Enrique Guillen Pardos
Enrique Guillén Pardos / Profesor y periodista

Obsesiones de los políticos

Enrique Guillen Pardos
Enrique Guillén
Enrique Guillen Pardos

El pasado lunes,  en el marco de una Comisión Institucional de las Cortes de Aragón, Fernando Ledesma, diputado del Partido Popular, acusó al actual Gobierno de Aragón de usar en su beneficio Aragón Televisión y ningunear, a su vez, a la oposición que forma su propio partido junto a Ciudadanos y Vox. Para explicar cómo se había plasmado todo eso en la última reestructuración de la Corporación Aragonesa de Radio y Televisión (Cartv), afirmó que Aragón Televisión se había convertido en TeleLambán.

Al inicio de este periodo democrático había enormes expectativas para recuperar la independencia de los medios públicos respecto a los gobiernos que los financiaban con sus presupuestos, pero aquella esperanza duró poco: Eduardo Sotillos, de prestigiosa trayectoria profesional, pasó de ser Portavoz del primer Gobierno de Felipe González a Director de Radio Nacional de España. Ya entonces se creó una cultura política y social que ha naturalizado el control de los medios públicos, a nivel estatal y autonómico, por parte de sus respectivos gobiernos. También ha devenido en costumbre la acusación de ninguneo en boca de la oposición, aunque esta, cuando llega al Gobierno, repite a su manera la estrategia de control de las teles y radios públicas.

No sé si esta gestión de los medios públicos forma parte de la escasa normalidad democrática española que ha denunciado Pablo Iglesias, aunque en estos últimos meses él y su partido han personificado, a la vez, la obsesión por el control de los medios desde el Gobierno y la denuncia de manipulación como si fueran oposición – Javier Fortes, periodista de Televisión Española, puede dar testimonio de esto –. Esta mezcolanza entre gobiernos y medios informativos públicos – sea Canal Sur, TV3, Telemadrid, Aragón Televisión o RTVE – denotan grietas en la calidad de la democracia española.

El Gobierno de Sánchez suele esgrimir la alta valoración que obtiene España en los estándares internacionales de calidad democrática cuando alguien habla de déficit democrático en nuestras instituciones – el último, Serguéi Lavrov, ministro ruso de Exteriores –. Sin embargo, a los poderes ejecutivos españoles, en Madrid o cualquier autonomía, les gusta tener los brazos muy largos, a costa incluso de quebrar el equilibrio entre poderes que era la base de quienes en el siglo XVIII formularon el estado de derecho. Ahora mismo, controlados ya el Parlamento y los medios públicos, el Gobierno del PSOE y Podemos tienen puesto el ojo en domeñar el Poder Judicial.

La preocupación del Presidente Lambán por controlar la Corporación Aragonesa de Radio y Televisión tiene, pues, numerosos precedentes y acompañantes; pero eso no quita gravedad a lo que significa como ejemplo de déficit democrático por más que esa conducta ya no sonroje a casi nadie. Abunda entre los políticos españoles una obsesión por controlar al mensajero que casi recuerda a los privilegios que los reyes medievales y absolutistas concedían a sus cronistas – Vagad o Jerónimo Zurita, entre los principales de Aragón – o al culto que en la Grecia antigua rendían a sus aedos que cantaban las hazañas de sus héroes guerreros. Pero, aunque lo parezca, las teles públicas no quitan ni ponen presidentes. Menos aún ahora, en el reinado de Internet y las redes sociales.

Todos hemos reprochado a los políticos españoles su tendencia a la autorreferencialidad; es decir, a mirar solo su mundo y sus cosas, a reducir la política a sus obsesiones, a costa de olvidar lo que interesa, preocupa o agobia a la sociedad. Al cumplir un año de pandemia, todavía con trescientos muertos cada día en España y más de tres mil en Aragón desde marzo pasado, con una desigualdad tan agravada como acuciante y unas bolsas de pobreza próximas al 30 %, centrar el debate público y la labor parlamentaria – el PP pidió tratar este tema de forma urgente – en cómo se organiza la televisión autonómica o cómo está centra su mirada en el Presidente y olvida a la oposición parece, en el mejor de los casos, una banalidad.

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