Antonio Coscollar / Maestro de escuela

¿Qué cabe esperar de la educación?

Antonio Coscollar

Enviábamos a los niños a la escuela para que aprendieran a enfrentarse al futuro que les espera provistos de una buena educación. Mientras que la educación les iba enseñando las normas de la vida, la experiencia les mostraría, después, las excepciones. Un moralista diría que las normas de una “vida buena” no son tantas. Sin embargo, observando a algunos políticos y grandes corporaciones, su interés por la “buena vida” no se centra en seguir las normas, sino en encontrar las excepciones.

La pregunta es inevitable. ¿Para qué demonios sirve hoy la educación? Una respuesta urgente es “para saber”. Pero el camino del saber es engañoso, “pequeño saltamontes”. En efecto, hay un saber ingenuo y un saber crítico. Diferenciarlos no es tarea fácil. En el siglo XIII, Francis Bacon lo vio y lanzó este mensaje hacia el futuro: “Nada perjudica tanto a una nación como que la gente astuta se haga pasar por inteligente”. Ahora lo entiendo. Seguramente, el futuro al que Francis Bacon se refería es éste que nosotros llamamos presente.

El saber crítico se logra con esfuerzo, voluntad y método. En efecto, el conocimiento adquirido por científicos y filósofos no es ingenuo, ni surge de forma espontánea. Si observamos a los niños con atención, veremos que ese anhelo por saber ya aparece en la infancia. ¿Cuántos niños ansían aprender, tan sólo para que los quieran? ¿Los seguiremos decepcionando?

El saber vulgar, no por carecer de método es menos valioso. Si nos empeñamos en cruzar por donde no hay semáforo, no sacamos lápiz y papel y calculamos la velocidad del tráfico, la anchura de la calzada y nuestra propia velocidad de cruce. Basta con que a la “experiencia cotidiana” le añadamos un margen de seguridad para “saber” en qué momento podemos cruzar.

¿Qué debemos esperar hoy de la educación? La respuesta no es fácil, sobre todo en esta posmodernidad controlada por poderosas corporaciones, en donde (según John Ralston Saul) nadie es responsable de nada porque los ciudadanos, los de verdad, los de pleno derecho, son ahora esas grandes corporaciones, mientras que los individuos trabajan para ellas limitándose a cumplir órdenes y viéndose a sí mismos como víctimas.

Si éste es el panorama, es decir, si la educación importa tan poco como parece, si no merece un pacto de Estado porque no somos capaces de resolver la unidad del Estado en su inevitable diversidad, entonces la cuestión ya no es qué debemos esperar de la educación, sino si podemos esperar algo de ella. ¿Pesimista? No. Escéptico. No es lo mismo.

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