que la reversión no se hubiera confirmado 20 años antes. Entonces la ilusión sería mucho mayor porque nuestros padres y algunos de nuestros tíos y abuelos habrían vivido en primera persona algo que les pertenecía”, indica.

Para que el lugar recobre parte de su anterior vida, el establecimiento de un buen puente de acceso a la localidad se antoja primordial. “El vado de ahora resulta insuficiente porque el agua que baja proveniente del deshielo de la nieve incluso lo sobrepasa en alguna ocasión. No pedimos un puente de autovía, pero sí un acceso válido para poder ir y volver”, solicitan Jesús y Óscar. En este sentido, el puente colgante de 1808 que cruza el río fue declarado patrimonio histórico, así que por el momento no puede rehabilitarse. Los vecinos pidieron a la actual directora general de Patrimonio Cultural de Aragón, Marisancho Menjón, la instauración de un nuevo tablero sobre el puente para que los coches pudieran pasar. “Esto no supondría mucho dinero, pero todavía no tenemos ninguna novedad. Mi impresión es que al final optarán por cortarlo para que no pueda pasar nadie”, teme Garcés.

Vista general de Jánovas

Actualmente, en torno a una decena de casas se están reconstruyendo, otros vecinos todavía se lo están pensando y la mitad restante acabará por vender sus terrenos porque ya han hecho vida fuera de esta localización. “Para ganar una guerra, a veces se pierden algunas batallas. Siempre hay daños colaterales, pero al final hemos podido rescatar lo que nos pertenecía. Hemos vuelto”, asevera Espinosa.

A día de hoy, la única edificación que goza de vida en sus interiores es el antiguo pajar, reconstruido hace dos años por Ana (Barbastro, 48 años), prima de Jesús, y su marido Marce, aunque con dinero propio porque no se considera “zona urbanizable”. Tanto su hermana María Ángeles como ella heredaron una expropiación de su padre y, a pesar de que no vivieron en sus carnes el conflicto, no han comprendido nunca “la saña que hubo con Jánovas”. “La injusticia está clarísima”, puntualizan.

Casa Agustín, vivienda de turismo rural que podría abrir este verano y recibir a sus primeros visitantes durante el mes de agosto, es la gran alternativa de Óscar para intentar amortizar su expropiación. “No tenía sentido reconstruir una casa familiar tan grande como primera residencia, así que decidimos hacer uso del patrimonio levantando Casa Agustín”, explica.

Por su parte, Jesús lleva tres años edificando una nueva casa, propiedad a la que renunciaron sus antiguos dueños y que él no dudó en adquirir. Ahora mismo está montando el tejado y en cuanto termine la obra se irá a vivir allí de manera permanente. Además, uno de sus sobrinos se está encargando de reconstruir la vivienda donde nacieron los Garcés y va por “buen camino”. “En un par de años habrá entre diez y doce casas terminadas y muchos vamos a residir allí. Otros vendrán los días que puedan hasta que se jubilen”, asegura.

Ana también augura un buen futuro para Jánovas, pero hace especial hincapié en que “la gente no especule y preserve la esencia rural del municipio”. “Se pueden hacer muchas cosas, pero respetando siempre la paz, la tranquilidad y la belleza intrínsecas del lugar”, subraya.

Décadas después, un halo de luz vuelve a inundar Jánovas. El trabajo y esfuerzo de los vecinos han resucitado esta localidad del Sobrarbe. Una pequeña fortaleza implacable ante el paso del tiempo y las circunstancias que ha tenido que afrontar. Un municipio que pasó de la gloria al infierno en un abrir y cerrar de ojos. “Ahora casi estamos tocando el cielo. Al final, tanto sufrimiento va a merecer la pena”, asientan sus presentes y futuros habitantes.

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