Javier Barreiro / Escritor

El papel higiénico y el elefante

Javier Barreiro

Recibo una felicitación de un amigo austriaco, cuyo sello postal está impreso en papel higiénico y representa un elefante. La relación de dicho producto con el proboscídeo ya intrigó a algunos, como ahora me intriga a mí pues, como sabrán quienes no cumplan el medio siglo, la marca Elefante fue la más popular en España hasta hace unas décadas. Lo curioso es que el envoltorio –una especie de celofán amarillento – no tenía marca ni se señalaba cual fuera su uso, sino que aportaba el dibujo de un elefante en rojo furioso y la leyenda “400 hojas. Patentado”.

Naturalmente, todo el mundo lo llamaba Elefante y el amarillo del papel y el rojo del dibujo lo constituían en una especie de símbolo nacional. Y de progreso, pues había muchos retretes públicos donde solamente un desnudo gancho ostentaba unas cuantas hojas de periódico partidas mientras otros no ostentaban absolutamente nada. Por cierto, hay una curiosa historia que cuenta José Vicente Torrente en “Contra toda lógica”, su libro de anécdotas diplomáticas: Una señora fue detenida por la Gestapo como sospechosa de espionaje. Naturalmente, se la examinó a fondo y en el entorno de sus partes excretoras se le descubrieron numerosas letras, que se consideraron un mensaje cifrado. Finalmente, pudo demostrar que se había limpiado con el periódico colgado en el lavabo de un tren y la tinta había quedado por allí estampada, caso que no sería infrecuente.

“Elefante” no se vendía en paquetes, como ahora, sino individualmente. Y por supuesto que el papel, fabricado no era ecológico, reciclado, cero residuo, con microperforaciones, dermatológicamente testado ni cualquiera de las naturalistas cualidades con que se adorna ahora todo lo vendible.

Otro asunto que intrigaba a sus usuarios era la hoja, satinada por una parte y más áspera o rugosa por su revés. Algunos comentaban que la primera, más que limpiar, esparcía. Hay muchos asuntos dignos de comentar en este producto, pero volvamos al principio en espera de que mi amigo, salzburgués como Mozart, me resuelva, si puede, el misterio: la relación del papel y el animal representado.

La teoría más extendida es que la identificación quería señalar que el papel era fuerte como un elefante, a lo que retrucaban algunos que también podía ser por la aspereza de su tacto, otros opinaban que lo más característico del animal era su trompa, que podía llegar muy lejos, al igual que podía hacerlo el papel en el cuerpo humano pero, seguramente, tendrán razón quienes defiendan que el paquidermo era el logotipo del fabricante, Papelera Española, y la cosa no tenía más misterio.

Todavía y por menos de diez euros, el que lo desee puede comprar un rollo de Elefante en tiendas y páginas de internet dedicadas a la compraventa de vejeces y obsolescencias. Pero nunca nada muere del todo. Los portarrollos con la figura de un elefante hacen furor en Berlín y Nueva York. ¿Qué extraña relación hay entre la operación y el simpático mamífero? Lo dicho: habrá que esperar a que, desde la tierra de Freud, mi amigo Eric nos ilumine.

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