José María Ariño Colás / Doctor en Filología Hispánica

Volver a Galdós

José María Ariño Colás

Durante estas largas semanas de confinamiento, una de las actividades que más han ocupado mis ratos libres ha sido la lectura. Los libros, ya sea en papel o electrónicos, siempre están ahí para abrirnos los ojos a otros mundos, a otras realidades, a otros horizontes. Y qué mejor compañía que la de los clásicos, autores que tenemos casi abandonados desde los últimos años de bachillerato o desde la universidad. Precisamente este año se cumplen cien años del fallecimiento de Benito Pérez Galdós. El escritor canario nos dejó una obra amplísima con destellos de calidad y, sobre todo, con una visión objetiva, muy en la línea de Cervantes, de la España decimonónica. A este respecto, algunos críticos opinan que toda la obra de Galdós abarca todo el siglo XIX. O, como afirmaba el especialista galdosiano José Montesinos, “La obra madura de Galdós es como una ventana abierta sobre toda la vida española”.

Por eso, es bueno volver a Galdós y recrearnos con alguna de sus novelas y de sus Episodios Nacionales. Nada más acercarnos a cada una de sus creaciones, nos daremos cuenta de ese espíritu cervantino, de ese estilo directo, de esa naturalidad en los diálogos, de ese humor e ironía y de ese tratamiento coloquial del texto, recuperando rasgos del habla popular. Porque, aunque el autor se centró sobre todo en la vida cotidiana de la burguesía madrileña de la segunda mitad del siglo XIX, no deja de viajar por España y por Europa para adquirir una visión cosmopolita que está fuera de toda duda. Las alusiones a la envidiable manera de vivir de los ingleses o al progresivo afrancesamiento de la sociedad española son frecuentes en sus novelas. Desde su primera novela, La Fontana de Oro, escrita entre 1867 y 1868, hasta La razón de la sinrazón, publicada en 1915, don Benito no cesa de escribir años tras año, compaginando esta actividad con sus inquietudes políticas.

Me gustaría destacar también la relación del escritor canario con Aragón. Y lo voy a hacer aludiendo a las estancias de Galdós en Zaragoza y a su conocimiento de la capital aragonesa. Con el fin de documentarse para la publicación de la sexta novela de la primera serie de los Episodios Nacionales, visita la ciudad y recorre sus calles más emblemáticas. En Zaragoza aparecen la calle Asalto, Heroísmo, la plaza de San Agustín o el paseo de la Mina. Todas ellas con evidentes connotaciones que recuerdan el segundo de los Sitios, en 1809. Pero don Benito ya conocía la capital aragonesa unos años antes: en 1868 realizó su primera visita como periodista del diario madrileño “La Nación”. Sus palabras sobre la ciudad son elocuentes: “Me llama mucho Zaragoza. Ciudad que tiene el primer lugar en mis afectos. Por ella y por todo Aragón tengo verdadera idolatría”. Unas décadas más tarde, en 1908, año del centenario de los Sitios, acudió de nuevo a la ciudad del Ebro para estrenar la ópera Zaragoza, acompañado del director de “El Imparcial”, Ortega Munilla, y de un joven Ortega y Gasset.

Pero la relación de Galdós con Aragón va más allá de sus visitas a la capital. Bastan para ello dos breves pinceladas: en 1888, Benito Pérez Galdós viajó al valle de Ansó, donde ubicó el drama Los condenados, estrenado en 1896 en el Teatro Principal. Habría que hablar también –aunque esto ya formaría parte de otro artículo– de la influencia de Galdós en el cineasta de Calanda Luis Buñuel. En la obra Conversaciones con Buñuel, de Max Aub, declaró sobre el escritor canario: “Es la única influencia que yo reconocería, la de Galdós”. No en vano llevó a la pantalla dos de sus novelas espirituales – Tristana y Nazarín– y estuvo a punto de adaptar Ángel Guerra. Películas como Viridiana o Los olvidados tienen claras raíces galdosianas.

Resulta gratificante, por tanto, volver a Galdós y volver a los clásicos para afrontar este obligado confinamiento. Quizás hasta tengamos la suerte de poder acceder a ellos como el propio Luis Buñuel en su Calanda natal. Así recuerda su afición a la lectura en El último suspiro: “Mi padre me daba a leer a Quevedo, Pérez Galdós,… Él tenía cierta cultura de autodidacta. Siempre le he visto leer clásicos españoles, nunca noveluchas”.

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