Mª Luisa Rubio Orús / Profesional de la Educación, escritora y pintora

Vicenta del corazón

Mª Luisa Rubio Orús

Recodaba a mi Vicenta, mi querida Vicenta. Una simpática viejecita que fue vecina mía en uno de los pueblos donde mejor he estado como maestra interina recorriendo algo de España.

Hace poco la llamé. Ya con noventa y cuatro años y con todo cuanto lleva encima, pensé que no me reconocería. Pero siempre lo hace. Y eso que nunca sabe cuándo la voy a sorprender con una de mis llamadas para ver qué tal está. A pesar de sus variopintos achaques, que no son pocos, lo hace. Es increíble esta magia de sentido y con significado, que apenas si puede ser vista ni olida ni oída que nos une.

Siempre recuerdo a Vicenta. La llevo en el corazón desde el primer momento. Creo que fue un flechazo mutuo de Amor profundo. Todo comenzó cuando la lavadora estropeada que me habían dejado los primeros caseros en su piso de alquiler me hizo de las suyas, e iba yo con toda la ropa como mondongo con aguas de borraja, chorreando por entre las manos, como si de peces invisibles se tratara, escurriéndoseme entre las manos.

Después de que la taza del wáter no colara nada ni aun apretando la cisterna desesperadamente y de haber tenido que defecar o, dicho en bonito, hacer de vientre en bolsas de plástico y así por días, lo de la lavadora. Con este episodio traigo al momento actualizado una brizna de Barroco, ya sabes.

Ya no recuerdo si era sábado siete de septiembre, mi cumpleaños. Por ahí andaría la fecha. Me da que rozándola. Allí anduve en aquel ático, respirando polvo incondicional y de más. Y ya… cuando las vestimentas. Entonces salí al rellano, bajé escaleras, y me puse a decir que si había alguien allí, Comencé a narrar muy en breve que la lavadora me la había jugado de tal forma que, de repente, no sabía qué hacer. Un empantanamiento cubría la cocina.

Las clases con los niños empezarían pronto y no podía permitirme el lujo de que aparte de mi novatez -tanto en esa parte de la Comarca del Aranda como en el colegio- se me vinieran más cosas encima. (También había dejado menudas detrás. En fin. Qué malo eso de suponer y atacar reptilianamente antes de hablar).

Entonces fue cuando una señora canosa de pelo corto rizado se asomó de detrás de una puerta que se iba más que entreabriendo. Fue hacia afuera y la escuché que preguntaba si tenía problemas con el dichoso aparato. Me fui acercando hacia tal voz paisana… y ya el diálogo. Un corto diálogo, pero iniciador de algo inolvidable. Enseguida me dijo que bajase la ropa, que su lavadora se encargaba de poner firmes a mis atavíos. Su lenguaje era cortantemente escueto, mas había un simbolismo en él: Vicenta dibujaba palabras de cortesía hacia mi persona, cosa que no he probado mucho en verdad. Y ahí comenzó el Amor. Un Amor que todavía dura, a pesar de la gran diferencia de edad, la distancia, el transcurso de las décadas y de más.

Mi querida Vicenta. Quisiera que Arturo de Quito, tu cuidador, pudiera leerte estas humildes líneas mías, nacidas de la sublime hondura de un Corazón que siempre creyó en Dios sin que nadie se lo impusiera. Tampoco hubo tiempo a que la vida magreara situaciones imperceptiblemente injustas y más allá incluso de la injusticia, que yo ya creía en Lo que no tardando mucho llamé Soid.

Que tu vejez vaya siendo lo más tierna posible dentro de los males que nos acechan en este mundo y tras haber pasado por diversas calamidades, y que no te falle la sonrisa ni la paz que, también, como yo, llevas en el alma. Que los versos de las musas acompañen con más fuerza aún tus últimos días. Esos que, espero se alarguen muchísimo, y te estén dando larga temporada de calidad para recrearte en tus recuerdos, que puedas recrearte desde tu memoria santa. Siento que formo parte de ellos, de esos recuerdos, a pesar de que mi estancia en Brea fuese tan solo de un curso.

Eres tú la protagonista de aquel sitio, rodeado de montañas no demasiado altas, que me cautivó. La reina del lugar y la que sin duda habita dentro de mí como si de propia familia real se tratara, sin tener apenas vínculo de sangre contigo.

Hace mucho pensé en escribirte una carta para enviártela certificada. Pero hoy me vencen las teclas que tanto me han estado llamando para que dé este paso. Y mi deseo es que desde el presente estimado Aragón, esta fe en nuestra Amistad pueda llegar al mundo entero. E incluso atravesar el Universo. Sin fin, infinitamente, con la inconmensurable medida del entendimiento espiritual que nos acaricia.

Mira que nos vimos pocas veces. Que yo andaba sin parar con las clases de Inglés para los muchachos de todo el colegio, las caminatas por doquier, los Documentos Históricos… Pero ya ves: huella que caló. Mutuamente el eterno abrazo de no olvidarnos.

Me haces llorar, Vicenta. No quiero presentir que te nos vas a marchar de esta Tierra. Pero eso es algo inevitable. Partirás hacia la corte celestial que te aguarda, Y serás recibida por un todo un batallón de ángeles y arcángeles que ya te tienen reservado un pedazo de parcela indimensional. Me haces sufrir, Vicenta. Sin querer, ayudas mucho a los nudos en mi garganta, asimismo en el estómago. Y me puede el agotamiento.

Hoy no sé cómo me caerá la comida ni si podré dedicarte esas canciones que te poematizo en secreto para darte fuerzas y que el aliento prosiga contigo para que la muerte venga dulce a buscarte y no tengas ni un solo requiebro de padecimiento.

Duro que el que apenas nos pudiéramos ver veces contadas, Vicenta. Quiero continuar pronunciando tu nombre sin descanso ni tregua. ¡¡¡¡¡¡Vicenta!!!!!!!!!!! Eres la excepción que confirma la regla: si toda la gente va donde va Vicente; solo María Luisa pretende arroparte y mimarte como a un bebé que de la cuna habrá de ir a la sepultura por propia ley de vida de la cual ninguno de nosotros nos escapamos.

Querida Vicenta, ¡cuántas veces me ha pesado lo poco que nos vimos! Al menos las publicaciones de mis Pinceladas Históricas, por y para el Pueblo, hicieron que me leyeras con una constancia inusitada y que te alegraras tanto por saber de mí mediante ellas, de que me sacaran a la luz. Vicenta, no soy de tu patria ya que en ella no tuve el privilegio de nacer. Sin embargo, nunca me hiciste sentir forastera. Ni siquiera como una extraña. Algo tuvimos que ser en otra vida tú y yo, puesto que esto no es normal ni por asomo, Vicenta. Mi incesante Vicenta.

Hay infiernos en la tierra donde no solamente te tratan con el apelativo de forastera, sino que el contacto es tan pésimo que quieres alejar la tortura para que la muerte llegue y se te lleve. Pero confío en que sabes que la de la guadaña es muy lista, incluso astuta, y que viene por nosotros cuando le place: solamente ella sabe contar los segundos de vida que nos quedan y arrancarnos de las entrañas de este Planeta y por ende de nuestros seres queridos, o por lo menos, supuestos seres que nos aman o dicen querernos.

El Amor se demuestra andando con la Paz del interior. Y nosotras somos maestras en eso, Vicenta. Nunca hicimos pagar lo que no queríamos para nosotras al resto de personajes.

Vicenta, TE QUIERO. Vicenta, TE AMO. Vicenta…. ¡¡¡¡¡¡¡Vicenta!!!!!!!! Siempre Vicenta. Ayer, hoy, mañana…. Vicenta del alma mía, Vicenta, quien fue dueña de Lucas, aquel perro blanco tan juguetón. Vicenta, la madre que parió a tantos hijos. Vicenta la del que llamaban el Gitano. Vicenta, la de María Luisa. Vicenta de Vicenta. Vicenta de Dios. Vicenta, solo te puedo decir que hasta siempre.

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