La plaza del Pilar se llena de deseos e ilusión ante la venida del año nuevo

La plaza del Pilar reúne 40 casetas, varios puestos de comida, atracciones para los más pequeños y el árbol de lazos

Todavía faltan dos días, doce uvas e innumerables brindis con champán para despedir el año, pero los zaragozanos no pueden contener su euforia por celebrar las fiestas de Navidad y el año nuevo. La niebla, el viento o cualquier otro fenómeno meteorológico que baje el mercurio poco importan cuando en la plaza del Pilar uno puede saciar su apetito con una ardiente patata asada o unos churros con chocolate caliente.

En la víspera de tan señalada fecha, multitud de padres, madres, niños y ancianos se dan cita en el punto neurálgico de Zaragoza para alimentar el espíritu navideño entre las casetas de bisutería y ropa, los puestos de comida, las atracciones y el árbol de los lazos. Allí se congrega la gran parte de visitantes, escoltados por un recorrido de casetas, donde escriben y cuelgan sus deseos en el gigante verde.

“Es secreto porque si lo decimos no se cumple”, asegura Ángela, de 20 años, mientras se ríe. “No es nada malo”, agrega, para tranquilidad de su madre. Como ella, Jesús, Carlos o Silvia prefieren no contar sus sueños de cara al 2020, aunque sus miradas se dirigen más hacia sus pequeños que hacia el árbol.

Carlos, de Barcelona, lleva tres años viniendo a la capital aragonesa en estas fechas porque sus hijos disfrutan de las atracciones y el ambiente festivo del Pilar. “Les gusta la rampa de donuts, la plaza, los caballitos y el tiovivo”, señala Carlos, algo aliviado de no verse en caída libre desde la rampa helada con su hija Laura, que ya es mayor como para montarse sola.

Como ella, a Leyre le encantan los caballos, pero también los churros. “Mis hijas comen los churros todo el año”, bromea su padre, Jesús. Aunque por su celiaquía no pueda probar los grasientos manjares de las casetas, disfruta viendo cómo su hija sonríe al recordar los quesos, churros y chucherías que ya ha degustado.

“Es lo que da ambiente navideño en la ciudad”, indica Ángela, incapaz de contener una carcajada cuando reconoce que su puesto favorito es la churrería, a diferencia de su madre, que prefiere la patata asada. “Los churros los dejamos para la niña”, pero a Ángela no le vale cualquiera. Deben ser lacitos con chocolate, “que no es lo mismo que meter el churro en el chocolate”, bromea.

Con su deseo colgado y algún tentempié bajo el brazo, todos reanudan su marcha y continúan admirando los relucientes artículos de bisutería, así como las parrillas y ollas cuyo humo se entremezcla con la niebla que cubre la ciudad. Una magia que, como el tiempo, se evapora al instante, pero su recuerdo prevalece en los miles de visitantes. Hasta el próximo año.

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