Carlos Fuertes Iglesias \ Licenciado en Derecho

Al vikingo desconocido

Carlos Fuertes Iglesias
Carlos Fuertes Iglesias

Esta vida no es justa. No premia a los buenos ni castiga a los malos. No es generosa con la gente que lo merece, y hay quienes tienen demasiado tiempo para disfrutar lo que han sembrado.

Tengo en estos momentos una sensación ambivalente. Por una parte, un insalvable vértigo para tratar de glosar a quien no se conoce, lo que es una osadía imperdonable; y, por otra, el deber inexcusable de seguir hablando de quien no se desea que desaparezca, para perdurarle, para rogarle un artículo más. No quiero haber leído el último.

Cualquier lector de Gistau podría escribir estas líneas porque pocas personas en el periodismo actual son capaces de crear un estilo, una forma propia de transmitir ideas nuevas e interesantes -la conjugación de dos elementos, difícilmente coincidentes, en los articulistas actuales-, tan valiente y tan inesperada. Eso es algo que siempre he admirado de David Gistau. Su desnudez ante el lector era quizá una de las notas, para mí, características de su pluma. No era una pose, ni vivía de impostar una imagen irreal, ni quería parecer mejor de lo que era o predicar desde una atalaya moral. Escribía con la transparencia y humildad necesarias para hacernos ver lo que pensaba, sin falsas imposturas, ni los retruécanos que otros necesitan para camuflar su futilidad mental. Su cabeza era ágil y su verbo, concreto, siempre certero, preciso.

Leer sus columnas es un desafío para mí, algo casi agraviante. Me pone ante el espejo de mis propias limitaciones, de aquello que me gustaría escribir pero no soy aún capaz, o quizá nunca. De los maestros, se trata de imitar a veces sus giros… pero Gistau es inimitable. Siquiera su mera aprobación de alguna de mis reflexiones, hubiera sido un honor. Íntimamente, aspiraba a que algún día, por los azares y amigos comunes, le llegara esa admiración sincera que solo despiertan en mí pocas personas, esencialmente, aquellos que tejen con las palabras un camino hacia algún lugar nuevo, diferente pero, sobre todo, auténtico. No soy muy fan de los “fanes”, pero sí creo en el poder motor de la admiración, para hacernos mejores. Él aprendió de grandes y a su vez enseñó sin pretender hacerlo.

La precisión, de cirujano, para diseccionar la realidad y someterla a crítica, a análisis, a contrapelo, siempre diferente a los demás, hacía que buceara en El Mundo, en el ABC, en El Semanal o donde supiera que él escribía. Me ha sucedido eso con muy pocos autores contemporáneos.

A mi cabeza vienen sus obras críticas con Zapatero, y esos artículos, desde el siniestro Otegi al relato de su cotidianeidad, de su mudanza o de su “mili”, como ayer recordaba con otro amigo. Tengo pendiente en mi lista de lectura su libro “Gente que se fue”.

¡Qué paradoja de título en este momento! Gistau se ha marchado con un silencio atronador y con muchas horas de literatura en la mochila. Dicen que con los años se escribe mejor. No estoy seguro, porque hay quienes ya son excelentes sin llegar a la senectud y alcanzan una madurez literaria sin peinar excesivas canas. En su caso, quién sabe qué historias nos hemos perdido por esta mala jugada del destino.

A sus apenados lectores solo nos queda el consuelo de releer, de recordar y de repensar. Buen viaje, admirado.

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