Mª Luisa Rubio Orús / Profesional de la Educación, escritora y pintora

Corrioriesgos

Mª Luisa Rubio Orús

Calles de Zaragoza. Hora bruja. Los pasillos de mi casa. Están poblados de gente variopinta. Y también de soledades. De viento y de lluvia. De Amor Incondicional.

Encuentros dialogados. Viento fresco que nos alivia. El mundo sigue girando y la promesa del Paraíso parece seguir en pie.

Crucificaron al llamado Mesías, tan esperado en su época. Y lo siguen haciendo con los de siempre. La palabra Libertad fue un sueño a pesar de toda la sangre derramada por nuestros ancestros, los buenos, los honestos, los que prestaron su fuerza al prójimo. Y gracias a los cuales un poco de algún grado irrisorio hemos logrado el resto. Beneficiándose todo Cristo verdadero, y no cierto también. El resto de todo tipo, en realidad se las ha apañado amañándose entre ellos, o no… Los que menos lo merecen son quienes más han cogido, arramplando todo para sí, los que les dan jabón y les rascan las espaldas. Eso sí, las migajas de las migajas de las miajas a nosotros, los señalados.

Georges Brassens y su mala reputación. Pues sí, mal plan querer ir pensando que las cosas van a cambiar. Son solo meros espejismos que alguna vez y en alguna para sucederán para alguien.

Asimismo, hubo del pasado quien hizo eso de que el que venga detrás que arree. Y para ser sincera, como dice la canción: “Este es el baile de la Canastera: el que tiene padrino lo pone en silla; los demás de la fila van de rodillas”. Habrá que seguir remendando pantalones a diestro y siniestro con ambas dos manos. Irlas alternando, que, de tanto hecho, las pobres se cansan hasta la más pura extenuación. Continuar comprando hilo con el sudor de cada poro invisible, visto y no visto. Y ponernos a creer en la magia blanca de los milagros desde la veneración virginal de a quienes se dice. Vayan o no con la verdad por delante, pero que caminan yéndose de rositas.

Hubo una vez una Historia sucedida allende estos tiempos. Comentan que fue en la antigüedad. No siento que sea una mera leyenda. Y lo expreso con todo el Corazón. Algunos la niegan, otros la tergiversan…. Se tuvieron que inventar dioses y religiones. Olvidando a todo Maestro que descendió en nuestra ayuda común. Y por los cizañeros hubieron de huir de un mundo en el que el peligro del Bien no es aceptado. Y, por no variar la línea de tortura incesante para los que somos Espirituales ciento por ciento a miles de millón enésimos. El alma se nos petrifica: no hay transformación válida para quienes persisten en perseguirnos y se frotan los puños.

Y poderoso Money riéndose de cualquier estampita, mofándose de la santidad y de la falta de estabilidad que provoca la incertidumbre con una violencia inusitada, infinitamente volcada contra los mismos.

Las calles de esta Ciudad Inmortal que fue mi decisión andan hoy soleadas bajo la amabilidad de unas nubes cuyo cielo muestra una cara abierta a la esperanza. Sin dobleces ni falta de testimonio para nuestros ojos.

El Infierno mostró su esplendor con uno de sus supremos diablos, sí, uno de esos tantos dictadores a los que se les dora la píldora y dona el privilegio de ejecutar con su poder eso de ni vivir ni dejar vivir. Y el perro del Hortelano ladrando sin piedad. Mostrando sus bajezas solamente para los mismos. Sin ser notados por nadie. Ahí están, para derrotarnos a los humildes en todos los sentidos.

Llega a ser tan molesto el animal que se dice fiel al hombre, que la cabra sigue tirando al Monte. Nunca mejor dicho. Bueno, es el CABRÓN. De tan impertinente, indeseable, repelente… da peor que ASCO. Ya huele peor que a heces envenenadas.

“Don Equis el Amargado”- dijo un Padrino Abuelo oscense. Y me lo afirmó de repente, más que tarde, cuando no había remedio y la nívea bolez fue formando capas, una detrás de otra sobre la anterior, al bajar la ladera de la montaña por la que aún es endiosirrizado quien gracias a la inocencia impropia se hizo fuerte, a costa de parte de la sangre de la descendencia que quiso tener con quien alzó a los vuelos de un amor egoísta.

Remoces de glorias viejas altaneras que jamás se dejaron de subir a los altares y que todavía más se les reboza mejor ahora con buenos tratos de excelencia negada a otros, los Nosotros. A quienes nacimos para que nos inyectaran la más pura podredumbre. Con ello, los endiosados, roban la gasolina necesaria, alimentándose de su poder material: todos necesitamos respirar, beber, comer, dormir y descansar. Aunque sea de vez en cuando y bajo condiciones tremendamente adversas e inenarrables, se mire como se mire y se observe por donde sea.

El ensalce de la patraña no tiene fin. Los amagos de la inconsciencia sin despertar abundan más que en ningún otro rincón del planeta. Y el suposicionaje atrapando su posición espiatoria con la lupa más afilada que nunca y la punta dispuesta para ser clavada por detrás de quienes permanecemos en Amor. Los hay que no son capaces de aceptar a quienes somos felices con poco y con lo pequeño. Esos que por narices y porque les pasa por el arco de triunfo que hemos de ser más que como ellos y hacer lo que mandan tenemos que morir al palo de ser obligados a ser a su imagen y semejanza, como ellos mismos. La asquitud se acrecienta. Los que usurparon el poderío de la serenidad canean con sus nerviotos a los de la mansedumbre.

Alardes, pavoneos, todos tan cerca y tan lejos. Y lo único que se salva son las llamas infiernales de los Bencebúes que rondan sin más fe que la de camparlas a sus anchas sin parar ni dejando tregua a los paganos de su mala costumbre de desahogar con nosotros la rabia que llevan dentro, el odio que les consume. Ellos mismos, que van carcomiendo, y pretenden endilgarnos una agonía motorizada en un martirio sin final.

A tragar. Y gracias que podemos tragar. Y venga a digerir para terminar por reventar y volver sobre los propios pasos de los tan considerados. Y esto, cuando aún en lo que queda de saco estomacal no has podido hacer el trabajo o no ha habido más remedio que hacerlo mal, -lo cual empeora todo más si cabe-, el batallón de una novedad inaudita.

O a lo mejor las malas certidumbres llegan con cuentagotas. ¡Quién sabe! Dosificación estudiada. Futurología presencial en el regalo de un segundo que se escapa para no regresar en nada. El minutero se disipa disparándose sin caridad alguna.

Y aunque vienen otros relojes, las calaveras no se dejan de coleccionar. Melenas pintadas en la cascada de una esperanza esperada entre la desesperación y aguas que corren para no volver a mover los mismos molinos. Estancamientos que afloran vertidos tóxicos y contaminación de las conciencias.

La malevolencia se va perfeccionando a lo largo de las eras más o menos humanas. Y el compromiso de consentimiento se acentúa, quebrando hasta las horas de la madrugada.

Ofrecimiento de avance en circuito de la existencia. Harturas que ofenden a la más mínima dignidad esencial, bloqueos de orgullo de la ceguera de quienes, además de lavarse bajo los gritos de la comodidad, escasamente o nada hacen por una justicia elemental a la que tiene derecho la honradez, palabra ya casi borrada más allá del diccionario.

Aciagos pantanos de arenas movedizas es lo que nos queda en este resumen hecho con pésima letra. Y todo, con el consabido empujón del hundimiento de los aplaudidos para que nuestro estrellaje de estrellados estrenados se estampe en el recuerdo de un cuadro sin color. Solamente queda el consuelo del desprendimiento de una luz especial contagiosa. Es lo que hacen los que se fueron y que de algún modo nos protegen.

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