Derechos humanos “desencarnados”

Grégor Puppinck, director general del Centro Europeo para la Ley y la Justicia, una entidad no gubernamental dedicada a la defensa de la dignidad humana ante los tribunales europeos, en especial el Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH), sostiene que la Declaración de los Derechos del Hombre de 1948 ha perdido su sentido original a favor de una ideología que entiende la dignidad humana como resultado de una “desencarnación”, en contra de la naturaleza.

Según él la oposición entre el cuerpo y la mente ha estado siempre en el corazón de la historia. Creo que una de las dificultades de la existencia es lograr la armonía entre estas dos dimensiones de la naturaleza humana. Para algunos, herederos de Platón y de los gnósticos, el hombre es humano —y por lo tanto digno— solo por su inteligencia, mientras que para otros, herederos de Aristóteles y de los cristianos, el hombre es a la vez cuerpo y alma, es “un alma encarnada”, fue creado así. Los primeros tienden a despreciar el cuerpo, mientras que los segundos lo respetan, como “templo del espíritu”.

El dominio del espíritu sobre el cuerpo, ley fundamental de los gnósticos, fue desarrollado por el evolucionismo darwiniano, hasta desembocar en la idea de que el hombre es un espíritu que surge de la materia. El valor de la humanidad residiría en este esfuerzo de espiritualización, de “emancipación” del espíritu sobre la materia. El principio de autonomía, y más precisamente el nuevo derecho a “disponer del propio cuerpo” se ha convertido en fundamental en la cultura contemporánea, porque expresa el dominio de la mente sobre el cuerpo. El hombre es humano por su voluntad; y por lo tanto, cuanto más domina una persona su cuerpo, más se eleva en humanidad.

Para redactar una Declaración Universal de Derechos Humanos, como se hizo en 1948, es necesario ponerse de acuerdo sobre lo que es digno de protección en el hombre y, por lo tanto, sobre lo que es el hombre. No hay derechos humanos sin una antropología subyacente. Sin embargo, según se considere al hombre según la tradición gnóstica o cristiana, se adopta una visión diferente de sus derechos. En 1948, la Declaración Universal no hizo una elección explícita a favor de ninguna de las dos antropologías; a medida que la sociedad se volvió atea, la antropología gnóstica se fue imponiendo gradualmente en detrimento de la otra.

Contra el principio de la indisponibilidad del cuerpo, avanza la idea de que la dignidad humana implica dominarlo a voluntad.

Juan García

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