Francisco Javier Aguirre / Escritor

El efecto rebaño

Francisco Javier Aguirre

Es un fenómeno que se ha producido siempre, al menos desde hace varios decenios de forma evidente. A medida que pasa el tiempo y la sociedad se hace más frágil, se incrementa. Quienes tienen más riesgo son los niños y adolescentes que, por simple razón cronológica, poseen menos defensas de tipo intelectual.

Dice la tradición popular que en un cesto de manzanas, la podrida puede contagiar a las demás. No se produce el efecto inverso, que la mayoría de las sanas cure a la enferma. Parece deducirse de ello que la bondad tiene menos fuerza que la maldad, sea en el terreno natural de la naturaleza o en el de los humanos.

En términos generales, la persona de buen corazón, cuando decide causar un mal o un daño, se fija un límite, una línea roja que no traspasa. La gente perversa no tiene ese límite, ni establece línea roja alguna.

Todo este preludio viene a parar algo muy concreto, que es un programa de Televisión Española, titulado HIT. Al parecer se trata de una serie de doble intención –la primera de denuncia y la segunda ejemplarizante–, en la que un experto va a intentar reeducar a un grupo de alumnos conflictivos.

He visto las primeras entregas y he renunciado a las siguientes porque, además de parecerme cinematográficamente un producto tópico y acartonado, considero que a las horas en que se emite, las diez de la noche, hay mucha población adolescente ante la pantalla y se puede producir una especie de efecto llamada, que yo calificaría en este caso de efecto rebaño.

Todos los protagonistas, sean mujeres o varones, poseen el brillo de la intemperancia, con personalidades desquiciadas, pero al mismo tiempo atractivas. El riesgo de contagio es evidente.
Estamos hablando de la sociedad española actual, contemporánea, no de la de hace un siglo. Tampoco el argumento se desarrolla en un país extranjero, lejano, lo cual provocaría un menor riesgo de contagio desde mi punto de vista, aunque hoy día las fronteras culturales han ido desapareciendo casi por completo, al menos en el mundo occidental.

Hay quienes abogan por que el cine, el teatro o la narrativa reflejen la situación del mundo contemporáneo en toda su crudeza. Han de ofrecerse al espectador y a lector situaciones verosímiles, y no enmascarar la realidad.

Es un punto de vista discutible. Quien lee de forma permanente argumentos violentos, o después de cenar se toma un postre de violencia visual, resulta sutilmente predispuesto a ejercerla. Es un principio elemental de la psicopatología.

Evidentemente, no toda propuesta literaria, cinematográfica o teatral ha de pecar de buenismo, pero hay formas de tratar los temas conflictivos sin conferirles un halo épico semejante al del programa comentado. Cuando el conflicto se desarrolla entre adultos, sea en un ambiente bélico o criminal, quienes lo visualizan, si son niños o adolescentes, no llegan a identificarse con los personajes del modo que lo hacen cuando los protagonistas son de su misma edad.

Hay abundante producción cinematográfica desarrollada en ambientes escolares o juveniles, se pueden plantear problemas puntuales, pueden extraerse conclusiones aleccionadoras, pero del mencionado programa de Televisión Española tal vez pueda esperarse únicamente un incremento del efecto rebaño.

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