«El ascenso de Skywalker»: Buscando la cuadratura del círculo

Lo que voy a decir es una obviedad, estúpida e innecesaria, sí, pero tengo que verla por escrito para asegurarme de que no sólo es cierto, sino que también es real: J.J. Abrams no es Aaron Sorkin. Nada tienen que ver las historias y los diálogos escritos por uno de los más brillantes e inteligentes guionistas de los últimos veinte años con la forma de atrapar la atención del espectador con trucos de prestidigitador del hombre detrás de Perdidos, Alias o la resurrección de sagas como Star Trek y la propia Star Wars. Y sin embargo los dos hacen cine o televisión tan válidos y respetables el uno como el otro, aunque cada uno tengamos nuestras preferencias muchas veces motivadas por causas circunstanciales, de tiempo, lugar o estado de ánimo. Por eso no puedes esperar espectaculares escenas de acción trepidante en un episodio de “El ala oeste de la Casa Blanca” ni por el contrario unas peroratas inteligentes o situaciones coherentes en un guion del director de “El ascenso de Skywalker”.

Con las célebres fanfarrias del maestro John Williams de fondo, los no menos famosos caracteres amarillos nos ponen en situación. Desde lo más lejano de la galaxia se ha oído una voz del pasado, una transmisión del mismísimo Emperador Palpatine clamando venganza. Esto provoca que la Resistencia con la Generala Leia Organa (Carrie Fisher) al mando envíe agentes para averiguar lo que sucede y que Kylo Ren (Adam Driver), el nuevo Líder Supremo, se lance en la búsqueda del espectro del malvado Emperador. Mientras tanto Rey (Daisy Ridley) continúa con su entrenamiento esperando que llegue el enfrentamiento final contra la Primera Orden.

Dos horas y veintidós minutos después de esto el fan (a mí me gusta considerarme así, en lugar de fanático o seguidor que me parecen términos más fríos y despectivos) de la saga más popular de la historia del cine (con el permiso de la protagonizada por el agente 007) se encuentra al borde del abismo, del vacío, de la nada más oscura y profunda. Tienes que afrontar el presente y el futuro con el recuerdo que te han dejado esas nueve películas a lo largo de 42 años. Y la única manera de hacerlo es apelando a la nostalgia y al sentimentalismo, y no al análisis racional y lógico de lo que acabas de ver. No puedes adoptar la actitud de la mitad vulcaniana del señor Spock o Sheldon Cooper, sino que hay que recurrir a las emociones humanas, olvidando las razones que el corazón no alcanza comprender.

Mientras ves “El ascenso de Skywalker”, y sobre todo cuando ésta termina, es mejor apartar a un lado la Lógica y la Razón y dejarse imbuir por la impresiones y sensaciones que nos deja. Y sin embargo, toca ponerse en modo “crítico” y opinar sobre una película que, más allá de su valor afectivo, atesora una serie de cualidades que hacen de ella un digno cierre (¿?) a la trilogía final y a toda la saga, pero que adolece de unos defectos que impiden situarla a la altura de otras entregas.

Entre las primeras, sin duda, debemos mencionar el pulso de su director para rodar las escenas de acción, así como la labor de montaje de las mismas, que consiguen que el primer tercio de la película de J.J. Abrams y especialmente su parte final se vean sin parpadear. Es innegable la pericia del realizador de “Misión Imposible 3” para dotar a estas secuencias de un ritmo ágil y rápido, casi frenético. También sabe sacar partido de unos actores que, lejos de ser un prodigio de interpretación, son efectivos en el nivel emocional al que quiere llegar Abrams y tienen química entre ellos. No es un guión ni una historia que precisen de la construcción de complicados estudios de personalidad. Los personajes que pueblan “El ascenso de Skywalker” son bastante elementales y primarios como corresponde a una película de estas características.

En cuanto a los aspectos de ella que la hacen inferior a otras de la saga no estoy pensando en incoherencias del guión, ni en los evidentes paralelismos de la historia con las que se desarrolla en la trilogía inicial puesto que esto ya estaba presente en los Episodios VII y VIII, ni siquiera en atentados contra las leyes de la Física o posibles contradicciones con la esencia del canon “starwarsiano” (como romper la Regla de los Dos).

Lo que de verdad no acaba de funcionar es como J.J. Abrams fuerza (con “f” minúscula) la historia en el punto en el que la dejaba “Los últimos Jedi” para meter en esos 142 minutos todas las referencias y homenajes, y de esta manera satisfacer los deseos de los fans más quejumbrosos, y los suyos propios, al mismo tiempo que concluye una historia que se ha hecho realidad cinematográfica durante casi medio siglo.  Es muy difícil tapar todos los agujeros negros que han abierto guionistas y directores a lo largo de estas nueve películas de una sola tacada, y mucho más si en la última entrega abres otro abismo argumental a tus pies (esa resurrección de Palpatine). Quizás hubiera sido más honesto y sugestivo dejar interrogantes en el aire para que cada espectador hubiera podido rellenar esos huecos.

Sin embargo, y según todas las noticias, la vuelta de Abrams al universo de Star Wars para dirigir la película que cierra la saga de manera definitiva (¿?) estaba ya prevista antes de que Rían Johnson se atreviera a remover los cimientos de la máquina de hacer dinero mejor engrasada de la galaxia cinematográfica, por lo que cabe pensar que todo aquello que ha sucedido ha sido de acuerdo con sus designios.

Así pues, y como decía al principio, J.J. Abrams no es Aaron Sorkin. Ni falta que le hace.

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LO MEJOR: La emoción de sentir que estás ante un momento “especial” que cierra no sólo una saga, sino también una etapa de tu educación cinematográfica de infancia. La espectacularidad de las escenas de acción. La partitura del maestro John Williams.

LO PEOR: El excesivo respeto de J.J. Abrams a la trilogía original de “Star Wars” y a los fans de la misma le condiciona en exceso.

VALORACIÓN:

Fotografía: 7

Banda Sonora: 9

Interpretaciones: 6

Dirección: 6

Guión: 6

Satisfacción: 7

Nota final: 6,83

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