Dr. José Carlos Fuertes Rocañín / Presidente de la Sociedad Aragonesa de Psiquiatría Legal y Ciencias Forenses. @jcfuertes

“A la caza del pijo”

José Carlos Fuertes Rocañín

La Real Academia de la Lengua Española admite la palabra “pijo” y lo define como: “una persona que, en su vestuario, modales, lenguaje, manifiesta gustos propios de una clase social acomodada”. Sensu contrario, se denomina en el argot popular “cani”, como “la conducta y vestimenta opuesta a la del pijo, haciendo referencia a jóvenes que sus actitudes pueden resultar horteras o macarras”.

Pero no es de semántica de lo que quiero reflexionar, sino de una nueva “moda” barbárica que, aunque no es nueva, sí ha entrado de nuevo con furor en el dislate nacional.

El hecho consiste en que un adolescente arremeta y agreda, sin motivo ni razón, a otro adolescente, a quien no conoce de nada, pero que le “parece” que es un pijo. La “gracia” no acaba ahí. Hay que subir la hazaña, una vez consumada, a las redes sociales, y demostrar la estupidez supina que tiene el agresor que además de cometer un delito le da publicidad.

¿Indigencia intelectual? ¿Falta de valores cívicos? ¿Necesidad de autoafirmación para pertenecer a una tribu? ¿Problemas de comunicación intrafamiliar? ¿Repetición de unos modelos sociales patéticos y vacíos? ¿Ausencia de correcciones y castigos en la educación? Posiblemente todos ellos y alguno más.

Según estudios de Psicología Social “el adolescente no es violento” por naturaleza, aunque su tormenta hormonal algo le predispone a ello. Dicho esto, sí sabemos que existe un sector de ese grupo social que practica conductas inadecuadas e intolerables como la “caza al pijo”. Estos adolescentes se sitúan en los dos extremos socioculturales: en el bajo y en el alto. Entre los dos grupos no llegan al 5% de la población juvenil; pero, eso sí, son muy ruidosos, y además se les presta atención. Ellos encantados, el resto preocupados.

La “violencia gratuita” entre los jóvenes puede deberse a múltiples factores, uno importante es una necesidad patológica de “autoafirmación”, en la que tiene mucho que ver la “presión grupal”, ya que se exigen estas conductas para pertenecer a una banda, tribu o grupo. Estas conductas se manifiestan sobre todo entre los 15 y los 21 años, pero empiezan a cuajar años antes, entre los 12 y los 14.

La causa esencial de estos comportamientos es la falta de unos valores claros, de unos principios elementales de respeto a las normas y a las personas, y una tolerancia y permisividad total a conductas, que deberían ser eliminadas con una cirugía selectiva pero contundente.

El problema es que, cuando se presta atención técnica y se estudian, este tipo de actuaciones guardan una correlación directamente proporcional a la incomunicación familiar y la “ausencia” de los roles paternos, ausencia real o virtual.

Los padres del agresor “están a por uvas”, como se dice coloquialmente. Esos padres ¡no tienen tiempo para perderlo en estos menesteres!, están muy ocupados, a veces trabajando y produciendo, para que sus hijos adolescentes tengan de todo; de todo, menos valores cívicos.

Lo que también se ha constatado es que este tipo de agresiones en la fase precoz de la adolescencia dejan secuelas en la víctima del tipo de estrés postraumático (inseguridad, reviviscencia y pesadillas de los hechos ocurridos, aislamiento social, fobias, problemas académicos, baja autoestima, etc.)

Por otro lado, es importante saber que los padres de los agredidos a veces cometen errores de bulto, y culpabilizan a la propia víctima con frases como: ¡Ya te dije yo que no salieras!, ¡es peligroso ir por la calle a según que horas! Cuando lo que deberían de hacer es proteger, ayudar y, por supuesto, no culpabilizar en ningún caso al adolescente que ha sido agredido.

El acoso, las agresiones y la violencia gratuita entre adolescentes van en aumento y no es de extrañar. En una sociedad donde todo vale, donde apenas hay principios morales; donde los que hay se cambian si interesa por otros que nos gusten más (como diría Groucho Marx, “estos son mis principios, pero si no le gustan tengo otros”); donde el fin sí justifica descaradamente los medios; donde la mentira forma parte del juego diario y donde se presenta con normalidad y con justificación; donde una mal entendida tolerancia permite que solo lo “políticamente correcto” tenga cabida, una sociedad así es una sociedad en camino de extinción, con esos mimbres no se pueden hacer buenos cestos.

Print Friendly, PDF & Email