Vicente Franco Gil / Licenciado en Derecho

¿Y… próspero año nuevo?

Vicente Franco

Después de habernos felicitado la Navidad, es decir, el nacimiento de Cristo en el seno de una familia según el querer de Dios, compuesta por mujer y varón, sigue el deseo para el nuevo año de alcanzar bonanza y bienestar. Así reza desde antaño un viejo adagio popular: ”año nuevo, vida nueva”, aunque para mí algo inconcreto, pues debiera decir: “Año nuevo, vida mejor”.

A pesar del año horrible que dejamos atrás, nunca se debe perder la esperanza, pues la historia está llena de baches y llanos, de éxitos y de fracasos. Nada nos es novedoso. Y no solamente ha sido infausto por la pandemia vírica que azota a la humanidad, sino también, hablando de nuestra casa, por la política española donde la capacidad de gobernar y de legislar devine más bien como un problema que como una solución  para el bien común.

El 2021 no va a ser un año próspero mientras la educación (ley Celaá) en los centros de enseñanza sea instrumentalizada para adoctrinar sectariamente y para deformar sin límite las conciencias de los escolares. No será un ventajoso año mientras las aulas sirvan de laboratorios experimentales, en donde las clases de sexualidad se sirvan al antojo de la infecta progresía, o para el fomento de aquellos contravalores que intoxican y laceran a las familias, restándoles asimismo autoridad y responsabilidad. Tampoco será un año propicio mientras las libertades y los derechos fundamentales sean cercenados por la osadía de quienes detentan el poder, auspiciados en cierta manera por la cruda mirada de una debilitada oposición.

El 2021 no será próspero mientras el logro democrático, obtenido y sostenido con el esfuerzo de muchas generaciones, sea saqueado por un solapado y ladino totalitarismo enarbolado por marxistas, comunistas, secesionistas y filoetarras.  El arbitrio de los gobernantes, junto con la idiocia y lenidad de una fragmentada oposición que, a pesar de utilizar un léxico aparentemente indignado es flemática, no dejan margen para construir una sociedad más justa y más ecuánime.

El 2021 sufrirá una gran regresión mientras la ley de la eutanasia, un decorado teñido de muerte que declina el auxilio paliativo y la verdadera ética asistencial, perdure en las entrañas de nuestra sangrante sociedad. Bajo la exaltación aparente de la dignidad y de la compasión humana, se esconde un espanto cuyo factible propósito pueda ser la frívola desaparición de quienes, a juicio de la autoridad racionalista, ya no “sirven”.

El 2021 adolecerá de aliento mientras el aborto, requerido por socialistas, amparado bajo la aquiescencia de los populares y consentido por el silente Tribunal Constitucional tras más de diez años sin resolver el recurso de inconstitucionalidad, esté encumbrado en el olimpo de los derechos. Mientras el índice de abortos inducidos ascienda exponencialmente al socaire del negocio genocida que hiede a cloaca, no habrá prosperidad que valga. ¿Cómo es posible que a los débiles, a los inocentes, se les maltrate provocándoles la muerte, se les cosifique y se les catalogue como materia desechable? ¿Este es el progreso que nos augura la ralea de dirigentes políticos en el nuevo año?

El 2021 no traerá gozo y alegría mientras la división, el rencor, el odio, el desinterés, la envidia, la codicia, la hipocresía, la concupiscencia y una retahíla de despropósitos pavorosos se filtren por las heridas abiertas que causan el egoísmo y la indiferencia más exacerbada.

Por todo ello y mucho más tuvo que nacer Jesús en medio de nosotros, para acercarse a la humanidad entera haciendo de la humildad y la generosidad un himno lleno de amor. Por eso estuvo treinta años de vida oculta relacionándose con las gentes corrientes, trabajando en el taller de José. Por eso nos enseño, en los tres años de su vida pública, que dar es más gratificante que recibir, que la caridad va más allá de tender una mano solidaria, pues en la donación de sí mismo está la recompensa y la satisfacción. Vino a traer luz al mundo, a disipar la oscuridad, la confusión y la cerrazón, a sanar la ceguera que inhabilita para obrar con rectitud. Por eso siempre debemos mantener encendida la llama de la esperanza, porque El siempre está ahí, para que llamemos a su puerta.

…Y próspero año nuevo nos deseamos, sí, pero con frecuencia con rutinario ánimo. Serán prósperos los años venideros cuando nos acerquemos, con desasimiento de cuanto nos rodea, a causar el bien, a promover la libertad y a conquistar la felicidad que proporciona saber que, al estar aquí de paso,  nos espera el triunfo si caminamos hacia la Verdad.

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