Luis Iribarren Betés / Licenciado en Derecho

Aragón de bochorno cayoon, secado por Goya

Luis Iribarren

Hold on, I’m coming… Aguanta que llego…

Me gustan los deltas. Me gusta Pernambuco, me asombran los flamencos al final del Danubio en Besarabia, me apretaría todo el caviar con vodka de Astracán, releo la literatura sobre el barro multinacional de la Shanghái del opio… La condición inhumana…

He visto varias veces la película “La isla mínima” en que se salen Arévalo y Gutiérrez en esos palmares sevillanos de luz amarilla estridente, grabada con película Kodak. Luz que reproduce mi superyó con cobertura. Que traslada, como la fauna de Doñana, a un escenario más propio de la desembocadura del río Senegal o del Nilo donde Alejandría, que a la Europa de los acreedores y sus ríos con siluros.

Qué fue la Corona de Aragón. Un camino de sirga de bajada, con fundamental escala en la Mequinenza de los llauts, desde el puerto romano de Zaragoza a la desembocadura. Que no os equivoque el viento dominante que en nada influye para bajar por gravedad.

Camino de vender para alimentar Tarraco; de bajar trigo, aceite y lignito y subir esos delicados muebles de estilo Gaudí de los fusters levantinos y el mejor arroz del mundo: el del Delta del Ebro, al alimón con el de la Albufera. A banda.

Productos todos, como el papel, la seda y la naranja aromática, de los països aragonesos.

Río arriba, la verdura; río abajo y subidos por las velas en bochorno, el modernismo mobiliario, las rejas con flores de Alcañiz o Barbastro; el primer aragonesismo del Centro Aragonés de Barcelona.

Me gusta ser hillbilly –paleto somarda- y por eso devoro la música de Nueva Orleáns tanto de inspiración francesa como jazz o cayoon; el bourbon, que no los Bourbon; y, estos días, me confito a menudo con el Doctor John y el blues de John Lee Hooker.

Una de mis series favoritas para pasar el tiempo haciendo el chorras es la de los cazadores del pantano. Y eso que me acojona el agua cuando cubre.

Mi cerebro baja echando partidas de póker en neuronas con forma de rueda de aspas desde Memphis, masticando idioma, a mi delta de Tortosa que estará verdeciendo, para poder degustar mi barbaridad favorita: el arroz de pato libre y anguila. Con una botella de blanco Somontano o de Perellada.

Es mi historia, es mi río, es el aire que sopla del revés en este mes lluvioso. El que huelo invisible pero presente a tres manzanas. El olor a barro y lluvia nueva de ese padre del que me han separado pero al que nunca veré morir. Antes al contrario.

Te echo de menos, Ebro, como echó Goya la luz de los planerones. Por eso escribía seco y de cierzo:

                        Curarlos y a otra, que aún podrán servir.
                        Con razón o sin ella.
                        Carretadas al cementerio.
                        Así sucedió.
                        Mísera humanidad, la culpa es tuya.
Sobre todo,
                        Murió la Verdad.

Un poco de ilustración aragonesa para estos tiempos en que volveremos a la redención, al pitagorismo, a Dios. Un poco de ilustración de amigos del país para dar la vuelta a esa opinión absoluta y absolutista, y siempre informada según convenga.

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