Vicente Calatayud Maldonado / Catedrático Emérito. UNIZAR

Neoplasia democrática

Vicente Calatayud Maldonado

Últimamente se viene utilizando con excesiva frecuencia la terminología médica para definir muchas situaciones, ¿patológicas? de la política en particular y de cualquier institución de la sociedad en general. Se entiende por neoplasia la formación o crecimiento descontrolado y de algún tipo de tejido propio del organismo que se produce de manera anormal, autónoma y sin propósito, incontrolada e irreversible. Plasia, del griego plasis — “acción de moldear” o “formación”, es el desarrollo y diferenciación de las células, de los tejidos o de los órganos de los seres vivos y yo añado, con respeto, “de las asociaciones de seres humanos”.

Sociológicamente podemos considerar una neoplasia como una masa anormal de tejido o grupo social cuyo crecimiento excede y está descoordinado de la normalidad democrática, persistiendo su anormalidad después de haber cesado el estímulo que provocó el cambio.

Normalmente, la democracia asentada debe controlar la división y el crecimiento de las células autonómicas, de gobiernos, comarcas, municipios, ciudades autónomas, asesorías, debiendo bloquear aquellas que interesadamente quieren romper la unidad fisiológica del organismo, en nuestro caso, el estado social y democrático.

Existen múltiples estudios de enfermedades psicológicas de las sociedades, en particular aquellos orientados al estudio de las enfermedades de las conductas políticas. En especial del odio, de las triquiñuelas, de la traición al pueblo, del arte del engaño, del valerse de los medios sea cuales sean para lograr un objetivo, el maquiavelismo político, pretendiendo someter a la sociedad a fines particulares. Sabemos y está comprobado que existen quienes se sirven de la psiquiatría, de la ideología política y los medios de comunicación, intencionadamente, manejando con oficio el arte de la trampa y del engaño. La pandemia que sufrimos ha puesto de manifiesto, con aquiescencia del Gobierno esas conductas políticas, quienes atacan a la monarquía, sin reparo, jurando o prometiendo en falso su aceptación. De quienes atacan la economía liberal, aunque la practican fraudulentamente con intereses ocultos en paraísos fiscales, creando odio, o, mejor dicho, con una especie de alienación mental, contra la monarquía democrática constitucional, desatando, la irracionalidad y la violencia. Democracia de la que se aprovechan, ingresando por la puerta falsa rotatoria, que tanto critican, en sus instituciones, con compromiso de quebrantar normas, de cometer intencionados errores, de extraviar la conciencia, y posiblemente terminando en un mercadeo político, vendiéndose al mejor postor. Las pasadas elecciones fueron fraudulentas, el diálogo fue otro fraude entre nocivos abrazos, la democracia se convirtió, espero que transitoriamente en un fraude.

Estamos perdiendo conciencia de lo que somos, de quiénes somos, y perderemos nuestra identidad política, nuestra identidad social, al perder el escalonado contacto con la realidad. Situaciones como la trampa del estado de emergencia, una muestra clara de ignorancia y de deterioro del Gobierno. Nos exiliamos en nosotros mismos, sufriendo una alteración en la percepción de nuestra situación exterior. Para los defensores de esas ideas, solo hay un camino, el uso de la inteligencia y la pasión con la misma intensidad que ellos usan la imposición de la fuerza. Están cultivando un terreno propicio para la psicología de la intolerancia, para el odio, para las reacciones individuales, para la conflicto de todos contra todos.

La psicología de la intolerancia despierta las miserias humanas, capaz de consentir las crueldades, la infamia, el persistente descrédito, el no reconocer nada bueno, el escepticismo, entrampado en no hallar caminos distintos a los que ellos promueven, en el descrédito al dialogo con la otras fuerzas políticas para evitar un nuevo conflicto entre hermanos, con mayores sacrificios humanos. Se debe hacer todo lo posible para reconstruir el país por rutas muy distintas pero, por el camino de la paz, evitando el dolor social, las penas y las humillaciones humanas a que expone el discurso del actual Gobierno.

Defender nuestro legado político, de la transición. Pero nos encontramos con un problema. La reconstrucción de la convivencia por el itinerario de la paz tiene poderosos enemigos, incomprensiones desde la neoizquierda, junto a todos sus medios de comunicación, no dando una respuesta clara, tan solo coordenadas, directrices estratégicas, no fiables con este Gobierno de coalición, para orientar la construcción de un sistema de convivencia justo y social.

 

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