Luces y sombras comerciales sobrevuelan las calles Don Jaime y Alfonso

Un caso curioso a la par que esperanzador lo protagoniza Almazara, un establecimiento que decidió abrir el pasado 5 de marzo

En los tiempos actuales, las calles Don Jaime y Alfonso viven realidades bastante dispares. Mientras que en la primera no existe ni un solo espacio en el que no aparezca un negocio abierto, en la segunda ocurre más bien lo contrario: en torno a una cuarta parte de los locales se encuentran cerrados. Nada menos que 21 comercios, del total de 80 insertos en esta emblemática vía que une el Coso con la plaza del Pilar, han cesado su actividad o se han trasladado del lugar.

Los carteles de “se vende”, “se alquila” o “se traspasa” copan los cristales de escaparates de la calle Alfonso, varios de ellos desgastados por el inexorable paso del tiempo. La última tienda que va a hacer las maletas es la mítica joyería-platería L. Martín Blasco, dando así por concluido un periodo de 125 años ocupando una de las esquinas con la plaza Santiago Sas. El edificio en el que se ubica el local se convertirá próximamente en sede de diversos apartamentos turísticos.

Estos cierres no solo están motivados por la pandemia, sino que ya vienen de tiempo atrás. No hay un motivo en particular, aunque todo apunta al elevado precio del suelo y la instauración de diferentes franquicias que se han impuesto sobre los comercios tradicionales dada su creciente popularidad. Bien es cierto que este “destrozo comercial” se evidencia a lo largo de toda la calle, pero se manifiesta de manera particular en la entrada desde el Coso, con varios establecimientos clausurados en perfecta hilera. La joyería Ginés o las pastelerías de la Tolosana y Tupinamba ya no abrirán sus puertas. La misma situación vive el Gran Café Zaragoza, al que la dichosa Covid-19 le asestó un golpe letal, pues desde el confinamiento en marzo de 2020 ya no ha mostrado síntoma alguno de una posible reapertura. O el denominado “templo del souvenir” El Mañico, que cayó a principios del año pasado.

Los carteles de “se vende”, “se alquila” o “se traspasa” copan los cristales de escaparates de la calle Alfonso

Pese al oscuro panorama que se cierne sobre los negocios de la calle Alfonso, augurando un futuro más bien desolador y apagado, aparecen casos que pretenden recuperar la armonía y optimismo de antaño. La empresa Farmavázquez procederá en breve a su inauguración, mientras que recientemente ha estrenado sucursal la tienda de ropa Desigual. Un caso curioso a la par que esperanzador lo protagoniza Almazara, un establecimiento con especialidad en encurtidos que decidió abrir el pasado 5 de marzo en esta arteria zaragozana. Su valiente fundadora apuesta fuertemente por un modelo de negocio distinto bajo el lema “en la variedad está el gusto”.

Confianza en los encurtidos

“Tenemos referencias únicas en la capital aragonesa y no existe competencia directa en la ciudad, por lo que podríamos crecer en los próximos meses con nuevas tiendas”, explica. La madrileña, que “por situaciones de la vida” decidió mudarse a tierras mañas, lleva entre diez y doce años dándole vueltas y más vueltas al proyecto en su cabeza. El coste mensual del alquiler asciende a los 3.000 euros, confirmando que “los precios están por las nubes”, pero para ella no resulta un grave inconveniente, ya que tenía muy claro que quería emplazar su local en “la mejor calle de Zaragoza”.

Las aceitunas acaparan toda la atención visual en medio del intenso y reconfortante aroma -no para todos- a vinagrillos. “Así lo llamáis aquí, ¿verdad?”, pregunta entre risas. Además de encurtidos, ofrecen pinchos de boquerón, pulpo, anchoa, sardina ahumada y gildas, pero lo más demandado sin duda alguna son las más de “30 variedades de oliva”. Además, aclara que el género proviene de muchas partes de España, de territorios como Madrid, Málaga, Jaén, Guadalajara, Almagro, Galicia, Cantabria o de zonas del propio Aragón. La importación de ciertos productos desde Italia o Grecia confirma también un ligero toque internacional en este lugar. Ante todo, destaca el éxito de la aceituna de Aragón, seguida de la griega kalamata y la manzanilla.

La valiente fundadora de Almazara apuesta por un modelo de negocio distinto bajo el lema “en la variedad está el gusto”

La jefa del negocio valora como “muy buena” la acogida por parte tanto de clientes como de otros comercios. Los fines de semana se generan bastantes ingresos, mientras que en la jornada intersemanal no hay mucho trabajo por el momento. “Esperemos que la afluencia de público aumente conforme la normalidad vaya llegando”, confía. El local, en el que trabajan actualmente tres personas con miras a ampliar la plantilla de cara al mes de abril, abre de 10.30 a 21.30 horas de lunes a viernes, mientras que los sábados, domingos y festivos el horario se amplía hasta las 22.00 horas. Además, teniendo en cuenta el auge del reparto a domicilio durante el confinamiento, no descartan brindar este tipo de servicio más adelante si “la aceptación en el espacio físico resulta notable”.

El encuentro de dicha aceptación por parte de la clientela, conformada básicamente por personas del segmento de la tercera edad, es más que posible, ya que “no existe competencia directa. La más parecida podría ser Martín, Martín, pero no tiene nada que ver”, destaca la madrileña. Tanto ella como su pareja, que le presta ayuda con el negocio, se aferran con una enérgica sonrisa al “boom” de su idea comercial con la expectativa de abrir más tiendas en Zaragoza y en otras comunidades autónomas.

A pesar de esa sensación de cierto vacío que se experimenta al caminar por calle Alfonso observando los comercios deshabitados a izquierda y derecha, las vías adyacentes a esta arteria -sobre todo aquellas que se desdoblan hasta el renovado Mercado Central- viven una especie de prosperidad de aperturas en forma de goteo persistente. Las plazas de San Felipe y del Justicia, y calles como Santa Isabel, Prudencio, Manifestación, Torre Nueva, Candalija, Contamina o Fuenclara, son ejemplos de localizaciones que cuentan con establecimientos variados en sus metros cuadrados de suelo. Y no les va mal, con una pandemia de por medio.

El Papagayo, ejemplo de calidad y buen servicio

Trasladando el relato a calle Don Jaime, donde el trasiego de gente no cesa en ningún instante del día, la realidad es bien distinta. Las luces emergentes de tiendas, restaurantes y demás negocios parecen no requerir de farolas para iluminar esta rúa, pues resulta raro divisar algún local tapiado. Escondida en una de sus diminutas y estrechas bocacalles, en el número 4 de Jordán de Urriés más concretamente, se refugia una pequeña taberna familiar que, bajo el original nombre de El Papagayo, se ha ganado adeptos desde su inauguración en 2017.

El Papagayo decidió impulsar su servicio a domicilio a comienzos del mes de mayo de 2020

Las redes sociales, comandadas por Jorge, el pequeño de los tres hermanos Mort Cotín, se han erigido como una herramienta clave para su fama. “Nos han permitido darnos a conocer e incentivar la unión de la gente a una esencia común. A pesar de que yo sea el encargado de esta tarea, las decisiones tomadas siempre son consensuadas con todo el equipo”, puntualiza.

La taberna surgió a raíz del estrecho vínculo de los dos hermanos mayores con la hostelería. Guillermo, el cocinero, trabajaba en Londres, mientras que Diego ejercía de camarero en la capital aragonesa. “Salió la oportunidad y no dudamos en volcarnos en ello, apostando todo a la calidad y el buen servicio”, recuerda Jorge. A través de un gran sentimiento de pertenencia con el producto, “mimándolo por medio de una elaboración cuidadosa”, han conseguido crear platos que concuerdan a la perfección con la raíz del negocio, que radica en “traer el sabor base de España combinado con influencias que experimentó Guille en el extranjero”. En este contexto, el “perrigamba” se establece como el producto gancho porque ha sido con el que la clientela se ha sentido más identificada desde los inicios disparando así su demanda, pero el pulpo recogido desde el Mercado de Abastos de Pontevedra, el steak tartar de ternera madurada o el tartar de atún rojo se configuran como otros grandes pilares de su deliciosa y suculenta lista gastronómica.

Jorge, al igual que la fundadora de Almazara, achaca el abandono comercial de la calle Alfonso al incremento del precio de los alquileres, añadiendo además que se trata de una vía “puramente turística”, en detrimento de la “estabilidad comercial” y la “localía de negocios” adquiridas por la calle Don Jaime. El joven camarero y coctelero, al que la Covid le ha enseñado a “superar las adversidades”, califica el último año pandémico como un periodo de fortalecimiento, adaptación y reconstrucción. A esto ha ayudado en gran medida la “piña familiar” que mantiene en la taberna con sus hermanos, su madre y su cuñada. “Al final se trata de una relación natural que no quita que en muchos momentos sea difícil, pero durante estos cuatro años hemos consolidado un sentimiento muy fuerte”, subraya.

El Papagayo decidió amoldarse a la situación impulsando su servicio a domicilio a comienzos del mes de mayo de 2020, realizando pequeños ajustes en la carta, unas modificaciones que, según el propio Jorge, supusieron “un aumento de calidad”. La pandemia le sirvió a su hermano Guillermo para poder probar y poner en práctica nuevos platos de cara a promocionar el “delivery”, y funcionó a las mil maravillas. A pesar de la incertidumbre generada por el coronavirus, la familia tiró de experiencia y mucho esfuerzo para sortear las posibles pérdidas económicas, “anteponiéndose a las circunstancias estando siempre alerta”.

Para Jorge, el futuro es más bien halagüeño, pues no se va ni un solo día a la cama sin tener las expectativas altas. Fruto quizás de ese espíritu soñador y prometedor, con el objetivo de “estar en lo más alto a base de reinventarse”, la taberna dará paso próximamente al Restaurante Papagayo. La ubicación ya no será la misma, pero no habrá que desplazarse muy lejos para poder disfrutar de sus sabores. El nuevo cartel ya luce en el número 21 de la calle Santa Cruz, a las afueras de un local con mayor logística y una cocina superior con brasas que traerá consigo buenas y cuantiosas referencias de vino, una barra de coctelería y, probablemente, mesas de terraza. Lo que deja bien claro Jorge es que, sin ninguna duda, conservarán el mismo sentimiento de ilusión con el que se embarcaron en la aventura hostelera cuatro años atrás.

Unas persianas permanecen cerradas, pero otras nuevas se abren. Así es el mundo comercial. Así es el universo de los negocios. Luces y sombras se alternan en medio de un panorama que engloba muchos detalles capaces de decantar la balanza para uno u otro lado, una serie de matices que pueden empujar un local hacia el triunfo o sumergirlo directamente sin crudeza en el más hondo de los fracasos.

Print Friendly, PDF & Email