Un virus me ha robado el tacto

A veces me dicen que no soy cariñosa, que no doy suficientes besos y que no soy fan de los abrazos. Y puede que a veces, solo a veces, tengan razón. La individualidad y el gusto por estar sola que me caracterizan compaginan bien con mi frenética vida social. Una balanza bien equilibrada en la que en estos días pesa más la distancia que una tarde de cañas.

He detectado que podría dividir a mis amigas en dos grupos. Algunas lamentan entre risas el confinamiento y otras me dicen que es lo mejor que les ha podido pasar: “me va a faltar tiempo para hacer todo lo que tengo pensado”. Y yo, en la soledad de mi escritorio, escribo y debato conmigo misma sobre el grupo al que pertenezco. No podría sentenciar que estoy triste, porque no lo estoy, pero tampoco me siento contenta. El tiempo ayuda. La lluvia desde fuera parece reírse de nosotros cuando toca el suelo y grita que no salgamos de casa. Yo estoy segura de que se ha compinchado con ese malicioso coronavirus que nos tiene a todos en su punto de mira.

Sin embargo, he comenzado positiva esta quincena. La lluvia, la enfermedad y el aislamiento no tienen la fuerza suficiente para transformarme en llanto. Por ahora. He hecho una lista con las series, películas, libros y artículos que quiero ver y leer. Es una lista interminable. Por eso, confieso que hoy me incluiría en el segundo grupo, en el de “me va a faltar tiempo”.

Por una parte, esta situación de reclusión me parece irónica e increíble, porque tal vez una semana normal en la que no me hubiera encontrado en plenas facultades físicas habría hecho lo mismo: no moverme de casa. La presión candente y el miedo inminente son los que me esposan a las patas de la silla de mi habitación y hacen que me sienta distinta.

Es entonces cuando decido cambiarme de bando. El grupo del lamento consigue sacar mi lado sensible y más humano. Durante dos semanas no voy a poder ver a mis amigos, mi pareja. ¿Ver? Me he quedado un rato pensando si ese era el verbo adecuado. Las maravillosas y a la vez temerosas redes sociales me ayudan, en realidad, a verlos todos los días. Aquí es cuando me he dado cuenta del verdadero problema.

Si hubiera tenido que elegir un solo sentido –desde que nací hasta hoy– habría dicho, sin dudar, la vista. Qué equivocada he estado siempre. Nunca pensé que la verdadera humanidad está en el tacto. Tocar es sentir. He imaginado una vida sin poder sentir y solo se ha quedado en eso, un sueño. Porque la realidad es otra. Se me hace duro llevar un cartel invisible con un círculo rojo tachado y unas letras que dicen “NO TOCAR” en la frente. Lo llevamos todos. Y tenemos que hacerlo durante días. Días que pueden convertirse en semanas o meses.

Por eso en estas letras quiero reconocer que soy cariñosa y me gusta dar besos. También soy fan de los abrazos y de los apretujones de alegría. Me gusta ir de la mano por la calle y besar cuando me apetece. Porque ver no es lo importante, porque a mí me llena sentir, y reírme con mis amigas hasta quedarme sin respiración.

Respeto y respetaré durante todo este tiempo el encierro temporal. Es mi deber y el de la población si queremos volver a tocarnos. Solo pienso que el encuentro que llegue después será el más sentido de mi vida. Pero qué triste es que tengamos que valorar (y aquí me incluyo) las cosas más simples y más profundas cuando nos las arrebatan de las manos. Cuando nos quitan el regalo de sentir.

Elena Álvarez Simón

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