Fin a 98 días de estado de alarma

Las principales calles de la Comunidad se vaciaron por completo

Estado de alarma, confinamiento, desescalada y nueva normalidad. Con estos cuatro términos describirán los libros de Historia de España los 98 días que ha vivido el país durante la crisis sanitaria provocada por la Covid-19, una enfermedad que se ha cobrado, según los datos oficiales, más de 28.000 víctimas, 900 de ellos en Aragón, y 243.000 infectados. Cuatro términos que han marcado nuestras vidas desde que el 14 de marzo Pedro Sánchez pusiera en marcha esta medida excepcional para contener la expansión de la pandemia, y que, tras seis prórrogas aprobadas en el Congreso, llegó a su fin el domingo 21 de junio.

Pero la enfermedad llegó semanas antes. El Ministerio de Sanidad detectó el primer caso positivo de Covid-19 en España el viernes 31 de enero. Fue un turista alemán que se encontraba hospitalizado y aislado en el Hospital de Nuestra Señora de Guadalupe, en la isla de La Gomera, tras haber estado en contacto con un paciente de su país natal. Por entonces, en todo el planeta se contabilizaban menos de 10.000 infectados, según las cifras oficiales.

Emergió entonces la figura de un doctor zaragozano como principal portavoz del Ministerio. Fernando Simón, director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias y con experiencia en la gestión de la crisis del ébola, pasó al primer plano mediático sin dudar ni un instante del camino a seguir. Pese a tener algún traspié, llegó a decir que “España no va a tener, como mucho, más allá de algún caso diagnosticado”, siempre ha intentado trasmitir serenidad, tranquilidad y, quizá lo más importante, sus conocimientos de la forma más didáctica a la población.

En Aragón, el primer caso tardó en detectarse. No fue hasta el 4 de marzo, momento en el que solo quedaban dos regiones por tener positivos, cuando el Salud confirmó la presencia del coronavirus en un hombre de 79 años, que estaba ingresado en el Clínico por neumonía. Dos días más tarde se lamentó el primer fallecido, un varón de 87 años, que se encontraba en el Hospital Nuestra Señora de Gracia.

El comercio y el turismo han sido dos de los sectores más dañados por la hibernación económica

La detección de estos casos derivó en diez largos días en los que las recomendaciones y las noticias daban giros de 180º en apenas minutos. Inmediatamente, un centenar de sanitarios fueron aislados tras estar expuestos a pacientes con coronavirus y, a partir del 9 de marzo, todos los hechos se acontecieron a velocidad de vértigo. Todos los eventos comenzaron a ser cancelados, las competiciones deportivas se aplazaron sine die y se cerraron los colegios y universidades, hasta que, finalmente, el Consejo de Ministros declaró el estado de alarma por 15 días, siendo el Gobierno central la autoridad competente en todos los sectores.

La prioridad, llegar al pico de la curva

España se encontraba iniciando el camino hacia el pico de la curva, otro de los conceptos que se han repetido prácticamente a diario. Durante la primera semana de cuarentena, los casos rozaron los 30.000 y ya se superaban los 1.700 fallecidos, lo que obligó a decretar un cierre total de la actividad. Así, solo los denominados sectores esenciales podrían seguir en funcionamiento, suspendiendo también la producción de la industria no esencial y la construcción. El Congreso de los Diputados aprobó la medida con 321 votos a favor.

Dos sectores se vieron obligados a redoblar todos sus esfuerzos económicos y personales para ganar esta batalla. Los sanitarios y los profesionales de las residencias de ancianos se erigieron como principales soldados en primera línea de batalla contra la Covid-19, incluso teniendo que recurrir a materiales de protección precarios y sin garantías de seguridad. Como consecuencia, más de 850 trabajadores de la Sanidad se han visto afectados por la enfermedad. Durante muchas semanas, prácticamente lo único que recibían y que les animaba a seguir adelante eran los aplausos de todos y cada uno de los ciudadanos, quedando también para la historia esa ovación global que recibían cada día a las 20.00 horas.

Todas las miradas estaban puestas en ralentizar el ritmo de contagios para evitar el colapso del sistema sanitario y de las Unidades de Cuidados Intensivos, esto es, el “aplanamiento de la curva”. Cuanto más bajo fuera el pico, más capacidad tendría la sanidad para absorber los pacientes infectados, aunque ello tuviera como consecuencia que la pandemia se alargara en el tiempo. Tras la primera semana de cuarentena, España registró el mayor número de casos en un solo día el 31 de marzo, con 9.222 positivos, y el máximo de fallecidos llegó el 2 de abril, con 950 víctimas en 24 horas.

Con la reapertura de la actividad social y económica, las mascarillas y la distancia social se han vuelto indispensables para evitar más contagios

En Aragón, el pico de contagios llegó el 29 de marzo, con 266, y el mayor número de muertes, el 8 de abril, con 37 decesos en un único día, según los datos oficiales. Para aliviar la situación de los hospitales, el Departamento de Sanidad, en estrecha colaboración con el Ayuntamiento de Zaragoza, levantó dos hospitales de campaña en la primera semana de abril en la Sala Multiusos del Auditorio y en la Feria de Zaragoza, con un total de 500 camas que, afortunadamente, no hubo que usar en ningún momento.

Asimismo, el Gobierno autonómico puso en marcha seis centros “Covid” para atender a los mayores que habitan en residencias de ancianos y han dado positivo en coronavirus, sin necesidad de que sean hospitalizados. Así se consiguió aliviar la ocupación de los centros residenciales y ofrecerles una atención más personalizada. Además, se reforzó el sistema sanitario con la contratación de unos 1.500 profesionales, que permanecerán en sus puestos hasta octubre.

Hibernación económica, los ERTE y el teletrabajo

Desde el primer momento, el Ejecutivo autonómico fue rotundo respecto a la situación económica que iba a generar la declaración del estado de alarma, el confinamiento de los ciudadanos en sus domicilios y la hibernación económica. “No hay que ser un profeta para adivinar que los efectos sobre la economía y el empleo, por lo menos a corto plazo, van a ser muy serios”, aventuraba el presidente de Aragón, Javier Lambán, quien no tardó ni un día en reunirse con los sindicatos y las organizaciones empresariales para abordar un problema que iba a dañar principalmente al comercio, que no iba a poder levantar la persiana durante dos meses, y al turismo, debido al cierre de fronteras a apenas un mes de la Semana Santa.

Ante esta situación, el Gobierno central promovió la aplicación de Expedientes de Regulación Temporal de Empleo (ERTE) para evitar que las colas del paro se llenen de trabajadores y que se reincorporen a la actividad cuando la pandemia comience a disiparse. En Aragón, se destruyeron más de 36.000 empleos durante los meses de marzo y abril, y unos 115.000 trabajadores se han visto afectados por un ERTE.

Pero esa avalancha de solicitudes no fue nada sencilla de gestionar. En primer lugar, los funcionarios de la administración pública tuvieron que doblarse para atender a todas las empresas. Y, asimismo, el Estado se vio obligado a realizar un enorme gasto, que no llegó a todas las personas al mismo tiempo, lo que provocó que miles de ciudadanos en situación de vulnerabilidad no recibieran ni un euro durante dos largos meses. El Servicio Público de Empleo Estatal (SEPE) abonó 5.988.572 prestaciones en mayo, lo que supuso un desembolso récord de 5.121 millones de euros.

Para aquellos trabajadores que continuaron con su actividad, el teletrabajo se erigió como el gran salvavidas para compaginar el confinamiento y no perder el empleo. Skype y Zoom se convirtieron en herramientas imprescindibles en el día a día de cientos de miles de personas para poder mantener reuniones de trabajo, o simplemente para “juntarse” con sus amigos. Así fue también para millones de estudiantes, que recurrieron a las nuevas tecnologías para continuar con sus clases.

Durante dos semanas, solo los trabajadores de actividades esenciales pudieron salir a la calle

Crisis política

La irrupción de la pandemia parecía asombrar una cierta tregua política. Al menos en Aragón, donde todos los partidos políticos, salvo Vox, agentes sociales y entidades aparcaron sus diferencias para suscribir la Estrategia para la Recuperación Social y Económica de Aragón, un documento con hasta 273 medidas para reactivar los servicios públicos y la economía con el que la Comunidad espera recuperar su escenario previo a la crisis. Aun así, la calma se rompió durante unos días a raíz de unas polémicas declaraciones de la consejera de Sanidad, Pilar Ventura, en las Cortes de Aragón sobre la realización de EPI caseros, que propiciaron su dimisión por falta de confianza del sector. Fue sustituida por Sira Repollés.

De igual manera, en el Ayuntamiento de la capital aragonesa, solo Vox y Zaragoza en Común rehusaron firmar el “Acuerdo de Montemuzo”, con 286 iniciativas para recuperar los distintos sectores de la ciudad. Entre estas propuestas, destaca la de no subir los impuestos a los zaragozanos, reactivar el comercio de proximidad y la hostelería, y dedicar el remanente a las necesidades que decidan las entidades.

Pero nada ha tenido que ver la capacidad para buscar acuerdos en Aragón con la crisis de la política nacional. Sánchez aprobó la primera prórroga del estado de alarma con 321 votos, pero fue perdiendo gran parte de los apoyos de la oposición, hasta el punto de tener que recurrir a un sonoro pacto con Bildu para lograr una abstención innecesaria. Desde las bancadas del Partido Popular y de Vox han puesto el foco, principalmente, en la falta de test para la población y en la no cancelación de las manifestaciones por el 8M.

Desescalada asimétrica

Pasadas las semanas más duras, la aprobación de la tercera prórroga abrió la puerta a la primera medida de alivio. Desde el 26 de abril, después de 42 días encerrados en sus casas, los menores de 14 años pudieron salir a la calle para jugar o pasear durante una hora al día, acompañados de un adulto y, como máximo, a un kilómetro de su domicilio, guardando siempre las distancias de seguridad. Los primeros días dejaron algunas fotografías de aglomeraciones, de parques abarrotados, pero, por fin, las calles volvieron a recuperar su alegría.

Dos días después, Sánchez anunció el “Plan de Transición Hacia una Nueva Normalidad” para reducir de forma gradual el confinamiento. Contemplaba cuatro fases sucesivas, que se llevarían a cabo de forma asimétrica en todo el país según la evolución de la pandemia y las capacidades de los sistemas sanitarios, es decir, algunas zonas avanzarían más rápidas que otras en la desescalada. Todo el país arrancó la Fase 0 el 4 de mayo, salvo las islas canarias de La Graciosa, El Hierro y la Gomera y la balear Formentera, que arrancaron ya en Fase 1.

Así, Aragón fue cumpliendo escrupulosamente todas las medidas y tiempos de la desescalada. Con la Fase 1 se permitieron las reuniones sociales con hasta diez personas o la reapertura de terrazas y comercios con estrictas medidas de seguridad, aunque muchos bares decidieron esperar unas semanas más, ya que las limitaciones sanitarias hacían inviable la reapertura. Dos semanas después, el 25 de mayo, las tres provincias iniciaron la Fase 2, eliminando las restricciones horarias y flexibilizando las restricciones de reunión o de aforos permitidos.

La situación epidemiológica avanzaba correctamente y, el 8 de junio, la Comunidad pasó a la Fase 3, recuperando la mayor parte de las competencias de la desescalada. La primera medida fue directa: permitir la movilidad entre las tres provincias. No obstante, el Ejecutivo de Lambán no quería dar ningún paso en falso, por lo que mantuvo la calma y las restricciones.

¿La normalidad?

Y, por fin, 98 días después, este domingo 21 de junio finalizó el estado de alarma y toda España entró en la denominada “nueva normalidad”. Una normalidad bastante anormal en comparación con la vida de principios de marzo, con mascarillas obligatorias, respetando una distancia de seguridad de 1,5 metros, todavía con limitaciones de aforos en espacios cerrados, y, fundamental no olvidarlo, con el virus todavía en la calle, pero, al fin y al cabo, lo más cercano posible a una normalidad.

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