Luis Iribarren Betés / Licenciado en Derecho

Cada uno con su pasión: “Plateas y palcos desaparecidos”

Luis Iribarren

Sin carbón no hay Reyes Magos, dice Vetusta Morla en uno de sus himnos célebres.

Sin sobrinos nietos apasionados por sus tíos nadie descubriría nunca los escritos o los versos ocultos de aquel bicho raro o de aquella garbanzo negra de la familia, poetisa por pasión. Y sin pasión no se descubre al criminal, como en las películas de Campanella.

El criminal vuelve y vuelve al escenario de su crimen porque su pasión le mueve a hacerlo, nada puede impedirlo. Porque se puede cambiar de casi todo menos de pasión.

Una de las mías ha sido y es el cine, pero no tengo tanta memoria para las películas como para las conmociones en forma de rito de verlas en un lugar o momento determinados. En el año de la desaparición de Connery, de Lucía Bosé, de Kirk Douglas y la de Havilland, quería compartir esta edición de emociones con vosotros. Porque tener un padre abstemio te arrojaba desde tu más tierna infancia a los espacios oscuros con mil butacas.

También nos ha dejado Cachi, ese compañero de estudios con música que recordó mi querida Rosa. Combinados sus programas en SER Zaragoza con los primeros programas de Radio 3 a los que me enganché.

Allá van mis momentos cinéfilos imprescindibles a los que unir sus bandas sonoras.

  • En el cine Norte, calle Jesús, Barrio Jesús, nervios previos a ver el reestreno de Fiebre del Sábado Noche. Una tarde de domingo de invierno de 1979.
  • En el cine Pax de la plaza de la Seo, lugar de mis primeras matinées y películas infantiles, visionado de la primera edición de Aterriza como Puedas o ET antes de comer. Preparación previa ideal: coger el autobús de dos plantas verde o el ómnibus electrificado y atravesar en él aquel Puente de Piedra de tres carriles en día de cierzo de nieve y bajar en la plaza que rodeaban las vías con seis plataneros en medio.
  • Vamos a hacer las colas para ver Grease con las amigas de instituto a las que no les gustaba solamente beber o fumar y con las que visitábamos la única Biblioteca de la plaza de los Sitios hasta que abrieron el Centro Cívico Tío Jorge. En el cine Latino de la calle Estébanes, con la misma santa comprensión que se gastaba oyéndolas gritar a los Pecos por imposición.
  • Para ser la primera porno no estuvo mal: cogí el 39 para asistir en el cine Rialto de San José, precioso nombre, al estreno en Zaragoza del “Imperio de los Sentidos” de Oshima calculo que por el 84. Si no, imposible. También corrí antes de que la quitaran para ver en reestreno “Granujas a todo ritmo” (Blues Brothers) en el Venecia de Torrero. En los cines de barrio, los clásicos duraban todo lo más dos sesiones.
  • Nunca estuve en el cine cercano a la maternidad donde nací, pero no me sorprendería por su uso actual que se hubieran proyectado las míticas películas de Esteso y Pajares en el cine Madrid de Delicias (desde hace tanto, como tantos, bingo).
  • Si que fui a ver alguna película al peculiar, por su ambiente y ubicación próximas al Gancho y calle del Caballo, cine Victoria de la calle Conde de Aranda. Me ha venido a la mente una de la dupla Mutti-Celentano (la primera, como Bo Derek, mito erótico de adolescencia).
  • El primer cine de Almodóvar, el de Víctor Erice o la primera visión del de Buñuel en México; las obras de Rainer Werner Fassbinder; Rojos de Warren Beatty; París Texas o tantas otras en los años universitarios, disfrutados con devoción en la filmoteca sede Palacio Fuenclara o el fascinante cine Elíseos. Cuyo cierre me dolió más que el confinamiento porque el rato previo al oscurecimiento de las luces trasladaba a la Belle Époque.
  • Me viene también a la memoria ir a ver “Wall Street” con el dúo Douglas-Sheen al envolvente Coliseo Equitativa, con su bóveda de madera de sauna finlandesa. Caña por delante en el café de Méndez Núñez y bocadillo y vinos posteriores en el Bonanza o los bares de la trasera de la calle Reconquista. Oyendo a Theodorakis. Luego para rematar, quemadillo en el Cutanda con los Cure o Depeche, de negro y violeta ataviados. En días en que se perdían 5000 calorías si eran de otoño invierno en que helaba cuarenta madrugadas.

Luego ya vino la frecuentación del cómodo Cine don Quijote o del Teatro Fleta donde vi mis primeras películas de Eastwood y Woody Allen; los cines Buñuel de Francisco de Vitoria que, como en el caso de los Renoir, programaban versiones originales de autores desde Greenaway hasta Soderbergh. Las películas primeras de Coixet, la que debería ser obligatoria en su visionado “Tierra” de Julio Médem, la diversión a cargo de Álex de la Iglesia o el esteticismo de la producción de los 90 de Carlos Saura.

Cuando me fui de Zaragoza, frecuenté el cineclub de la Peña Zoiti en Huesca, asistía con asiduidad al Cine Teatro Olimpia del Coso pero también al Cine Avenida en Martínez de Velasco, cerrado en el 2008 y que proyectaba cine más comercial pero a veces fascinante y entretenido como el del dúo Polanski-Spielberg.

Gracias al Circuito Urgellenc, continúe y hasta mi regreso a Zaragoza disfrutando del primer arte en los cines de Tamarite, Binéfar y Monzón. Denominados respectivamente Cine Paseo, Cine la Paz y Cine Victoria, felizmente restaurados.

Si alguna película de las que estoy revisando este año en DVD de biblioteca pública se me pasaba, las de Campanella o los Taviani sobre todo, aún podía reengancharme a verlas algún miércoles o jueves raro en los dos cines más unidos a mi historia sentimental: el Cine Astoria de Jaca, cerrado en 2005, o en la sala de cine de Sangüesa que tenía sus 499 butacas.

Aquel en que mi padre vio todo el cine de John Ford y las primeras películas de Houston.

De este que se pone cada mes la banda sonora de “High Fidelity”.

De quien todavía se emociona metido en ambiente y previo café viendo maravillas en el cineclub del Colegio Mayor Cerbuna.

Hace tantos años que estamos perdiendo esa clase de cultura urbana a cambio de recibirla empaquetada para enriquecer a cuatro en tiempos de pandemia… En nuestras manos está humanizarlo, se llama cultura kilómetro cero…

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