Enrique Guillen Pardos
Enrique Guillén Pardos / Profesor y periodista

Jóvenes entre dos crisis y un gran cambio

Enrique Guillen Pardos
Enrique Guillén
Enrique Guillen Pardos

Bajo el título “Los jóvenes, en el centro de todo”, la Asociación de Directivos y Ejecutivos de Aragón (ADEA) acaba de celebrar en Zaragoza una convención que ha analizado la situación de los jóvenes españoles respecto a la educación y la formación, la empresa y el empleo, los valores y el futuro. Zarandeados por las crisis de 2008 y la actual pandemia, dos generaciones de jóvenes españoles ven cómo al desempleo y la precariedad laboral de estos doce últimos años, en suma a la dificultad para dar estabilidad y futuro a su vida, se añade ahora una digitalización que llega de la mano de la economía de datos, a la vez que cambia perfiles profesionales, dejando por tanto obsoleta mucha de la educación o formación recibida, y sustituye con tecnología a una parte importante de la fuerza laboral actual.

Si algunos siglos han mitificado la juventud como etapa de la vida hecha para el disfrute y la ausencia de responsabilidades – somos parte también de esa tradición –, los políticos españoles acumulan años obviando o minusvalorando el valor de quienes van a decidir el futuro de esta sociedad. Sin duda, prefieren hablar de pensiones, pensando quizá que el coste político de relegar a los jóvenes en ningún caso llegará al que pueden sufrir de los 9,75 millones de pensionistas que acuden puntualmente a votar en cada cita electoral.

Además, como ha pasado con otras etapas vitales, la juventud le ha ganado años a la madurez, relegada ahora a los cuarenta años. Las mismas estadísticas oficiales miden la precariedad laboral, el desempleo o la emancipación de la familia en tramos que van desde los quince años a los treinta y cinco, admitiendo la evidencia de que el valor de esos datos varía según cada fase de esta reforzada juventud. En todo caso, el balance español está vestido de negro: según Eurostat, el 40,4 % de los jóvenes españoles menores de 25 años no tiene empleo – la media comunitaria es del 18 %; en Alemania, el 6 % –, la tasa de temporalidad laboral entre los jóvenes de 25 a 29 años llega al 46,6  – la media comunitaria queda en el 26 % – y el 77 % de los que tienen 29 años siguen viviendo con sus padres.

Nos hemos acostumbrado a datos de este tipo y hasta hemos convertido en tópico que van a vivir peor que sus padres o que, para ellos el ascensor social se ha parado. Ahora mismo, el riesgo de pobreza entre los jóvenes españoles es alto y, sin embargo, la capacidad y voluntad redistributiva del Estado apenas les llega – al menos, la no clientelar –. Y es sabido que, en este capitalismo globalizado, si se les deja en manos de las lógicas del mercado, los que no sean competitivos serán arrinconados o echados por alguno de los desagües del sistema. Cuando se habla de una sociedad dual, escindida entre unos pocos ganadores y muchos empobrecidos, se retrata la realidad desigual de los jóvenes: muchos son los mejor formados de nuestra historia, pero esa sobre-cualificación no los acerca a una clase media que ya parece un sueño del pasado.

En la pandemia les hemos atribuido una cierta irresponsabilidad y egoísmo en sus conductas ante la falsa seguridad de que su riesgo de contagio y de efectos graves es menor. Pero, desde la crisis del 2008, también hemos podido ver a miles de ellos marchando fuera de España en busca de las oportunidades que su país no les daba, pese a que había invertido en ellos muchos recursos públicos. Se les ha atribuido un compromiso colectivo escaso y un individualismo acusado, pero muchos de ellos han demostrado generosidad con los demás y capacidad para ser resilientes. Como consumidores y votantes, tienden a ser exigentes, críticos. Así lo prueba su bajísima valoración de los políticos españoles y sus límites al propio capitalismo.

Los padres de estas jóvenes generaciones han vivido sobre la ecuación estudios, trabajo, vivienda y familia, que les ha dado estabilidad personal y los ha integrado en una sociedad de clases medias y democracia parlamentaria, pese a que un buen número de ellos han llevado consigo las referencias revolucionarias de 1968.  La gestión que la socialdemocracia europea hizo del capitalismo en esas décadas ayudó a conformar una sociedad mucho menos desigual que la actual y de instituciones representativas estables – sin olvidar la corrupción –.

De la mano de un neoliberalismo que ha arrinconado el discurso económico de la izquierda – quizá ni Thatcher ni Reagan esperaban tanto –, esta compleja y peligrosa realidad de los jóvenes españoles abre la puerta a que inviertan el camino de sus padres: hasta su supuesta falta de ideología política y su escala de valores – de notable pragmatismo – pueden favorecer que los populismos de uno y otro bando los usen de carnaza, por tanto como actores de bandazos en la actual democracia. En su grave y acuciante problemática se juega el futuro económico y social del país, pero sobre todo el devenir colectivo, es decir, el modelo de sociedad y el tejido institucional. Efectivamente, están en el centro de todo.

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