Luis Iribarren Betés / Licenciado en Derecho

Soria debe ser noticia en Aragón

Luis Iribarren

Viajamos tierra adentro, a los campos y bosques de Soria a la que tan poco visitamos porque se nos ha metido una frontera como un costurón.

Por sus colinas y sierras calvas cultivos de espliego y otras hierbas aromáticas nos esperan. Esos colores de caliza oscura siempre con aguazón donde el campo sí que sueña.

La espalda del Moncayo suele estar nevada hasta que el paraíso florece. Esos trozos de verde oscuro en que el merino, y no la rasa, pasta. Sus tataranietos llegan congelados desde Australia o Nueva Zelanda y bajan el precio del ternasco si te fías.

Son campos ondulados, no como los llanos o apretados de su vecino y hundido valle del Ebro. La vista puede acompañarles kilómetros hasta una falda arbolada.

Sus hombres ya no se inclinan hacia la tierra sino que dirigen naves espaciales de secano. Sus huertas y viñas, escasas pero finas, ya no sienten la presencia de las mujeres arrojando sus semillas.

Apenas quedan mesones en el campo abierto de los de olla bullendo. En los que perseveran se sigue brindando hospitalidad y el mejor chorizo o mantequilla que comerse pueda. Los huevos fritos con patatas, es así, saben y se dirigieren de otra forma en ese aire pelado pero suave.

No solamente la nieve sino también la vida caen como sobre una fosa.

Ya Machado nos previno con su mirada que desierta estuvo la carretera como casi siempre desierto el campo en torno a las casas.
De nada sirve en apariencia ser plusmarquista.

De todas las combinaciones posibles de setas servidas desde siempre en Vinuesa.

Del acebal virgen en noviembre florecido con más hectáreas continuadas de toda esa Unión Europea de los créditos y el abandono menos subvención condicionada. Que tendremos que buscar para no saturar.

De las sabinas milenarias de Calatañazor que, como su pariente de Villamayor, conocieron resistencias a la colonización romana y fueron albergue de caza abundante para subsistir.

Del resto de parajes de la sierra de Urbión, cañones de ríos diversos o la propia dehesa y monte de Valonsadero, equivalente en superficie a varios términos municipales de belleza no desamortizada.

Amo Soria porque es sugerente y única, como también Teruel. Porque sus paisajes no son alpinos ni de bosque mediterráneo al uso y debemos valorarlos.

Por proximidad y por su carácter único, es un lugar que casi elegí para vivir y quién sabe si hubiera dejado de añorar mi montaña oscense de hayas y abetales que, cuando termina, se convierte en un bosque de bloques de estética pragmática modo soviet.

Ignitas, castros y los castillos de Berlanga sin García y la atalaya musulmana de Gormaz. Eje con Medinaceli de la vanguardia almohade contra las marcas cristianas. Castillos que son el reverso de los templarios de Siria, como lo fueron los de Barbastro y todos los qalat aragoneses.

El origen del término Castilla a los valles llanos e indefensos del norte de Burgos corresponde. Se extendió con posterioridad y uno de sus primeros objetivos fue el dominio del nacimiento del ubérrimo y bello Duero. Ese duende tranquilo.

Y, además y siempre, ese olmo centenario en las colinas que lame el río.

Nuestro corazón espera otro milagro que nos devuelva en Soria una nueva primavera.

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