José Luis Labat / Periodista

Increíble, tú

José Luis Labat

Quién te iba a decir que, en el mes de la bbc por excelencia, ya sabes, bodas, bautizos y comuniones, el cómputo para la estadística de tales eventos se iba a quedar en cero. Y quién te iba a decir que hasta las iglesias verían cerradas a cal y canto sus puertas, cual negocios que no alcanzan la calificación de actividades esenciales. Daría la sensación que el estado de alarma se ha bastado por sí solo para terminar con la función social del fenómeno religioso, incluso hasta con su mayor expresión colectiva.

Y digo religioso, aunque me tendría que referir, al ámbito más exclusivo de la religión católica o del hecho cristiano de forma más extensa para hablar con propiedad y corrección. Porque alguna otra religión lo ha tenido más fácil o se le ha permitido otro trato. Y habría que saber por qué.

Sin embargo, no es cierto que el hecho religioso haya desaparecido del escenario social en los últimos dos meses y medio. Muy al contrario, ese universo red que tanto nos ha conquistado, y que ha conseguido que o seamos seres en red o no seamos, ha dado pie a múltiples iniciativas para dar respuesta a lo que no deja de ser una de las grandes preguntas del ser humano. Y si hay pregunta es porque hay necesidad.

La oferta de espiritualidad on line, a esa búsqueda de respuestas, de esperanza, de consuelo y también de fe, ha sido una de las sorpresas que ha traído esta crisis. Sobre todo, para los que se creían que ya habían terminado con el discurso y el valor de lo religioso. Aunque, tal vez, también para quienes ostentan responsabilidades en el ámbito religioso.

En estos tiempos de modernidad y autonomía personal, unos y otros deberían asumir el importante papel del hecho religioso en nuestra sociedad. E independientemente de posturas y posiciones personales, en el marco social y cultural que es al que me refiero, asignarle el lugar que le corresponde.

Una de las motivaciones más requeridas durante estos meses pasados, y lo que nos queda por delante, es la de la esperanza. Y junto a ella, la compasión. Ambas no están exentas de valor religioso. Y me refiero a la experiencia religiosa, no a su caricatura.

Y no es lo mismo contar con ello como materia prima en el tejido social, que carecer. Muchas personas han tenido y tienen que pasar por experiencias difíciles. Son momentos cumbre de su humanidad. En tales circunstancias, el anclaje personal de apertura y religación supone otra dimensión para encarar la densidad de la existencia.

Y es la dimensión necesaria. Sin ella somos proyectos inacabados. En mi opinión, esto es algo que se ha descubierto con nuevo vigor en estos tiempos recios que nos tocan vivir. Vamos a ver cómo cuaja este anhelo y cómo se le da respuesta. Nos jugamos mucho. Una sociedad con futuro y más fraterna, de seres auténticamente libres, guarda relación con la esperanza. Y no podemos permitirnos el lujo de arruinarla, so pena de cercenar nuestro futuro, la fraternidad y la libertad.

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