Luis Iribarren Betés / Licenciado en Derecho

Spanocchi amortizado en Jaca, belleza sin tensión suficiente

Luis Iribarren

Cuando todo se pone feo, o al menos relativo, y ya no quedan casi bares abiertos como identidad aragonesa o nacional; atendido el recordatorio constante de la gripe española en esos países en que la pandemia también galopa –pues todos tienen mano de obra semiesclava con tendencias al degüello y no a juzgar con derecho a tres discursos previos como desde Sócrates-; una visión sobre la impotencia de las fórmulas ensayadas de contención nunca está de más.

La frontera aragonesa y pirenaica está jalonada con fortificaciones inútiles pero que dotan de carácter a las poblaciones que las albergan, erigidas bajo la dirección del ingeniero sienés especialista en ciudadelas: Tiburcio Spanocchi.

Caí en la cuenta en Fuenterrabía de la importancia pero futilidad de esos fuertes como el castillo de la localidad, el de la cercana San Sebastián en el Urgull, o los de la Aljafería de Zaragoza, Berdún, Aínsa o Jaca.

Por lo menos los diseñados por el francés Vauban y sus bastidas han sido declarados Patrimonio de la Humanidad. No así los que centralizan con un espacio hoy verde y con uso civil los conjuntos urbanos pamplonés o jacetano.

En una lucha vírica de alcance desconocido que se narra en términos de terminología de guerra como la de la pandemia de la gran marejada, he vuelto mi mirada hacia estos almacenes y fortificaciones que inspiraron los efectuados en el Siglo de Oro en las principales ciudades americanas. Los de Cartagena la colombiana, Veracruz o La Habana, para la protección de los galeones de la ruta americana con destino único Castilla.

No es de hoy, las medidas preventivas siempre son adelantadas y arrasadas por la tecnología. Hay un interés evidente en que volvamos la vista al milagro redentor, al egoísmo diferenciador, al golpe de tuerca de la investigación a ensayarse cuanto peor mejor.

Los fuertes belgas o de la Línea Maginot se revelaron expugnables por bombardeos masivos y de mayor calibre. En la Primera Guerra Mundial también se supo que la lucha contra patógenos y plagas de los cultivos, liderada por judíos, podía llegar a ser utilizada en su contra.

La Ciudadela de San Pedro de Jaca, erigida tras demolición del Bornao, o el búnker de Rapitán, insuficientes antes de ser puestos en servicio si hubiera habido suficiente voluntad invasora de cualquier agente patógeno exterior. Al menos dejarían las comisiones correspondientes que siempre se producen en las obras de emergencia.

La relación de qué pueda tener de bueno, o de oportuno para tantos, la retirada y hundimiento de los frentes de la segunda ola de la pandemia en términos estratégicos queda aún por ser escrita.

La victoria obtenida tras el primer confinamiento dejándose a tanta gente en el camino, los incentivos al consumo y apelación a plantar cara desde la trinchera económica, sabemos hoy que se obtuvo con un carácter más que pírrico.

Porque muchas veces es mejor retirarse y no plantar batalla, ni cruzar los Pirineos con elefantes según con qué costes.

La prudente Portugal republicana o a veces monárquica, donde sus gentes no soplan jabón para hacer pompas, no goza con la superficie iridiscente de las burbujas que dura tan pocos segundos. A cambio, no se lamenta de su estallido.

Los riesgos de la vida tensoactiva en exceso son los que son, y las ciudadelas no alcanzan para parapetarnos. A cambio, el glamour de la vida en la calle del que hemos disfrutado varias generaciones…

Y es que ahora sí que ya no nos da la vida.

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