Luis Iribarren Betés / Licenciado en Derecho

XX cumpleaños de la declaración como Patrimonio de la Humanidad del mudéjar aragonés

Luis Iribarren

Además de la jota, la ingesta de borraja, los medios de comunicación que se llaman Aragón, el guiñote, el canfranero y las migas, es el arte mudéjar la siguiente seña de identidad aragonesa, la principal de su urbanismo y arquitectura por su importancia mundial.

La extensión de la declaración del Patrimonio de la Humanidad del mudéjar turolense a Calatayud, Tarazona, Borja, Zaragoza y un importe número de edificios civiles y religiosos de todos los territorios aragoneses al sur del Prepirineo oscense y zaragozano cumple veinte años.

Habiendo una asociación denominada “Territorio Mudéjar”, sin embargo ha empezado el 2021 con anuncios tales como una magna exposición sobre Goya en Zaragoza; el impulso de varios museos de ferrocarril tras la casi total recuperación de las estaciones de Canfranc y actuación en la de Caminreal o la donación de diez cuadros de Broto de gran formato al Pablo Serrano.

Ninguna noticia conozco de que vayan a celebrarse en torno al aniversario que me ocupa exposición o simposio en cualquiera de las ciudades ricas en monumentalidad mudéjar, estilo no exclusiva ni excluyentemente aragonés.

Quizá sea complicado amalgamar en la capital turolense, la ciudad bilbilitana o turiasonense o en la misma Aljafería un espacio escénico permanente en torno a la singularidad del mudéjar, para solaz y conocimiento de los propios aragoneses. Desconozco si se ha intentado pues sería una puerta abierta a recibir investigadores de media Asia.

Varias notas describen este estilo, además de su conveniente dispersión por el territorio aragonés tan conveniente para erigirlo, junto a una Ruta del Cid ciclista, en vector de recepción de turismo interior.

La primera es su condición de arte amalgamador, esencial en esta Europa necesariamente abierta a contener una importantísima parte de reposición de su población proveniente de los países del Magreb. Si se decide como se hace políticamente que sea americana, es un estilo que influyó fuertemente en la arquitectura civil y religiosa colonial criolla. Así que es a todas caras oportuno poner a Aragón en esos mapas.

Se habla del mudéjar como arte de frontera, como hijo de las tres culturas por desarrollarse en territorios de Extremadura de los reinos conformadores de España por atarifes y personal cualificado de origen musulmán y dirección de obra de maestros del gótico que venían a trabajar por el Camino de Santiago. Más hábiles los primeros, como se demuestra en las mezquitas del Alto Níger de Mali, para levantar edificios airosos de menos peso pero importante carga simbólica, con materiales no precisamente nobles aunque más moldeables y dúctiles.

Dándole dignidad al ladrillo o el humilde yeso, sulfato de calcio al fin, mediante repeticiones y técnicas matemáticas con un éxito tal que se han seguido utilizando a lo largo de los siglos como en las chimeneas de azucareras, sedes como la de Correos en Zaragoza, la armoniosa escalinata del Óvalo de Teruel o como remate de zócalos o elemento de paño para dotar de vida incluso la arquitectura minimalista de antes de ayer. Como en las vitolas de cerveza, la decoración de autovías o los envoltorios de pasteles de origen sefardí o andalusí que tienen éxito, se perciben con tanto cariño como una cazuela de albóndigas bien estofadas con su punto de canela o comino (pero luego no usamos especias, dice el personal picando ajo).

Ello es debido a que nos siguen fascinando como contraste, más en épocas de confinamientos, los horizontes recortados con cimborrios y torres con elementos orientales a los que tan acostumbrados estamos a mirar poco. Cualquier puesta de sol desde el Puente de Hierro puede trasladar a Isfahan y es una enorme suerte que tenemos, porque todas las culturas conquistan el oeste pero sueñan con el este.

Los azulejos en torres con ladrillos aplicados por albañiles que fueron orfebres y sufís en el arte de la repetición armoniosa, los techos pobres rematados con artesonados de sabina o pino negro, los lienzos de pared que miran a Venecia o a Santa Sofía de Estambul que podemos disfrutar en la Seo de Zaragoza o en Tobed, no están lejos físicamente de cada aragonés. Estando en su corazón por repetición no percibida.

El mudéjar en su no severidad permite descansar la mirada en un viaje que abarcaría desde el Aragón hasta Samarcanda como límite, refinamiento que no valoramos lo suficiente en nuestro día a día.

Porque allí lo tenemos, mientras que el arte de Sijena sito en Barcelona y las obras de Goya del Prado parece que sean la última reconquista en la que como pueblo estamos implicados, agua aparte, por descuido que recuerda la falta de importancia como nombre en el contexto europeo de ese que lo tuvo tanto, Aragón. Y allí prietas las filas sin reblar, solo ese momento o procesión en la que darlo todo.

El conjunto de torres cristianizadas aragonesas raptadas de mezquitas o sinagogas anteriores contienen este trampantojo único. Como mínimo, el cumpleaños me dará para algún viaje por Aragón que compartiré y un glosario mínimo para mí mismo y todos los que queramos levantar la vista… Hacia las torres de la Madalena o San Pablo, reconvertidas de alminares en aquella tierra de nombre libertad y fuero franco.

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