José R. Garitagoitia / Doctor en Ciencias Políticas y en Derecho Internacional Público

Centenario de Juan Pablo II: polaco y universal

José R. Garitagoitia

En el otoño de 2004, mientras decaía en Roma la salud de Juan Pablo II, en la Feria Internacional de Frankfurt se presentaba su último libro: Memoria e identidad. El contenido procede de una larga conversación con dos profesores de filosofía, celebrada en Castelgandolfo el verano de 1993. Se grabó y permaneció guardada hasta que el papa volvió a leer el texto. Una vez actualizado, lo entregó para su publicación. ¿Por qué se había demorado tanto? Juan Pablo II “había dejado pasar tiempo para reflexionar sobre el texto, percibir las dimensiones de los hechos históricos, e ir a las raíces”, respondió a los periodistas el portavoz Navarro-Valls. Al repasar esas páginas en el centenario de su nacimiento en Wadowice (18 mayo 1920), encontramos un lúcido análisis de las grandes cuestiones de la historia del siglo XX.

El 16 de octubre de 1978, la reacción inicial de sorpresa ante el nombre de Karol Wojtyla dio paso a cierta admiración, al conocer el prestigio filosófico internacional del nuevo papa. Con el paso de los años, la potencia intelectual del joven estudiante de Filología en la antigua Universidad Jagellonica (1364) de Cracovia, su profunda fe, y una personalidad forjada en los totalitarismos del siglo XX, encauzaron su vida hasta dejar una profunda huella en la historia. La encíclica Redemptor hominis, publicada cuatro meses después de la elección, expresó su programa. ¿Cómo pudo redactar ese documento en tan poco tiempo? La clave está en Cruzando el umbral de la esperanza (segundo de los cinco libros de Juan Pablo II): “Sólo tuve que ‘copiar’ con la memoria y con la experiencia lo que ya vivía, estando aún en el umbral de mi pontificado”, respondió con sencillez (p. 66).

La primera de sus 14 encíclicas presenta una lectura de la sociedad contemporánea, y en particular del progreso, desde la dignidad de la persona. Fue un criterio valorativo que orientó toda su vida. El último secretario general del Partido Comunista soviético, Mijail Gorbachov, lo reconoció pasado el tiempo: “Juan Pablo II persiguió con coherencia que la persona esté en el centro de toda sociedad”. También lo destacó el New York Times en el 25º aniversario de la elección: “Ha dedicado su vida a la defensa de la total e indivisible dignidad de cada persona” (3-X-2003). Desde los tiempos de sacerdote joven en Cracovia, en su reflexión antropológica, destacó la libertad como elemento esencial de esa dignidad. Por esa convicción, en Roma y en sus 104 viajes pastorales, insistió en reclamarla para individuos y naciones.

Al mismo tiempo, recordó que no vivimos en un mundo irracional y sin sentido: la libertad tiene una lógica moral que ilumina la existencia humana, y hace posible el diálogo entre los hombres y entre los pueblos. Ante la visión subjetivista de la libertad y del derecho, propuso una sociedad fundamentada en la Verdad de la persona, dotada de inigualable dignidad por haber sido creada a imagen y semejanza de Dios. Esta ‘gramática de la libertad’ fue el eje de su discurso de 1995 en la ONU.

En el primer saludo al mundo, la tarde en que fue elegido, el papa polaco evocó su procedencia de un país lejano, y al mismo tiempo cercano en la tradición de la fe. Desde el principio quiso dar voz a las naciones del Este europeo, “frecuentemente olvidadas”. Entendió la persona como ser anclado en la historia, de la que es protagonista. Fue la premisa implícita que acompañó el tratamiento de las más diversas cuestiones, religiosas, éticas, filosóficas, sociales o culturales. Ese sentido de la historia se manifestó de una manera especial en el discurso sobre la libertad ante la puerta de Brandemburgo (1996), testigo de la división de Berlín durante la Guerra fría, y en Gdansk (1999) al recordar las revueltas en los astilleros de la ciudad, origen de las revoluciones no violentas de 1989 que transformaron Europa.

“¡No tengáis miedo!” fue su grito al mundo en la inauguración del pontificado. Limitado por la enfermedad al final de sus días, mantuvo un estilo audaz hasta su muerte, el 2 de abril de 2005.Tres millones de peregrinos se desplazaron a Roma para rendirle un último homenaje. En las exequias, celebradas en la plaza de San Pedro, se dieron cita gran parte de los líderes mundiales, y representantes de otras religiones. Fue la mayor concentración de mandatarios de la historia de la humanidad. Beatificado por Benedicto XVI en 2011, fue canonizado por el papa Francisco en 2014, junto con Juan XXIII. La vida entera de san Juan Pablo II fue una notable contribución a la civilización del amor, fundada en los valores universales de la paz, la solidaridad, la justicia y la libertad. En el horizonte del siglo XX destaca su figura: pertenece ya a la historia, no sólo de la Iglesia, sino de la humanidad.

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José R. Garitagoitia es doctor en Ciencias Políticas y en Derecho Internacional Público. Su tesis doctoral en Ciencias Políticas sobre ‘El pensamiento ético-político de Juan Pablo II’ fue prologada por Mijail Gorbachov, último presidente de la URSS y Premio Nobel de la Paz 1990.

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