La Romareda vuelve a vencer

El partido comenzó con un tifo en el fondo norte de La Romareda

 

Minuto 80 de partido en el estadio municipal de La Romareda. El Real Madrid acababa de apuntillar al Real Zaragoza, que veía cómo el sueño de eliminar a un grande en Copa se diluía. El 0-4 en el marcador no reflejaba nada de lo que se había visto sobre el campo, y el zaragocismo, en esa tesitura, decidió que ese partido se tenía que ganar desde la grada.

Se comenzó entonando un “alé Zaragoza alé” que sirvió para calentar las gargantas de cara al espectáculo final. Las bufandas empezaron a ondear y 33.000 almas, todas ellas al unísono, se lanzaron hacia el atrevido “volveremos a Primera, volveremos otra vez”. Cuando estas se extendieron, los mensajes de “Sí, se puede”, “Zaragoza nunca se rinde” o “gracias mamá por hacerme del Real Zaragoza” se entremezclaban en perfecta armonía para formar un mar azul y blanco en torno al verde de La Romareda que ponía la piel de gallina al menos forofo.

Como el zaragocismo está más vivo que nunca y los cánticos salían del alma, nadie quería desentonar. Pasaban los minutos, pero el clamor del estadio municipal no cesaba. La emoción se había apoderado de los aficionados blanquillos, y muchos de ellos tenían que bajar por momentos la bufanda para secarse la lágrima que caía por la mejilla. Los niños podrán decir que nunca habían visto una Romareda tan preciosa.

El colegiado castellano leonés González González decretaba el final del encuentro, pero nadie iba a moverse de su localidad. Los guerreros que habían defendido la camiseta del Real Zaragoza quisieron dar una muestra de agradecimiento al jugador número doce, y así lo hicieron. Cuando la mística de La Romareda todavía era palpable, recorrieron el estadio de punta a punta en un reconocimiento a esa hinchada que nunca abandonará al equipo. “Sí, se puede”, clamaba la grada.

La noche más espectacular del zaragocismo en muchos años dejó un recuerdo único a todos los que acudieron ese día al estadio blanquillo. Poco a poco, los túneles de salida al campo se fueron llenando, y los protagonistas, hinchas y jugadores, abandonaban las gradas y el verde. Pocos habrán podido dormir con el corazón llenando de recuerdos la mente, y los que lo hayan logrado, habrán repetido ese “volveremos otra vez” en sueños.

Tampoco será fácil de olvidar ese recibimiento que hizo llorar al míster. Miles de personas fueron a ver llegar a su equipo, a darles el calor que necesitaban y a marcar el primer gol de La Romareda. Una hora y media antes de saltar los jugadores al campo ya se supo que, pasara lo que pasara, sería el estadio municipal el auténtico vencedor. Fue una jornada de zaragocismo que hacía años que no se vivían.

El Real Zaragoza afronta ya el final de la temporada con la ilusión de llegar al ascenso directo y regresar al lugar del que nunca debió salir, la Primera División. La afición, en una nueva muestra de fidelidad, ha recordado que nunca abandonará el barco. Con Víctor Fernández, el que llevó a los maños a tocar el cielo de París, todo es posible. La filosofía del “sí, se puede” ha vuelto.

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