Valor, agravio y mujer, Mi lucha y Annie

Valor, agravio y mujer 

Ha concluido en el Teatro de Las Esquinas, el pasado miércoles, día 18,  el ciclo Mujeres a Escena con una obra del Siglo de Oro escrita por Ana Caro, una de las pocas dramaturgas de la época cuyas obras han llegado hasta nosotros. Nacida en Andalucía, en 1590, fue amiga de la novelista María de Zayas y residió en Madrid bastante tiempo.

‘Valor, agravio y mujer’ es una comedia de capa y espada desarrollada con gran esmero por las compañías al Albacity y Shapmedia, que la presentó bajo la dirección de Verónica Clausich, protagonizada por Fernando Gil, Raquel Varela, Jesús Teyssiere, Alejandra Mayo y Julio Hidalgo.

La polémica sobre la capacidad de la mujer para labores intelectuales es antigua. Limitándonos a nuestro país, Fray Luis de León, el siglo anterior, en ‘La perfecta casada’, admite que “cuando alguna mujer acierta á señalarse en algo de lo que es de loor, vence en ello á muchos hombres de los que se dan á lo mismo”. No era la opinión generalizada en aquellos tiempos, y han debido pasar siglos para que se reconozca la igualdad, e incluso la superioridad, de la mujer a la hora de la creación artística en todos los ámbitos.

La trama se apoya en los tradicionales recursos dramáticos de la comedia de capa y espada. Leonor, acompañada de su criado Ribete, viaja a Flandes en busca de don Juan, su amante, quien la ha abandonado en España. Con traje de hombre y con el nombre de Leonardo, se propone a recuperar su honor. Don Juan, por su lado, está intentando seducir a la condesa Estela, pero esta se enamora de Leonor/Leonardo. Por medio de una serie de engaños y confusiones de identidad, Leonor logra al final su propósito: denunciar la traición de don Juan y forzarlo a casarse con ella.

A partir de un sencillo montaje escenográfico, los intérpretes mostraron un alto nivel de eficacia esmerándose en la dicción, habida cuenta de que la dramaturgia en verso clásico ofrece ciertas dificultades para quienes no están acostumbrados a disfrutarla. Al mismo tiempo ha sido un magnífico colofón al ciclo aludido, que por tercer año consecutivo ha ofrecido el Teatro de Las Esquinas con un más que notable éxito de público.

Mi lucha

El Teatro del Mercado ha ofrecido durante el pasado fin de semana el último espectáculo de Antonia San Juan, ‘Mi lucha’, en el que la prolífica artista intenta remover la conciencia de los espectadores. Para ello utiliza varios monólogos, alguno de su autoría y otros escritos por Félix Sabroso, Enrique Gallego, Pedro Almodóvar y Arthur Koppit.

La presentación habitual de ciertos espectáculos en los que se urge a los espectadores a apagar sus móviles, tuvo un patinazo por parte de la actriz, a mí entender relevante: la alusión al primo rumano que estaba fuera para ‘entenderse’ con quien no cumpliera la indicación. Sinceramente me pareció de mal gusto, e incluso ofensivo, aludir a una nacionalidad concreta, por otra parte abundante en España y en Zaragoza, en esa broma. Hubiera bastado con decir que su primo estaba fuera, sin citar característica alguna.

Salvado este inconveniente, la actriz y al mismo tiempo directora de su espectáculo fue desenrollando su argumentario cómico o trágico, pues de esa forma puede llamarse la segunda parte de su pequeña autobiografía, que contó a ruegos del público. Tal vez es una fórmula para atraer más la atención, pero el contenido realmente fue impactante. Como ella misma ha manifestado en diferentes ocasiones, su forma de actuar despierta tanto la risa como la indignación, porque describe el panorama actual de desconcierto y contradicciones en el que todos participamos o sufrimos.

Todos los monólogos están llenos de autenticidad y en general se observa, en relación a los dos anteriores de su producción, ‘Otras mujeres’ y ‘Las que faltaban’, que ha moderado el lenguaje duro y agresivo que caracterizaba sus actuaciones. Lo cual no resta fuerza al espectáculo, pero le presta una indefinida aura poética, que no significa de ninguna manera blandenguería, sino resolución y contundencia.

La capacidad interpretativa de Antonia San Juan es sobresaliente y puede arrastrarnos desde la más mordaz de las carcajadas hasta las más hondas profundidades de la melancolía. La complicidad con los espectadores es manifiesta, dado que la autenticidad es su bandera predominante y deseamos que siga enarbolándola en un mundo excesivamente pendiente de las buenas formas y asolado por la hipocresía.

Annie

Es una comedia musical y al mismo tiempo una película, que parten de un mismo principio pero no llegan al mismo final. En el Teatro Principal hemos visto durante el pasado fin de semana la versión musical de la comedia de Thomas Meehan, que se estrenó en Broadway hace más de 40 años, con música de Charles Strousse y letra de Martin Charnin, en adaptación española de Tomás Padilla , que también dirige la obra.

Así como de la película hay dos versiones, la última de las cuales es generalmente poco valorada, la comedia musical mantiene su atractivo porque el argumento es más simple, más inmediato, más al alcance de todos los públicos, sobre todo de los niños que pueden apreciar la diferencia de ese ambiente de enclaustramiento con el que ellos mismos disfrutan en sus casas. Esto también vale para los adultos, evidentemente, que en buena medida han llenado las cuatro sesiones ofrecidas en Zaragoza durante la pasada semana.

Hay una intención ejemplarizante que se manifiesta en varios momentos, comenzando por la consigna que reciben las huérfanas de decir siempre la verdad. Igualmente hay un retrato de la codicia que no renuncia a mentir con tal de obtener  beneficios, como es el caso de los falsos padres de la protagonista. Y luego está la ejemplaridad de la beneficencia de los poderosos para con los humildes, aunque en el argumento de la película la cuestión es más compleja porque el millonario que adopta a la niña piensa utilizarla como emblema dentro de su campaña electoral. En la comedia musical ese elemento queda reducido a la presencia del presidente Rooselvet.

Aunque de manera tangencial, la obra tiene también su faceta de análisis histórico, porque la trama se desarrolla durante los años posteriores a la gran depresión económica de los Estados Unidos, una época de pesimismo y desfallecimientos que la protagonista y sus compañeras tratan de compensar con su buen sentido, sus canciones y su optimismo. La obra es entretenida, un tanto premiosa y extensa, lo que impone un descanso, pero cubre la demanda que por estas fechas parece predominar en los escenarios para permitir la afluencia de todo tipo de público familiar.

Las canciones y las voces son suficientes, apreciándose en algunos casos notables diferencias entre los adultos y las niñas, cosa normal, aunque no todos los personajes tienen el mismo nivel de eficacia canora. Un final feliz redime la situación y completa el argumento dejando buen sabor de boca en los espectadores, como ha ocurrido en la multitud de países donde se ha presentado el espectáculo bajo la  bajo la dirección artística de Tomás Padilla, el gobierno musical de César Belda y la dirección actoral Silvia Villaú.

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