Carlos Hué / Psicólogo y Doctor en Ciencias de la Educación

Oxitocina frente al coronavirus: el “efecto enjambre”

Carlos Hué

El ser humano, antes que nada, es un ser vivo, es un animal y comparte con el resto de seres vivos, el resto de los animales, el deseo de sobrevivir como individuo primero, y de continuarse como especie, después. Todas las emociones, nos dice la Psicología, son buenas porque ayudan al ser vivo a sobrevivir y a adaptarse al medio que le rodea. El miedo es la más primitiva de las emociones y sirve para los animales y para los seres humanos para sobrevivir. Por este motivo, desde comienzos del pasado mes de marzo todos, en mayor o menos medida, hemos sentido miedo. El miedo, es bueno para quedarnos en casa, para protegernos con mascarillas o lavarnos las manos. Pero, el miedo, afirma Aguado, genera cortisol, una hormona que se produce encima de los riñones, en las cápsulas suprarrenales, y que moviliza la energía de todo el cuerpo para defendernos de los peligros que acechan a nuestra supervivencia individual. Sin embargo, si nuestro cuerpo sigue teniendo miedo puede acabar en una permanente situación de estrés, de ansiedad e incluso de angustia. Luego, démosle al miedo su espacio racional con la prevención.

Pero, el ser humano también produce otro tipo de sustancias y, la más importante en este momento a mi juicio ahora va a ser la oxitocina. La oxitocina es la hormona del amor, del cariño, del acercamiento, de la proximidad…; sí, todo eso que ha estado totalmente prohibido y que ahora comienzan a permitirnos poco a poco. En este momento de la pandemia es hora de que pensemos en el segundo de los instintos de los animales, la continuidad, decíamos. Bien es verdad que todavía no se dan las circunstancias sanitarias para que vuelvan los abrazos, los achuchones, las caricias, por ejemplo, entre abuelos y nietos, porque todavía estamos en tiempos del mal llamado distanciamiento social. Y digo, mal llamado, porque lo que se nos recomienda desde las autoridades sanitarias es “separación social” que no es lo mismo, y me explico. La separación de uno o dos metros entre personas previene del contagio físico; sin embargo, hemos observado que esta pandemia no ha debilitado nuestro contacto social a través, por ejemplo, de las redes sociales y las llamadas por móvil. Es prudente una “separación social”, pero no, un “distanciamiento social”. Las personas podemos estar separadas y sentirnos muy juntas; y muy juntas, pero sentirnos alejadas. Por tanto, separación social, sí; distanciamiento social, no.

Y vuelvo a hablar de la oxitocina. Las últimas investigaciones denotan que las sociedades que colaboran resisten mejor las situaciones de enfermedad que las sociedades individualistas. Es lo que se denomina el efecto “enjambre o have emotions” como las denomina Martin Seligman. Muchas son las especies que frente a un enemigo más fuerte se unen para hacerles frente. Las abejas son un ejemplo de ese efecto “enjambre” en el que todos a una consiguen los mejores resultados para el individuo y para la especie. Hasta ahora, se nos había dicho que la evolución se establece solo con la supervivencia de los individuos más fuertes. Las últimas investigaciones, dice Fredrickson, prueban que eso puede ser verdad, pero que también lo es que sobreviven las sociedades que son más solidarias. Estas sociedades están menos influenciadas por el cortisol, que nos empuja a entender al otro como un enemigo que por la oxitocina, que es la que nos ayuda a entender al otro como una oportunidad.

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