José R. Garitagoitia / Doctor en Ciencias Políticas y en Derecho Internacional Público

La mirada de Mladic y el misterio de la condición humana

José R. Garitagoitia

La pequeña ciudad montañosa de Srebrenica, al Este de Bosnia-Herzegovina, permanecerá para siempre en la conciencia europea. Se cumplen veinticinco años de aquel trágico 11 de julio de 1995 en el que 8.000 personas, en su mayoría hombres y jóvenes musulmanes, fueron asesinados a manos del Ejército serbobosnio. Es uno de los episodios más crueles que se recuerdan en la historia reciente. Hasta ahora han sido identificadas más de 6.900 víctimas, halladas en fosas comunes; las demás permanecen desaparecidas. ¿Cómo pudo suceder semejante limpieza étnica en una zona confiada a la ONU? El batallón holandés de cascos azules, responsable de proteger a los civiles, fue cómplice de lo sucedido. El informe oficial sobre las causas de la caída de la ciudad en manos de las tropas del general Mladik, responsabilizó al Gobierno holandés y a las Naciones Unidas de la peor masacre desde la Segunda Guerra Mundial.

La ofensiva serbia contra el enclave musulmán se había iniciado dos días antes, el 9 de julio. Después de tomar como rehenes a algunos soldados holandeses, Mladic les dio un ultimátum para que se rindieran, y pudieran salvar sus vidas. Una vez ocupada la ciudad, separaron a los hombres, ancianos y niños para asesinarlos luego a sangre fría en bosques cercanos. El general, considerado un militar valiente y osado, presumía de representar al pueblo serbio, enfrentado a bosnios y croatas en una historia de viejas enemistades. Huido de la justicia durante quince años, fue capturado en 2011 y fue puesto a disposición del Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia (TPIY). En el marco de una visita de estudios a los tribunales de la ONU en La Haya, presencié con algunos alumnos una de las últimas sesiones del juicio. Habíamos estudiado con antelación los detalles del caso, uno de los episodios más oscuros de la historia reciente.

Al entrar en la sala, me impresionó su serenidad. Sentado a pocos metros, sólo un cristal nos separaba. Tras el interrogatorio de los testigos, y la presentación de pruebas, el presidente del tribunal anunció un breve receso. Mientras salía al vestíbulo fijé la vista en Mladic. En ese momento se ponía de pie. Se dio cuenta, y mantuvo la mirada. ¿Qué pensamientos transmitían aquellos ojos? En su rostro traté de escrutar los sentimientos de un hombre cegado en su falso patriotismo. Había decidido la muerte de tantos inocentes, sólo por pertenecer a una etnia distinta, y por tanto enemiga.

Al cabo de un tiempo, tan intenso que pareció una eternidad, me dirigió un saludo militar antes de abandonar la sala. El breve episodio no pasado inadvertido. En el vestíbulo una profesora de la Universidad de Ámsterdam que asistía al juicio con un grupo de estudiantes se dirigió hacia mí: les había sorprendido la atención que me dedicó Mladic, y más todavía el saludo final. Expliqué el motivo de nuestra presencia en aquel lugar, estrictamente académico.

El acusado fue hallado culpable de 10 de los 11 cargos en su contra, incluidos los de genocidio y delitos contra la humanidad, y sentenciado a cadena perpetua. Uno de los documentos expuestos durante el juicio fue la orden a las tropas serbias, cuatro meses antes de los hechos, para hacer insoportable la vida a la población bosnia de Srebrenica “llevando a cabo operaciones militares y privándola de ayuda humanitaria”.

El terrible episodio de Srebrenica ofrece lecciones que no debemos olvidar: el derecho a existir de una nación se corresponde con su deber de respetar a las demás. Convivir con la diversidad es una asignatura pendiente en muchos lugares. El miedo a la diferencia, en ocasiones alimentado por resentimientos de carácter histórico, y exacerbado por una manipulación irresponsable, puede llevar a la negación de la humanidad del otro, y a una espiral de desprecio y violencia. No debemos sentir como un peso, menos aún como una amenaza, la peculiaridad de los demás. No faltan ejemplos en la historia reciente, también cercanos, de esas situaciones.

Más allá de las diferencias, el misterio del ser humano refleja una fundamental dimensión común. Querer ignorar la realidad de la diversidad, o tratar de anularla, equivale a excluir la posibilidad de sondear las profundidades de ese misterio. Las diferencias pueden llegar a ser, mediante el diálogo respetuoso, fuente de una comprensión más profunda de la persona y la sociedad.

El Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia, establecido por el Consejo de Seguridad de la ONU en 1993, juzgó a 161 personas. Con su disolución en 2017, una vez terminados sus trabajos, se cerró una página dramática en Europa. Recordar es un sano ejercicio de aprendizaje, que excluye por completo resucitar viejas rencillas que disminuyen la grandeza de la condición humana.

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