José Luis Labat / Periodista

El ruedo ibérico

José Luis Labat

Que no se diga que la plaza no está a la altura. Que no se detecten anomalías achacables a la falta de categoría. Que no falte cacofonía ambiental, que de la estilística nos encargamos, aunque sea a base de reiterar, de forma intencionada, los “que” al comienzo de cada frase.

Pero sí, es cierto. ¡Cómo está el patio y qué sensación provoca, oiga! Lo podría incluso expresar en lengua italiana: “sono sbigottito”. Y no lo busque en el diccionario. Se lo traduzco: estoy consternado, horrorizado, estupefacto, asombrado o atónito. Puede elegir la acepción, con total libertad. En esto no hay imperativo ni coacción, al menos de momento. Algo es algo.

Aunque vaya usted a saber. Porque a este respecto, cuando escucho o leo a colegas hablar o escribir sobre libertad, incluida la de expresión, me entran escalofríos. Ciertamente, no sé a qué se refieren. O simplemente, que hablan de otra cosa, o que han cambiado el concepto. Así, sin más. Y no nos hemos enterado.

Pareciera que hemos deshabitado voluntariamente este mundo, a modo de exilio intelectual. Y se lo hubiéramos dejado por omisión a unos moradores okupas. Sí, okupas. Utilizo el término en cuestión por aquello del matiz invasor que se detecta. También en el terreno de las ideas y del pensamiento.

Uno se considera contemporáneo de la reflexión y de la propuesta abierta. De hecho, la afortunada generación a la que pertenezco ha recibido el gran legado de la historia del pensamiento y de la cultura. Y lo ha recibido en su devenir, atendiendo a todo su proceso, con sus luces y sus sombras. Que ya es suficiente, para conocer.

Pero también para conocernos. Y entender qué es lo que nos ha traído hasta aquí. Todo ello muy serio e importante para que vengan ahora estos del ruedo ibérico y la charlotada a jugar al deporte de la confusión. Y encima, a salir victoriosos.

Llevan varios años haciéndolo. Se lo hemos consentido. El silencio social consecuencia del adormecimiento inoculado desde las esferas de poder ha sido su ventaja.  Y han llegado a ser tendencia, trending topic, que resulta más chic. Pero la broma parece que ya no hace tanta gracia, y comienza a detectarse un cierto inconformismo.

Todavía resulta complicado a esta perpleja sociedad, en medio del fragor que suscitan las redes sociales, discernir aquello que merece, de verdad, la pena. Hay demasiada ponzoña interesada y poca pasión de verdad, y por la verdad. También, se observa, hay mucha inconsistencia en las jóvenes generaciones, y no resulta menor la dosis de capricho narcisista en vena.

Sólo que, para quienes creían que todo lo podían, incluso cambiar la historia, no contaban con el factor sorpresa de la vida. Esta crisis que estamos viviendo nos lo está recordando. Y frente al pesimismo, tenemos las herramientas para combatirla y superarla. Tal vez, sólo haga falta decidirse y sacar la cabeza de este ruedo sin futuro.

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