Churchill ante el espejo

Churchill sentenció: “Un político debe ser capaz de predecir lo que va a pasar mañana, el mes próximo y el año que viene, y de explicar después por qué no ha ocurrido”. Esta sugerente descripción, envuelta en humor e ironía, tal vez encontrara inspiración en otra de Alcuino de York: “No hay que escuchar a los que dicen que ‘la voz del pueblo es la voz de Dios’, pues el tumulto del vulgo está siempre próximo a la demencia.” ¿Recuerda el lector quién es el autor de “la voz del pueblo es la voz de Dios”?

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La voz del pueblo es la voz de Dios es una de las grandes frases de la historia. No es una cita bíblica, aunque lo parece. Su autor, de nuevo, Alcuino de York (siglo VIII).

Alcuino fue algo así como un ministro para la reforma educativa promovida por Carlomagno. Dio nuevo lustre al latín, entonces confinado en la liturgia, y quiso hacer del Imperio carolingio una nueva Atenas o una nueva Roma. Fue religioso, teólogo, filósofo y matemático, pero destacó sobre todo como pedagogo, organizador e ideólogo práctico, es decir, como político.

Para los grandes políticos, la ambición es el fermento de la gloria. Para los mediocres, de la contradicción. Como se ha visto, Churchill lograba ambas cosas en una frase. ¿Y Alcuino? También, pero le costaba más.

La voz del pueblo es la voz de Dios, ha recibido variadas interpretaciones. He aquí algunas:

Quien apuesta por la segunda parte, la voz de Dios, acepta la naturaleza providencial de las decisiones tomadas en el ámbito eclesiástico, tanto para la elección de cargos como para la consideración de lo que es santo, justo y virtuoso.

Quien pone su esperanza en la voz del pueblo sostiene que la opinión general expresa la voluntad soberana del pueblo, a menudo equiparada a la voz de Dios, que una vez expresada ha de ser cumplida.
La invocación de la voz del pueblo es la voz de Dios, también sugiere que sin importar lo acertadas sean las creencias populares, en ocasiones se imponen con tal furia y vehemencia que es imprudente para un gobernante oponerse a ellas.

Creedme, sagrada es la lengua del pueblo, advirtió Séneca.

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