Pascual Lopez Buesa / Profesor de la Universidad de Zaragoza y candidato de VOX al Senado en las pasadas elecciones

Nacionalista, nacionalismo, nación y Vox

Pascual López Buesa

Entre los muchos calificativos que se le endosan a Vox se encuentra el de “nacionalista”, nacionalista español en concreto. Suele utilizarse de manera despectiva y muchas veces en comparación o respuesta a otros “nacionalismos” ubicados en algunas regiones periféricas españolas. Dos son las acepciones del término “nacionalista” que encontramos en el diccionario de la RAE y ambas tienen un significado similar: “Perteneciente o relativo al nacionalismo” y “partidario del nacionalismo”. Si buscamos el término “nacionalismo” en el mismo diccionario, nos encontramos igualmente con dos entradas. La primera es “sentimiento fervoroso de pertenencia a una nación y de identificación con su realidad y con su historia” y la segunda “ideología de un pueblo que, afirmando su naturaleza de nación, aspira a constituirse como Estado”.

Obviamente, el supuesto nacionalismo de Vox no responde a lo recogido en la segunda acepción dado que España ya constituye en la actualidad, y desde hace mucho tiempo, un Estado. Quizá quepa atribuirles este segundo significado a los movimientos políticos regionales mentados líneas arriba. En ambas definiciones de “nacionalismo” aparece la palabra “nación”. Volvamos por lo tanto otra vez al diccionario y allí nos encontraremos tres acepciones de este término: “Conjunto de los habitantes de un país regido por el mismo Gobierno”, “territorio de una nación” y “conjunto de personas de un mismo origen y que generalmente hablan un mismo idioma y tienen una tradición común”. Parece que en el idioma español se puede definir la nación, atento Sánchez, en función de que tenga un gobierno, en función del territorio o en función de las personas que la componen, poniendo cierto énfasis en este último caso en que esas personas tengan tradiciones y lengua comunes.

Si nos ponemos exigentes en la definición de nación, podríamos pedir que se dieran simultáneamente las condiciones que se recogen en las tres acepciones de la palabra “nación”, esto es, territorio, gobierno y personas con lengua y tradición común. ¿Quién cumple esas tres condiciones en la Península Ibérica? Solo España y Portugal. España tiene un gobierno, aún en funciones, tiene una lengua común que hablamos casi todos, el español, y tiene un territorio claramente establecido hace cientos de años, que además se extiende a las Baleares, a las Canarias, a Ceuta y a Melilla. Esta es una realidad incontestable. ¿Se puede decir lo mismo de Cataluña, Galicia o del País Vasco? Claramente no. Primero, en relación al gobierno español, sus gobiernos son de segundo orden, por muchos humos que tengan y boato con que los revistan. A modo de ejemplo, el famoso artículo 155 no es biunívoco, solo se aplica a gobiernos regionales desde el gobierno nacional y no al revés. Uno puede suspender a los otros, pero los otros no pueden suspender al uno. Segundo, el territorio de Cataluña, Galicia o del País Vasco también es territorio español. No entraremos en discusiones históricas sobre si fue antes territorio español o de algún reino anterior al español. La realidad actual es la que es. Y en tercer lugar la lengua común y dominante en todas las regiones españolas es el español. No lo es ni el catalán en Cataluña, ni el gallego en Galicia ni, mucho menos, el vascuence en el País Vasco. Que en esas tres regiones existan tradiciones comunes, y diferentes a las de otros territorios españoles, es bien sabido, pero esto ocurre también en el resto de regiones españolas. Además, estas tres regiones también tienen muchas tradiciones y costumbres comunes entre sí y con el resto de España.

Por lo tanto, las supuestas naciones vasca, catalana o gallega son redundantes con la española, son un deseo de algunos, pero no una realidad. Bien lo expresó aquel mozo de escuadra con el “la república no existe, idiota”. Pero, ¿significa esto que no pueda existir en el futuro una nación gallega o catalana? Pues no. Las naciones se crean. Raramente lo hacen de la noche a la mañana, y más raramente lo hacen sin derramamiento de sangre. Lo peor de todo en la creación de una nueva nación es que nadie puede asegurar que vaya a mejorar la vida de sus habitantes respecto a su situación anterior. Son una aventura a lo desconocido.

Volvamos al principio, al nacionalismo que se atribuye a Vox. ¿Existe tal? Pues en cierto modo, sí. Es un grito en defensa de lo ya alcanzado en lo material y en lo moral, en defensa de la igualdad de todos los españoles independientemente de dónde hayan nacido o dónde vivan, en defensa de la libertad de hablar la lengua común, en defensa de la ley que libremente nos hemos dado, en defensa de nuestra inclusión como iguales en una organización superior y compleja, la Unión Europea, en la que naciones distintas buscan o construyen elementos comunes que permitan ampliar los horizontes de todos sus habitantes. Frente al espíritu netamente reaccionario de los movimientos nacionalistas de algunas regiones españolas, se sitúa la nación española como garante de libertad y prosperidad. Esa nación es la que defiende Vox.

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