José María Ariño Colás / Doctor en Filología Hispánica

Un mundo que agoniza

José María Ariño Colás

Este año se celebra el centenario del nacimiento del escritor vallisoletano Miguel Delibes, un gran novelista, un convencido humanista y un ciudadano preocupado por la conservación de nuestro entorno natural y por el medio ambiente del planeta. En todas sus novelas, especialmente en El camino y en Parábola de un náufrago, expresa a través de sus personajes su preocupación por el deterioro del medio rural, por la despoblación y por el lastre de un mal entendido progreso. Pero es en su discurso de ingreso en la Real Academia, en 1975, donde intenta abrirnos los ojos a una realidad irreversible que casi todos pretenden olvidar o quitarle la importancia que tiene. Con estas palabras se lamenta del daño que las llamadas nuevas tecnologías están ocasionando a la Tierra y de la actitud obcecada de la mayoría: “El hombre, obcecado por una pasión dominadora, persigue un beneficio personal, ilimitado e inmediato y se desentiende del futuro”.

Casi cinco décadas después de este discurso, parece que nada, o muy poco, ha cambiado y que Miguel Delibes no solo no erró en sus pronósticos sino que, en cierto modo, aún se quedó corto. Ni siquiera la celebración de la Conferencia sobre el Cambio Climático el pasado mes de diciembre en Madrid ni el reciente Foro de Davos han concluido con avances explícitos en los retos más urgentes: frenar el calentamiento global, controlar las emisiones de CO2, incrementar un reciclaje más eficaz, moderar el consumismo incontrolado,… Como decía Delibes en su discurso: “Todo progreso, todo impulso hacia adelante comporta un retroceso, un paso atrás”. Han pasado cuarenta y cinco años y, aunque la visión catastrofista del narrador castellano no se ha cumplido al pie de la letra, sí que han surgido nuevos motivos de preocupación a nivel global. Así, el consumo se ha multiplicado, la deforestación avanza sin control, las estaciones se van desdibujando y los polos van perdiendo cada año cientos de hectáreas de hielo.

En España se está manifestando en los últimos años esta virulencia del cambio climático y sus devastadores efectos. El más reciente ha sido la borrasca Gloria, que ha producido daños importantes en el litoral mediterráneo. Este temporal, inusual hace unas décadas, ha dado paso a unos días apacibles, con unas temperaturas más propias de abril que de primeros de febrero. Y, lo que está claro, es que la mano del hombre es la causante de esta especie de rebeldía de la Naturaleza que ya anticipó Delibes en 1975: “El hombre de hoy usa y abusa de la Naturaleza como si hubiera de ser el último inquilino de este desgraciado planeta, como si detrás de él no se anunciara su futuro. La Naturaleza se convierte así en el chivo expiatorio del progreso”. ¿Qué diría Miguel, que falleció hace diez años, de la situación actual y de las pocas expectativas para abordar, de una vez por todas, una crisis climática que se nos antoja irreversible? El único consuelo del autor de Los santos inocentes sería, tal vez, la concienciación de las generaciones más jóvenes, lideradas por la activista medioambiental sueca, Greta Thunberg, el incremento del reciclaje, la eliminación progresiva de carburantes y gases contaminantes y el compromiso activo de muchos ciudadanos de a pie.

Hay que reconocer, sin embargo, como lo hizo el escritor vallisoletano, que “las iniciativas aisladas significan poca cosa en este terreno. Los hombres debemos convencernos de que navegamos en un mismo barco y todo lo que no sea coordinar esfuerzos será perder el tiempo”. Sabias palabras, que siguen siendo muy actuales y que invitan a reflexionar a todos los que nos preocupamos por los efectos y las consecuencias negativas del cambio climático.

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