Luis Iribarren Betés / Licenciado en Derecho

Serrablo sin industria

Luis Iribarren

Serrablo ha perdido significativamente población dentro del repunte conjunto de la provincia de Huesca. Las oportunidades laborales, educativas y formativas se concentran en la ciudad cabecera provincial y en el eje Huesca-Lérida.

Jaca languidece y Sabiñánigo ha perdido unos mil habitantes en diez años, sin que repunte -como en el caso del Valle de Benás- la población del de Tena.

Que en el origen y desarrollo del reino fue la entidad valle poblada siempre por infanzones. Casa solar de los Arrudi, Lanuza, los Urieta y Sancho, todos los Pérez del mundo con escudo en la puerta hasta de granito con arco de medio punto, los Arruebo, Laguna y Belíopanticutos. Tierra de gigantes, como decía Antonio Vega. El valle con los mallos más altos en las quintas de toda la España de Primo de Rivera y Co.

La etimología de Serrablo, la actual comarca independiente de Aragón, que en mi infancia formaba parte de Jacetania en sentido amplio y como concepto, parece ser que proviene de sus sierras y boles o cerros. Vistos desde el puerto del monte doblemente puesto, Monrepós.

Esos boles, curiosamente nos valdría uno actual invertido, aparecen formando parte del origen como nombre de Boltaña o Bolea, ubicadas en cerros que no llegan a meseta inexpugnable si tiene pozo intramuros como L’Aínsa, Berbegal o Berdún.

Ahora Serrablo aglutina los valles del Basa y la Guarguera, fronteros con el río Ara tras su curva hacia el este, ese paraíso geológico. Además del territorio jalonado por iglesias románico lombardas, Sabiñánigo Distrito Industrial y del valle de Tena, si consideramos a Biescas como parte del mismo por ser su puerta.

Paisaje bellísimo y de los más alpinos entre los pirenaicos, desarrollada la industria de la nieve y hostelería subsiguiente, perfectamente comunicado con mejoras de fechas recientes, solamente una reconsideración de nueva conexión ferroviaria con Francia y usos logísticos podría revertir la situación de pérdida de población joven por desindustrialización.

Sabiñánigo ese origen tuvo, inversiones exógenas se aprovecharon de la abundancia de recursos y se instalaron en el Barrio de la Estación: una especie de “hospital” de su núcleo antiguo, a dos kilómetros. Palabra que se usa en la zona para describir las cuatro casas y comercios donde desemboca el ramal de comunicación de las localidades con la nacional que sea.

Al principio, al conjunto de servicios y edificaciones próximas al canfranero se les nombraba como “Sabiñánigo Bajo”. No muy lejos, ya con el Ayuntamiento trasladado al barrio nuevo, se levantaron la Fosforera, la química de explosivos y una de las primeras factorías de aluminio españolas.

Le tengo cariño a Sabi por innumerables motivos: por la peña Edelweiss de ciclismo, la Asociación de Amigos del Serrablo, su genial ambiente musical que remeda al de Monzón o Binéfar volcado hacia el heavy. Sus fiestas albergaron en los 80 y 90 conciertos geniales de Leño, Siniestro y tantos otros. Parada obligatoria, el bar Narvik hacía afición al rock para toda la montaña.

También imagino su estación esperando a esos huéspedes a lo Romanones o Maura, el tío de la actriz de Palma, a quienes subir a tomar los baños de Panticosa en Hispano-Suiza. Con cromados y elementos de molduras de rollo de aluminio de la Sabiñánigo anterior al lindano.

Hoy sigue existiendo la Sala Corleone, mucha gente baila salsa debido a sus nuevos pobladores y que puedan trabajar en hostelería, el Conservatorio mantiene su pulso de generación de músicos –cantera siempre hubo y sobre todo en los años 60 y 70 se formaron grandes bandas ye-yé y orquestas-, está el proyecto “La Caja de Música” musical educativo.

Liderado por el violinista Martín Domínguez, una de las almas de Jazz 4 Fun, y que ejecutan un jazz espacial abierto con momentos épicos a lo Pat Metheny.

Luego está la Quebrantahuesos, las panaderías, el mantenimiento en fontanería o electricidad de tanta segunda residencia en Tena…

Cada serrablés se multiplica por cuatro y, a pesar de todo, sus hijos se tienen que ir por falta de puestos de trabajo industriales o porque se educan en un ambiente de excelencia musical y se desarrollan fuera. Y no será que no tienen estímulos o comunicaciones para volver cada fin de semana.

Algo incomprensible y relacionado con la abundancia está teniendo que pasarnos. O este paraíso románico lombardo con vibrante ciudad y cercano a la primera capital de Aragón, no estaría contagiado por el mismo virus de desilusión que el resto de altiplanos aragoneses. Muy sencillo, preguntemos a sus Corporaciones y asociaciones cómo poner paliativos, porque nunca han sido mendicantes y es enorme el esfuerzo gratuito que han demostrado para sostener todo un paisaje de piedras y tejados de loseta. Y se lo debemos.

Aragón está abandonando su historia jugándose todo a que el personal se mueva, que no lo hará en ninguna cuarentena ni teletrabajará en Serrablo, y se esparza en actividades consuntivas del territorio y su polvo blanco a celebrarse como mínimo a más de 1.500 metros.

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